La galleta María es como esa niña de bucles rubios, ojos claros y carita de no haber roto nunca un plato a la que nadie le atribuiría fechorías insanas. Otro gallo les canta a los sobaos, los croissants, las palmeras de chocolate o los pestiños, por citar algunas delicias de repostería que solemos señalar como inventos del averno nutricional.

Pero la galleta María, no. Y resulta que sí, que la galleta María también va en el grupo de los alimentos superfluos. «No es que sean veneno, pero sí tienen mucho azúcar y grasas y bastante sal», asevera el nutricionista Julio Basulto. Este profesional de la nutrición ya levantó el hacha de guerra contra las galletas hace tres años en un artículo titulado La galleta María es tan bollería como el croissant. Ahí es nada.
 

No comer galletas Maria razones

Tres años después no está solo en esta batalla contra esa niña dulce y redonda llena de elementos poco deseables si se busca una dieta saludable. Hablando en plata, o, mejor dicho, con las cifras en la mano, esto se entiende mucho mejor. Cuatro galletas –asumámoslo, ¿quién se toma solo una?– aportan unas 100 kcal. Parece poco, ¿no? Bueno, de entrada, tal como señala la dietista Lidia Folgar es un aporte calórico bastante parecido al de un plátano grande (102 Kcal) o una manzana generosa (104 kcal).

Pero, mientras que estas frutas nos regalan vitaminas, minerales y fibra en cantidades nada despreciables, las galletas nos regalan boletos para un futuro con obesidad, patologías cardiovasculares y una salud dental cuestionable –sí, (casi) nadie se lava los dientes después de hincarle el diente a una ‘inofensiva’ galleta a media mañana–.

Porque detrás de esas aparentemente inofensivas 100 calorías hay un 27% de azúcares y un 19% de grasas, de las cuales, el 10% son saturadas. Las llamadas Digestive y que muchos compran con la conciencia tranquila pensando que ayudan a hacer la digestión tampoco mejoran mucho el asunto. Cierto que llevan menos azúcar (‘solo’ un 14%) pero aumentan las grasas (21%).
 

No comer galletas

Vamos, que son primas hermanas de la magdalena, con su 22% de grasas y un 19% de azúcar. Con esta golosina de datos en la mano no es de extrañar que el Ministerio de Sanidad tome la directa en su encuesta ENIDE (Encuesta Nutricional de Ingesta Dietética Española) y meta a las galletas dentro de la categoría ‘bollería’. Entre sus colegas de promoción, otras joyas de la repostería azucarada como pasteles, bollos, buñuelos o churros.

Con un agravante: no todo el mundo toma churros a diario. Tampoco pasteles. María Antonieta lo hacía y ya sabemos cómo acabó, aunque lo suyo no fuera una subida de azúcar sino una caída de guillotina. Pero las galletas María se cuelan de rondón en muchos desayunos. Y son habituales en el almuerzo de media mañana o en la merienda de los niños –suerte que existen opciones más sanas–.

Por no hablar de esas papillas de frutas con una galleta machacada que aún preparan las abuelas para los bebés en cuanto nos descuidamos. O que dan sin demasiadas trabas en muchas guarderías. De ahí que en el documento Recomendaciones para la alimentación en la primera infancia (de 0 a 3 años), auspiciado por la Agencia de Salud Pública de la Generalitat de Cataluña no se anden con rodeos y las confinen al mismo lote que los azúcares, el cacao, los flanes, postres lácteos o la charcutería. De paso sugieren que «deben mantenerse tan alejados de los niños como sea posible». En concreto «cuanto más tarde y en menos cantidad mejor. Y siempre a partir de los 12 meses».
 

No comer galletas razones

Entonces, ¿hay que eliminarlas para siempre de nuestras vidas? Tampoco es eso. Pero tal vez tengamos que dejar de pensar en las galletas como esa niña rubia angelical y empezar a mirarlas como al bocadillo de calamares, la pizza, las natillas o el roscón de Reyes: están bien como excepción pero no para tomar a diario si nuestro objetivo es una dieta equilibrada.

¿Y si en la caja anuncia a bombo y platillo que son ‘bajas en grasas’? «Quizá tenga mucho azúcar. ¿Dice que sin azúcar? Tal vez lleve muchas grasas. ¿Bajo en calorías? Quizá tenga mucha sal», sentencia Basulto. En otras palabras, frenar esa amistad incondicional con las galletas –al igual que hiciste con estos otros false friends– nos traerá bienestar. Y tal vez sea buen momento para empezar a mirar con buenos ojos al plátano.