Te levantas, te preparas deprisa y sales corriendo. El trabajo, la compra, el gimnasio, el niño que se pone malo, el informe que era para ayer y la cita que se te ha olvidado pedir... Llegas a casa, tratas de ordenar aquello que está en tu mano y te das cuenta de que ya se ha pasado el día; preparar la cena, cenar, televisión, dormir y vuelta a empezar. ¿Te suena? Quizá necesitas parar un momento, meditar y hacerte consciente y vivir el presente como se merece.

La meditación mindfulness llegó a occidente para poner algo de consciencia a nuestros días. Promete mayor bienestar, felicidad y calma, y lo cumple. Pero ¿es suficiente? Hace tiempo que me di cuenta que con el cuidado del cuerpo y de la mente no llegaría muy lejos; no porque no tenga excelentes resultados, que los tiene, sino porque hay algo más que estamos dejando fuera.

Llevo unos meses pensando acerca de ello, ¿por qué nos empeñamos en no hablar de espiritualidad? Estoy totalmente segura de que hay varios factores que influyen en este hecho, pero hay una razón en concreto que me resuena bastante en este momento: la aparente imposibilidad de medir sus resultados.

Resulta sencillo medir los resultados del trabajo en el cuerpo físico, basta con pesar y medir. Podemos tener en cuenta nuestro peso, el peso que levantamos en el gimnasio, el peso de la comida que comemos y también podemos medir contornos, medir el tiempo que tardamos en correr cierta distancia, etc. Todos sabemos pesar y medir, así que no es difícil.

Por su parte, tampoco es difícil comprobar los resultados a nivel mental. Por ejemplo, en mindfulness no solo se atiende a las sensaciones de las personas, también se realizan estudios donde se comprueba la actividad cerebral, se mide el estrés previo y posterior a un programa, y también los cambios producidos físicamente en el cerebro - sí, nuestro cerebro cambia con la meditación, muy fuerte ¿no? -.

Pues bien, creo que, precisamente, la dificultad y el desinterés de medir los beneficios de las prácticas espirituales ha provocado que las dejemos permanentemente de lado y nos preocupemos únicamente del binomio cuerpo/mente.

Imagino que estarás pensando algo como «no rechazo la espiritualidad, pero ¿me puedes explicar cómo se practica eso?». Sí, ese es mi objetivo hoy, proponerte cinco prácticas espirituales muy sencillas, que no nos quitan tiempo, y que con los días pueden llegar a provocar un gran cambio. Lo notarás en tu actitud ante la vida, tu confianza, tu humildad, gratitud y, cómo no, en tu bienestar. Quizás no hay un indicador que mida los cambios, pero los vas a sentir, te lo prometo.

Aquí van mis propuestas, ¡a ver qué te parecen!

1. Silencio.

La práctica del silencio conlleva no solo callar cualquier forma de comunicación, sino también callar la mente y mantenerla en calma, activando con ello el modo de escucha. La idea es que, poniendo nuestra intención en el silencio, aprendamos a escuchar a los demás y a nosotras mismas, escuchando el ambiente y las señales internas.

¿Cómo se practica el silencio? Empecemos por lo más sencillo, basta con tener la intención firme de escuchar sin interrumpir, sin exponer nuestra opinión y sin pensarla, recuerda que el silencio es tanto exterior como interior.

Cuando estemos en casa practicaremos el silencio evitando poner la radio, la televisión o música ambiental, y también procuraremos alejar el teléfono móvil de nosotras. Con ello conseguiremos no solo evitar las notificaciones, sino que también permaneceremos en silencio a cualquier nivel de comunicación: llamadas, emails, mensajes…

Permanecer en silencio es una excelente práctica espiritual que nos enseña a convivir con nosotras mismas y este es exactamente el único objetivo de la meditación, así que ¿por qué no empezar con un poco de silencio?

2. Tomar decisiones conscientes.

En una sociedad donde premiamos la inmediatez tendemos a tomar decisiones demasiado rápido. Entramos en las tiendas y apenas nos tomamos unos minutos en decidir si queremos realmente aquello que vamos a comprar, tampoco nos lo pensamos mucho a la hora de responder si queremos ir a una fiesta o no, o si queremos hacer eso que nos disponemos a hacer.

¿Has pensado alguna vez en cuántas de las decisiones que tomas son realmente conscientes?

Te invito a posponer la toma de decisiones y darte el tiempo que necesites en pensar qué suena realmente contigo. Replantéate si realmente quieres posponer la alarma, desayunar lo primero que te ha venido a la cabeza o invertir tu viaje en autobús en redes sociales. También puedes pensártelo dos veces antes de procrastinar, de comprar cosas o de dormir la siesta.

Recuerda que el hecho de que pases a tomar tus decisiones de forma consciente no quiere decir que no las tomes. Por supuesto, tú puedes continuar posponiendo la alarma, invirtiendo tu camino al trabajo en Instagram, durmiendo la siesta o comprando lo que sea que quieras. La idea no es dejar de hacer cosas, es que seamos nosotras quienes decidimos, y no la automaticidad.

3. Pasar tiempo contigo misma.

La realidad es que no sabemos estar con nosotras mismas, por eso tendemos a acompañarnos del móvil, la televisión o cualquier otra tarea. El ruido mental en el que vivimos se hace insoportable con el tiempo y buscamos cualquier cosa en lo que poner nuestra atención, para poder quitársela a la auto conversación.

¿Te suena?

Aprender a pasar tiempo contigo es fundamental para tu bienestar. No puedes pasar toda la vida huyendo de momentos a solas sin aprender a gestionar tus pensamientos y emociones.

Mi propuesta es que pongas tu intención en, simplemente, estar contigo. Puedes tener esa intención mientras conduces o haces la colada, cuando sales a caminar o a correr, cuando decidas no hacer nada o, mi momento favorito, los instantes previos a dormir. Cuando te acuestes, pon toda tu atención al momento presente, estás contigo, en tu cuerpo, después de un día largo, conversaciones, discusiones, tareas y mil cosas más, ¿qué queda? Tu presencia contigo. ¿No es maravilloso?

4. Actuar desde una virtud o valor.

¡Esta práctica espiritual me encanta! Se trata de actuar desde un valor o una virtud durante un tiempo determinado. Por ejemplo, si elegimos actuar desde la ecuanimidad, procuraremos tener este concepto en mente siempre que queramos responder a la realidad y lo haremos de forma ecuánime.

A lo largo del día pueden ocurrir miles de cosas, muchas de ellas no son ni buenas ni malas, otras son buenas y, normalmente, una minoría son malas. Sea cual sea la categoría que le asignes a eso que está ocurriendo, habrás de recordar cuál es el valor desde el que has decidido actuar y responder con base en él.

¿Cuáles son los valores que puedes elegir? ¡Los que quieras! Eso sí, de uno en uno. Te propongo algunos de ellos: justicia, compromiso, cuidado personal, abundancia, asertividad, amistad, perseverancia, paz, compasión, etc.

¿Y cómo hacerlo? Muy fácil: cuando ocurra algo que requiera una respuesta por tu parte, sólo debes pensar ¿cómo actuaría yo de acuerdo a mi [insertar la virtud elegida]? Y, acto seguido, actúa conectada a tu virtud.

5. Rezar o meditar.

No importa si crees en un Dios concreto o no. Si consideras que hay una fuerza superior al ser humano, un amor que lo abarca todo y que rige las leyes del Universo, puedes rezar. Puedes rezar incluso al espíritu de un ser querido fallecido, a los ángeles y a los astros. Sí, has leído bien, el Sol y la Luna también son divinidades.

Rezar tiene los mismos beneficios que la meditación, nos calma y ayuda a sobrellevar el día a día, reduce el estrés, levanta el ánimo por la mañana y nos ayuda a conciliar el sueño por la noche.

¿No conectas demasiado con la idea de rezar? ¡No importa! Te propongo tomarte unos minutos para agradecer a la vida las oportunidades que te ofrece cada día, el techo y la comida, el trabajo, la salud o la familia. También puedes pedir por la paz en el mundo, por salud para tu familia o, simplemente, porque tú y todos los seres estén bien. ¿Has visto que fácil?

Te prometo que los beneficios de conectar con la bondad que hay en ti no dependen de en qué crees y en qué no crees.

En resumen: estás son mis propuestas de prácticas espirituales para las mujeres 2.0. Como ves no tienes que comprar nada, ni invertir demasiado tiempo en ellas, realmente basta con que seas constante.

Los beneficios de estas prácticas son el aumento de la sensación de bienestar, disminución del estrés, mayor conexión con tu verdadera esencia y capacidad de atención plena sobre lo que ocurre dentro y fuera de nosotras.

Estos beneficios son sutiles y no tan fáciles de percibir como otro tipo de prácticas, sin embargo, si te preocupas por tu cuerpo y mente, y venías pensando en un bienestar más holístico, ¡no dejes de probarlas, te gustarán!