El día a día de una persona es tan impredecible que, cuando parece que lo tenemos todo bajo control, puede llegar un cambio brusco que lo hace temblar todo. Una enfermedad, una ruptura, problemas de dinero o una muerte en la familia ponen a prueba nuestra capacidad de superación. Ante una situación difícil, hay dos opciones claras: darnos por vencidos y rendirnos o superar la prueba, aprender de ella y salir fortalecidos del trago amargo. Si ante una circunstancia extrema somos de las personas que optan por la segunda opción, somos resilientes.

La resiliencia es la capacidad de adaptarse bien a las adversidades y ser capaces de salir de una experiencia difícil con más fuerza, energizados. La persona resiliente tiene confianza en sus capacidades, conociendo también sus limitaciones, y es hábil comunicando problemas y solucionándolos. Tiene, además, la capacidad de gestionar sus sentimientos e impulsos más fuertes. Son personas muy objetivas, tienen claras sus metas y son tenaces para lograrlas pero están abiertos a la flexibilidad, a adaptar sus planes, porqué saben que es imposible controlar todos los aspectos de la vida.

Si leyendo este párrafo vemos que no cumplimos algunas de estas características, no hay que temer. Los psicólogos consideran que la resiliencia puede desarrollarse. Nadie nace preparado y, como cualquier músculo del cuerpo, se puede entrenar. La forma más eficaz de hacerlo es adoptando una serie de pautas para conocerse a uno mismo y a la forma en la que afrontamos la vida cada día.
 

  1. Uno de los factores más importantes es rodearse de personas con una actitud positiva, que nos aprecien y nos escuchen, evitando las relaciones tóxicas. Diversos estudios consideran que familia y amigos juegan un papel clave en la resiliencia. Participar de la comunidad o ayudar a otras personas también mejora nuestras capacidades sociales y nuestra forma de ver la vida y los problemas.

     
  2. Aún así, la resiliencia empieza en nosotros mismos. Cuidarnos, tanto física como mentalmente. Debemos descansar, comer bien y hacer ejercicio con regularidad. Unas gotas de egoísmo, prestando atención a nuestras necesidades y deseos, también nos hará más fuertes.

     
  3. Parar a escucharnos. Saber lo que estamos sintiendo a nivel emocional en cada momento. Si sabemos identificar nuestros sentimientos, estaremos más conectados con ellos y cuando estos sean muy extremos, tendremos una base para gestionarlos.

     
  4. El humor y el optimismo son el arma secreta de la resiliencia. Sonreír un poco cada día e intentar no tomarnos demasiado en serio nos ayudará a “quitarle hierro” y a relativizar un problema que, quizás, no lo es tanto. En este sentido, buscar las pequeñas victorias en el día a día nos ayuda a cambiar la manera como interpretamos y reaccionamos a las situaciones. “Esto no ha salido del todo bien pero he logrado esto otro”.

     
  5. ​La perspectiva es otro de los ingredientes básicos para cultivar la resiliencia. Ante una situación que nos causa tensión, debemos ampliar nuestro prisma para ponerla en el contexto que se merece dentro de todo lo que supone nuestra vida y que, así, no nos ahogue sobremanera. Y es que muchas de las frustraciones que nos llevan al fondo del pozo se evaporan cuando aceptamos que hay cosas que no podemos cambiar. Ante cualquier situación, podemos preguntarnos ¿puedo hacer algo para mejorarla? Si la respuesta es afirmativa, podremos buscar el camino a seguir de forma más directa. Si, en cambio, no hay nada que podamos hacer, eso nos ayudará a ver que estamos gastando energía en esa preocupación. Nos enfocará.


Seguir algunas de estas claves y llegar a ser resiliente no se consigue de la noche a la mañana. Trabajar nuestra resiliencia no implica, tampoco, que dejemos de sufrir en las dificultades. Significa que conoceremos mucho mejor a nuestro mejor aliado, nosotros mismos. Tendremos las armas para enfrentarnos al problema y seremos conscientes que, a pesar de enfrentarnos a unos momentos duros y difíciles, la calma siempre llega después de la tormenta.