Muchos de nosotros tenemos la vista fija en el 14 de febrero, San Valentín, Día de los Enamorados, y no dejamos de pensar en el regalo perfecto para nuestra media naranja. Joyas, ropa, complementos, perfumes, flores, bombones… son clásicos que siempre pasan por nuestro imaginario, pero que al final se convierten en meros detalles materiales que dejan poco poso a la hora de reforzar el amor.

¿Por qué no pensamos nunca en regalarle parte de nuestro tiempo a esa persona a la que tanto queremos? Las ajetreadas vidas que llevamos a veces no nos permiten hablar con nuestras parejas más que unos pocos minutos al día, normalmente antes de ir a dormir. Y, en ocasiones, estamos tan agotados que ni si quiera llegamos a eso. Una dinámica que, si se perpetúa, termina dinamitando el amor.

¿Por qué ocurre esto? Probablemente porque, de forma inconsciente, ponemos por delante otras prioridades como, por ejemplo, las que tienen que ver con el mundo profesional. Buscamos el éxito en prosperar laboralmente y centramos todos nuestros esfuerzos en ello. Creemos que será eso lo que nos dé la felicidad, pero de esta manera lo único que conseguimos es maltratar nuestra vida personal y, con ello, nuestra relación de pareja.

Hemos de encontrar un punto intermedio, un equilibrio entre lo profesional y lo personal que nos haga medrar en lo primero, poco a poco y de forma constante, sin hacernos perder la perspectiva hacia lo segundo. Es más, nuestra prioridad siempre debe estar enfocada hacia lo personal, porque es la parte de nuestra vida que mayores satisfacciones y felicidad nos va a proporcionar.

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Pero, ¿cómo lo hago?

Muchas y muchos de los que me leéis en estos momentos estaréis pensando que estas palabras que quedan muy bien sobre el papel son difíciles de conseguir, especialmente por las exigencias que plantean algunos trabajos. Sin embargo, hay diversos casos y cargos en los que es posible ganar tiempo al tiempo si nos enfocamos en una asignatura pendiente: la de la productividad.

Podemos mejorar en este campo gracias a una mejor planificación, rompiendo muchas barreras mentales y sociales, como la de que es más productivo el que más horas pasa delante del ordenador de la oficina, por poner un ejemplo. Para empezar, es importante sentarse delante de un papel en blanco e ir anotando cuáles queremos que sean nuestros objetivos en la vida. Y, en este caso, como regalo de San Valentín, va a ser pasar más tiempo con mi pareja.

Pero esa es una afirmación demasiado genérica. Para que nuestro cerebro sea capaz de dar pasos para conseguirlo, hay que marcarle el camino con metas más concretas: acabar antes nuestras tareas para salir antes del trabajo, acostar antes a los niños, compartir actividades concretas que nos gusten a ambos, etc.

De todas estas metas deben salir unas cuantas más, todavía más concretas, que sean realistas, asumibles, que puedan encajarse en nuestra agenda diaria y que consigan romper determinadas rutinas tóxicas que sea una barrera para lograr nuestro objetivo. Por ejemplo, y focalizándonos en el plano laboral, para ser igual de productivo en un menor lapso de tiempo, es importante centrar nuestros esfuerzos en aquellas pequeñas acciones que resultan más rentables para nuestros proyectos o negocios. Es lo que nosotros llamamos Tareas de Alta Rentabilidad.

Pero también, y teniendo en cuenta nuestras posibilidades, es interesante contar con un equipo de trabajo o con mayores apoyos para poder delegar las Tareas de Baja Rentabilidad. Es decir, aquellas necesarias para que nuestro trabajo salga adelante pero que nos frenan a la hora de llevar a cabo las que nos van a reportar mayores beneficios.

Siguiendo pautas como éstas podremos llevarle a nuestros enamorados y enamoradas uno de los regalos más románticos: el tiempo, tiempo de calidad, tiempo de dedicación absoluta, probablemente nuestra posesión más preciada. Y no sólo durante el Día de San Valentín, también el resto del año.