La nostalgia puede ser un estado de ánimo reparador aunque los expertos nos repiten incesantemente la necesidad de vivir el presente. Un espejo retrovisor al que mirar cuando el futuro es incierto, una película que nos recuerda todo lo conseguido. La nostalgia no siempre es objetiva, a veces es tramposa y nos devuelve recuerdos maquillados, pero es útil y abriga.

 

Cuando volvemos la vista atrás, los psicólogos coinciden en que podemos hacerlo de tres maneras: rumiando y renegando de las desgracias que nos sucedieron; con lo que los expertos llaman el pensamiento contrafactural, (¿ y si hubiera sido lo que no fue?), y con nostalgia. Las dos primeras modalidades ahondan en la negatividad y se recrean en los episodios más oscuros de nuestra historia para atormentarnos. Los errores de años atrás ya no pueden enmendarse y para lo único que sirven es para aleccionarnos sobre lo que no debemos repetir. Pero, además, la culpa es un sentimiento inútil. Nietzsche escribió que el remordimiento es como la mordedura de un perro en una piedra, un acto tan inservible como dañino. Cuando el “y si hubiera” sobrepasa el mero análisis hipotético puede convertirse en un fantasma que nos impide dormir por las noches y que consume nuestra energía en un intento de recrear una serie de condiciones y eventos que ya no existen, o que nunca existieron. La nostalgia, sin embargo, es la única forma positiva de hacer historia. La nostalgia es benévola y se recrea en los momentos felices, rodeados de seres queridos, generalmente muy ligados a sentimientos y buenos deseos. La nostalgia es también capaz de maquillar los defectos, pasar sobre ellos de puntillas o transformarlos en virtudes. Cuando rememoramos a familiares ya difuntos, recordamos casi siempre sus momentos buenos y no los menos afortunados, en ese dicho ya popular de que no hay muerto malo. Pero, además, cuando recordamos un hecho; recordamos también las emociones asociadas a ese hecho.

 

No es solo cosa de mayores

Constantine Sedikides, psicólogo griego que trabajó muchos años en la University of North Carolina (EE UU) fue trasladado a la de Southampton, en Gran Bretaña. Allí notó cómo su pensamiento volvía a menudo a sus días en Estados Unidos, su despacho, su casa, los largos veranos con los amigos y la familia. Pero si hacía esto no era para autocastigarse sino todo lo contrario, tras rememorar aquellos días se sentía mejor. Este hecho le llevó a profundizar en el estudio de la nostalgia junto con otro colega, Tim Wildschut, otro emigrante, en este caso de Utrech (Holanda). En sus estudios, ambos psicólogos han descubierto que la nostalgia no es solo cosa de mayores. Algunos de los países más nostálgicos son China y Japón. En ambas naciones, los niños de 6 y 7 años entienden el concepto de nostalgia, algo que no ocurre en otros países. La diferencia está en que en ambas culturas los padres inculcan este concepto a los pequeños como herramienta para superar y relativizar las etapas difíciles de la vida. Un arma para atravesar el presente y poner confianza en el futuro. Y esto se refuerza con ceremonias como los cumpleaños o las vacaciones. Ambos investigadores confirmaron con experimentos que los niños que tenían un mayor sentimiento de nostalgia, eran también los que sentían más gratitud y conexión con los otros y los que eran menos egoístas. Una de las ironías de ser padre es que por mucho que se intente inculcar determinados sentimientos en los pequeños, uno tiene muy poco control sobre la experiencia de niñez que van a tener cuando sean adultos y las memorias que utilizarán para crear su sentido de identidad. Pero reforzar las experiencias positivas es una forma de tratar de controlar la selección que el subconsciente hará en el futuro, sostienen estos psicólogos.

 

La nostalgia anticipatoria

Gran parte de las memorias o de las cosas que recordamos gratamente, son hechos insólitos, expresiones de espontaneidad del pasado, momentos divertidos, travesuras. Si, por ejemplo, alguien aparece disfrazado de oso en una reunión de amigos, es muy probable que recordemos ese hecho para toda la vida. Como aquel día que cantamos en el karaoke, cuando fuimos de vacaciones a México o cuando organizamos aquel cumpleaños sorpresa para papá. Estos hechos insólitos y bienintencionados son como un plan de pensiones para la vejez. Un fondo bancario al que siempre podemos acudir cuando nos sintamos tristes, para rememorar los mejores episodios de la existencia. Es lo que los psicólogos llaman nostalgia anticipatoria, crear memorias con la intención de ser recordadas gratamente. Las fiestas, celebraciones, navidades, vacaciones, rutinas agradables, cenas con los compañeros de universidad son algunos de los acontecimientos de los que se nutre la nostalgia anticipatoria. No solo debemos ser felices en el presente para disfrutar de él, sino porque así obtenemos reservas de nostalgia para el futuro. Anita Delgado, la bailarina española que se casó con el maharajá de Kapurthala en 1908, tuvo una vida muy singular. Tras separarse de su marido en 1925, mantuvo una relación secreta con su secretario, que ocultó para poder seguir percibiendo una pensión que les permitió vivir como marajás en París y luego en Madrid. En los últimos años de su vida, Anita reconocía que lo que más le divertía era rememorar su vida de aventuras y sus muchos viajes.

 

Remedio terapéutico

Evocar el pasado con una sonrisa en los labios es también un arma que utilizan algunos terapeutas en estados de ansiedad o en terapia de pareja. Según Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), con consulta en Avilés “recordar los momentos agradables que hemos vivido es siempre un refugio, un lugar seguro en el que permanecer cuando viene la tormenta. Por eso las personas que padecen ansiedad, un trastorno muy relacionado con el miedo y el vértigo que nos produce el futuro, suelen parapetarse en los recuerdos. Ver fotos de momentos felices o hablar con viejos amigos, recordando anécdotas divertidas, tienen un efecto ansiolítico. En terapia de pareja suelo recomendar a mis pacientes que coloquen una foto (de cuando todavía estaban enamorados uno del otro) en un lugar visible de la casa para volver a traer al presente todo aquello bueno que vivieron juntos”. Recrearse en la nostalgia, sin embargo, no es muy aconsejable para aquellas personas que sufren de depresión. “Los depresivos tienden a ver todo negro, bajo un prisma de gravedad; por lo que es probable que al recordar el pasado no se centren en su parte positiva (la suerte que tuvieron de vivir los momentos felices), sino en la negativa (aquello ya no volverá o ¡qué viejos somos!). Por otro lado, hay que ver el poder terapéutico de la nostalgia como un analgésico o una píldora contra el dolor. Es bueno recurrir a ella en determinados momentos pero no podemos tomar pastillas constantemente. Hay que vivir el presente y el ahora y sacarle el máximo partido, aunque la mayor parte de la gente vive o preocupada por su futuro o añorando su pasado”.

 

¿Quién tiene más tendencia?

Hay maneras de ser más propicias a recrearse en el pasado que otras. Según la psicóloga Marisol Delgado, “los sentimientos de soledad y la nostalgia van, muy a menudo, de la mano y las personas solitarias o que pasan por momentos sin muchos amigos, tienden a refugiarse en los episodios dulces del ayer. Otro grupo propicio a esta práctica son las personas excesivamente responsables, que quieren tenerlo todo bajo control. El futuro es incierto e incontrolable y a veces usan el espejo retrovisor como una forma de relajarse, de bajar la guardia porque el pasado es estable e inamovible”.

 

¿Cuáles son las épocas más nostálgicas?

Hay también periodos de la vida que propician el volver atrás. Generalmente los puntos de inflexión que acaban con una etapa y empiezan otra. Como cuenta Ana Yáñez, sexóloga y psicóloga experta en duelos, con consulta en Mérida,“cerrar una etapa de la vida y empezar otra puede generar mucho estrés. La adolescencia, la menopausia en las mujeres, la crisis de los 40 que experimentan muchos hombres o la jubilación, que no solo implica el fin de la vida laboral sino el ingreso en la tercera edad, casi siempre incluyen una revisión de lo que se ha hecho hasta ahora. Si se hace desde el punto de vista de la nostalgia es positivo porque refuerza nuestra autoestima, nos recuerda nuestros logros y contribuye a crear nuestra historia. Pero el peligro está en idealizar el pasado en exceso y pensar que todo era mejor antes, porque además la memoria es selectiva y tiende a olvidar los momentos malos. Podemos hacer este ejercicio, como quien ve fotos antiguas, pero hay que tener en cuenta que este viaje en el tiempo es limitado y siempre cuenta con transporte de vuelta, porque sino hacemos como esos viejecillos que pierden el interés por el presente”.

 

Sentimiento de pertinencia

El fenómeno “Yo fui a EGB” empezó siendo una simple página de Facebook que crearon dos amigos, Javier Ikaz y Jorge Díaz, y su utilidad se basaba en la nostalgia, en rememorar todo lo relacionado con la vida de los que ocuparon los pupitres en los años 70, 80 y 90. Canciones, películas, series de aquellos años, objetos, fetiches, revistas, juguetes, marcas de ropa... En poco tiempo los seguidores se multiplicaron y hoy el fenómeno cuenta con una web, blog, concursos de fotos antiguas, eventos, conciertos y quedadas. “Una de las funciones de la nostalgia es que nos proporciona el sentimiento de pertenecer a un grupo”, apunta la psicóloga Ana Yáñez, “la vida está llena de cambios, incertidumbres, incógnitas. Cambiamos de trabajo, ciudad, pareja, amigos y en medio de todas esas experiencias de discontinuidad, necesitamos algo estable, que no se mueva. La familia puede cumplir ese papel pero no todo el mundo conserva una o se lleva bien con sus parientes. Todo lo que hemos vivido en común sirve de núcleo de unión para reafirmar nuestra identidad como seres humanos. Por eso las reuniones de antiguos alumnos tienen tanto éxito. Son como raíces que nos dan estabilidad. El árbol puede crecer y expandirse pero el secreto para que se mantenga en pie es que tenga unas fuertes raíces”.