No siempre estamos preparados para ser padres, para dar el paso de ser dos a ser tres, y  en bastantes casos, la relación se tambalea. La imagen idílica de esta etapa que a veces se intenta transmitir empeora más la situación. Pero se puede salir... Y reforzados.

“Literalmente se trata de una crisis evolutiva en la pareja”, subraya Isabel Serrano, psicóloga y directora de enpositivosi.com. Muchas veces nos llama la atención cuando las parejas se separan siendo los hijos muy pequeños, parejas que llevaban muchos años juntas, quizá porque tendemos a infravalorar lo que este momento conlleva de revolución. Serrano lo compara a la adolescencia: “Igual que el adolescente, que experimenta cambios en su cuerpo, en su cerebro, en este momento se evoluciona de pareja a familia, y esto obliga al reajuste”. Como terapeuta de parejas, Serrano está acostumbrada a recibir a padres recientes que se preguntan qué les ha pasado, sobre todo a partir del primer año de crianza: “Es un buen momento para pedir apoyo, porque si no el proceso de distanciamiento se gangrena, además; en ocasiones, en este contexto se decide ir a por el hermanito y es un suma y sigue”.

Inercia y presión

Marta Arasanz, psicóloga experta en sexología, menciona lo dañina que puede resultar “la presión constante para seguir un ritual de pareja”: “Cuando lleva un tiempo saliendo surge el “¿cuándo os vais a vivir juntos?”, después, el “¿cuándo vais a tener niños?” y, según se tiene el primero, viene el “y el segundo, ¿para cuándo?”, que condena a muchas parejas a una huida hacia delante como forma de superar su estancamiento”. A esta inercia se une el alto nivel de exigencia: “No está definido qué ha de ser una pareja en el siglo XXI, y, ante esto, le exigimos al otro que sea amigo, confidente, amante, un igual, que aporte lo mismo…”, señala Serrano. “Es imposible que el otro esté a la altura y lo convertimos en la peor versión de sí mismo, lo que genera mucha frustración”, añade. En ocasiones, no son solo las altas expectativas en el otro las que nos pesan sino el excesivo perfeccionismo, el constante “¿lo estaré haciendo bien?” en un tiempo en que contamos con abundantes referencias, modelos de crianza, pero en detrimento de la naturalidad. Y de ahí a la culpa solo hay un paso: “Ser madre y experimentar culpa es casi inherente, es tremendo”, señala Mamen Jiménez, psicóloga (lapsicomami.com)

Ser padres ahora

Las parejas hoy están desorientadas. Ya no existen los roles tradicionales, que otorgaban a cada uno un papel claro, pero ¿cuáles se han de asumir hoy? Serrano señala que han de ser “flexibles”, que de nada sirve el posicionarse siempre como “poli bueno” o “poli malo”, pues acabará desgastando. También recomienda “no aportar cosas que tu pareja ya está aportando” ni “considerar que hay un único modelo de educación perfecto y casualmente es el tuyo”. Muchas veces, al ser padres se activan los modelos recibidos de crianza, el famoso “en mi casa lo que se hacía…”, lo que puede llevar al otro a percibir a la familia externa como amenaza. Pero conviene no idealizar. No es que antes fuera todo perfecto, o más fácil. “Las parejas antes ni se planteaban que la queja o el malestar, no se lo permitían porque las cosas “eran como eran”, subraya Mamen Jiménez. “Si al cambio de roles de los miembros de la pareja le unimos los horarios locos de trabajo, la falta de red de apoyo tanto emocional como de organización (muchas parejas no cuentan con la ayuda de familiares para el cuidado de los hijos, por ejemplo), el cóctel es fuertecito. Menos apoyo y más presión no parece una buena receta”, dice Jiménez, autora de Amor con ojeras (Lunwerg). “En nuestra sociedad se nos exige ser cada vez más productivos en el menor tiempo posible, y en el tema de los hijos se requiere lo contrario, tiempos lentos para construir bases familiares sólidas. Además, se ha vendido el mito de los bebés ideales y cuando nos enfrentamos a la realidad nos damos cuenta de que el bebé requiere mucha dedicación, mucha presencia… La conciliación es un tema complicado y eso hace que la idea romántica de ser madre pase a ser una pesada carga para algunas”, reflexiona Ana Belén Pinto, psicopedagoga de enpositivosi.com.

La maternidad llega, además, cada vez más tarde, “cuando ya tenemos establecido nuestro rol profesional y hecha la vida social”. “Entonces nos asombramos porque ya no tenemos tiempo para nosotros de forma individual ni como pareja, y si esto no se consensua para seguir creciendo causa soledad, frustración, culpa, pérdida, ansiedad, responsabilidad abrumadora…”, reconoce una mamá. La mujer experimenta un proceso muy ambivalente, que el otro no siempre entiende. “Se da desde el mismo embarazo, de momentos de exaltación de este y de la futura maternidad se pasa al miedo de no estar a la altura, y este proceso se prolongará durante la crianza”, señala Marta Arasanz. “Ser padre, ser madre, conlleva una serie de alteraciones en la parte social y de pareja, pero también en el terreno individual: las hormonas y el cerebro de la mujer no están en su mejor momento, y a eso se añade el cansancio físico pues, acostumbrada a dormir siete u ocho horas diarias, de repente tienes que levantarte cada tres, con lo que rompes el ritmo del sueño”.

Momentos de tensión

No todo es una pesadilla en ser padres ni todas las parejas están abocadas a una ruptura anunciada por el hecho de serlo (y, desde luego, son muchas las variables detrás de una relación que no funciona, no es “por los hijos”). Sin embargo, sí existen algunos momentos en que las parejas se tienden a tambalear más. O así lo ven las expertas consultadas. Para Isabel Serrano, son momentos críticos “cuando los hijos tienen entre dos y cuatro años y cuando llegan a la adolescencia, curiosamente las crisis de los padres coinciden con las crisis de identidad de los hijos”. Señala Ana Belén Pinto también el posparto, “cuando las mamás están en muchas ocasiones agotadas, con muchas dificultades a nivel físico y psicoemocional y los papás no saben cómo ayudar” o “cuando se centraliza toda la vida en los hijos, en el hecho de ser padres, sin tener tiempos de pareja a solas, lo que hace que se pierda la esencia del porqué estar juntos”. Es cuando dejas de ver al otro como tu pareja, y empiezas a verlo como padre de tu hijo. O hijos: “Si una pareja trae consigo dificultades de relación ya con el primer hijo, al tener un segundo esas dificultades suelen agravarse, porque se añaden nuevos retos que exigen mayor implicación por parte de ambos y mayor nivel de confianza, que a veces es difícil de alcanzar”. El paso de uno a dos conlleva dificultades añadidas de gestión de la conducta y emociones del mayor, infraestructura, organización y atención que podemos ofrecerle a cada uno”, añade Mamen Jiménez.

Saber hablar

Existen antídotos, como lo es el haber sabido crear espacios propios y diferenciados de realizaciones personales, lo que, en caso de distanciamiento, supone mayores probabilidades de reencuentro, según Serrano, “pues se trae aire de fuera”. Estas parejas están más preparadas para asumir la reubicación en tiempos de paternidad. Algunos pequeños detalles pueden ayudar, como caminar uno al lado del otro, transmitirle admiración y aprecio, dedicarse cinco minutos para mandarse un WhatsApp a lo largo del día, darse un abrazo al volver del trabajo, irse a la cama a la vez… enumera Serrano, que recomienda la lectura de Siete reglas de oro para vivir en pareja, de John M. Gottman y Nan Silver. “A veces tenemos la idea de que lo arreglaremos yéndonos a cenar a un restaurante francés maravilloso, cuando se dé esa conjunción perfecta, algo que quizá con niños pequeños es complicado, pero, en cambio, sí se pueden cuidar otra serie de aspectos que también son fundamentales”. Aspectos como encontrar al menos un rato a la semana para estar juntos (y solos), o invertir aunque sea un minuto en abrazarnos, mirarnos a los ojos o darnos las gracias en el fragor del día a día. Entre ellos, el que aparece una y otra vez es la comunicación no violenta y respetuosa.

La relación no se cuida sola

“La comunicación es un factor clave. En este caso además se suma la organización (para la que es preciso comunicarse de manera efectiva)”, indica Mamen Jiménez. “El tiempo dedicado a uno mismo y a la pareja suele ser escaso o nulo y dejamos de obtener reforzadores, de mimarnos y de mimar nuestra relación… pero conviene recordar que el amor no es eterno, férreo e inmutable, el amor hay que cuidarlo y trabajar para que siga sano y vivo, aunque esto se nos olvide, o se nos haga cuesta arriba, entre obligaciones y cambio y cambio de pañal”. “Saber y poder expresar nuestras emociones, necesidades y demandas, ser equipo (con una distribución consensuada de las tareas), tener la relación como prioridad, sabiendo que significa buscar espacios por muy cansados que estemos para cuidarnos y recordarnos por qué nos queremos… pueden ayudar a que la transición sea menos traumática”, explica. “No son garantía de cero conflictos, pero sí el abono perfecto para que seamos capaces de afrontarlos sin que hagan un daño irreparable”, añade.

Unos minutos al día

“Parar y sentarnos a hablar, y reconocer cómo se siente cada uno, pedir ayuda si la necesitas, aceptar que la relación evoluciona y que al ser padres no vamos a ser los mismos, ponernos en lugar del otro, plantearnos qué aspectos no nos gustan de nuestra situación y cómo podemos cambiarlos, intentar bajar las expectativas y vivir el presente, relativizar los episodios más complicados que surjan en el día a día utilizando el humor…” son recetas de Ana Belén Pinto, que asegura que “estas crisis algunas veces son la detonación de algo que desde hace tiempo no funcionaba en la pareja, mientras que en otras incluso pueden mejorar el vínculo”. La crianza supone una dura prueba, pero también una oportunidad para lograr una relación más sólida y madura en la que la complicidad permite superar con éxito los obstáculos que día a día se nos presentan para seguir no solo juntos sino felices.