¿Sientes que vas acelerada 365 días al año? ¿Tomas decisiones precipitadas por no pararte a pensar? ¿Te enzarzas en discusiones absurdas con demasiada frecuencia? Una vez pasado el conflicto, ¿sigues rumiando la afrenta y enfadándote más? En La magia del silencio, la monja budista Kankyo Tannier nos enseña a callar las palabras innecesarias y neutralizar el ruido. Te advertimos que “no se desconecta de un día para otro. Es un proceso. Aplica la regla de las tres R: repetir, repetir, repetir. Y la PTPA (parece una tontería pero es así)”

 

Vivimos en un mundo lleno de estímulos. Nos horripila el silencio hasta tal extremo que hablamos de nimiedades en el ascensor por temor a esos cinco segundos sin palabras. Si permanecemos callados, nuestra cabeza está en plena efervescencia pensando qué decir. Respondemos ipso facto a una provocación, nos enzarzamos en debates alterados en las redes sociales, retuiteamos o compartimos misivas por WhatsApp sin plantearnos su veracidad ni medir las consecuencias. Estamos siempre al quite. Luego nos quejamos de estrés. “¡Y cómo no! Es como si quisiéramos prolongar el presente en vez de disfrutarlo. Por ejemplo: estás en una terraza con unos amigos. En vez de saborear las tapas o disfrutar de la compañía, estáis compartiendo y etiquetando selfies. De pronto sientes que te aburres. Te falla la música, querrías más amigos, otras viandas… Yo lo llamo sensación de carencia: esa angustia de que te faltan cosas cuando lo que pasa que tienes tantos estímulos a tu lado que has perdido la facultad de ser feliz con tu vida. Ahí entra en juego el silencio”.

Reconexión vital

Cuando nos mencionan la palabra silencio nos ponemos tensas. “Es pura calma pero en nuestra sociedad se nos antoja como una situación violenta”. La ausencia de sonidos suena a castigo, a prohibición. A pesadilla. Baste evocar la escena de la película Abre los ojos, de Alejandro Amenábar, en la que Eduardo Noriega camina por la madrileña Gran Vía desierta. “El silencio es todo lo contrario: un camino hacia el sosiego en medio del torbellino de sensaciones que nos bombardea a diario. Nos va a servir para focalizar en lo que realmente importa, para reconectarnos con nuestro cuerpo y con la propia vida”. Como buena budista Kankyo Tannier reivindica la soledad transitoria voluntaria. “Te aíslas de forma consciente y voluntaria, es sin miedo, sin sensación de abandono. Como cuando llegas a casa agotada, te desplomas en la cama y puedes tirarte así toda la tarde, sin hacer nada, sin escuchar nada, sin pensar en nada. ¿No es tan difícil, no? La magia del silencio (Planeta) es un aprendizaje a estar a solas con nosotras mismas sin que nos resulte incómodo o nos genere desasosiego”.

Aislamiento voluntario

La piedra angular de su discurso es la necesidad de apartarse del mundanal ruido de cuando en cuando. Una cura de silencio para recargar las pilas. “Podemos empezar con unos minutos, luego unas horas y, al final, practicar el silencio durante días sin esfuerzo”. Pero si el ser humano se distingue por la palabra, ¿por qué anularla? “Según la ciencia energética tibetana la ausencia total de palabras limpia los canales sutiles. Aquello que no se verbaliza, desaparece, dando paso a la purificación. A partir de ahí todo es más sencillo. La vida se simplifica”. Quienes como ella apuestan por un retiro en el monasterio no son tan diferentes al resto. “Claro que en un momento puntual puede haber una discusión, pero se soluciona con presteza. Luego se vuelve al silencio. Si nadie manifiesta reproches o críticas, todo es más sencillo. Desaparecen el ruido exterior y el interior. Dejas de envenenarte por tonterías como “será posible lo que me ha dicho. Se va a enterar de quién soy”. También dejas de prejuzgar. De hecho, alcanzas un estado de claridad donde los conflictos se resuelven mucho más rápido”. Insiste: la falta de alboroto no equivale a que todo funcione a cámara lenta en la rutina monacal. “Hay actividades que se pueden hacer con brío. Si estás pelando patatas no hace falta que vayas a dos por hora. Eso es perder el tiempo. Me enervan quienes lo hacen. Lo mismo si tienes que ir de una estancia a otra de la casa. Puedes ir a buen ritmo, pero sin estrés. Otra cosa es la meditación. Ahí sí que se impone lo estático. Pero no meditamos a todas horas”, afirma Kankyo Tannier.

Retiro en casa

Aunque la serenidad del monasterio parece el lugar idóneo para practicar el silencio, Kankyo ofrece una práctica alternativa: el retiro de silencio en nuestra propia casa. “Puede ser de unas horas, de un día o de todo un fin de semana. Lo importante es prepararlo bien: llenar la nevera de comida sana y ecológica, porque paladear alimentos ricos nos da felicidad y nos vincula al presente, coger un buen libro y avisar a nuestros contactos de que vamos a desaparecer. ¿Cómo? Todo vale: desde el teléfono a las redes sociales o una respuesta automática en el correo electrónico. Luego, apaga el móvil”, aconseja. Y ahora, ¿qué? Ella nos lo cuenta. “Para eliminar nuestro ruido cotidiano el antídoto es no hacer nada. Asomarse a la ventana durante tiempo ilimitado y perder la vista en el horizonte, meditar, respirar con el abdomen, incluso salir a la calle caminando despacio, apreciando el paisaje sin inquietud. Poco a poco tu ritmo vital se relaja y es entonces cuando vamos poniendo más cuidado y atención al acometer actos inconscientes como abrir y cerrar la puerta o cortar verduras”.

Control emocional

La serenidad que aporta el silencio ayuda a encarar la vida cotidiana desde el análisis sosegado. “Nos creemos muy racionales, pero muchas veces obramos por impulsos ya que la parte irracional del cerebro es más rápida que el córtex. Entrenar la calma nos ayuda a no ser prisioneros de nuestras emociones. Así no lamentaremos decisiones precipitadas. Y más en tiempos de las redes sociales donde en apenas unos segundos una barbaridad puede triunfar”. El silencio y el budismo también enseñan a bregar con las emociones dolorosas. “La buena noticia es que las malas sensaciones no duran eternamente. Algunas pueden durar un minuto, como el comentario despectivo de esa compañera. Si las dejas que atraviesen