Ya aparecía en las leyendas y sagas medievales islandesas, pero su nombre no ha comenzado a sonar en tierras mediterráneas hasta hace bien poco. El skyr, con una apariencia que anda entre el yogur y el queso, combina sabores amargos, ácidos y dulces. Los islandeses lo toman como desayuno o tentempié –en el país nórdico es típico mezclarlo con frutos del bosque y cereales–, pero también lo emplean para elaborar múltiples recetas –como muestra, estas que propone la marca Siggi’s, una de las responsables de popularizar este lácteo en Nueva York–. Los británicos también se han rendido a él como opción saludable para desayunar.

El skyr se produce a partir de leche desnatada, que se fermenta con una cuajada previa y desechando el suero. Después se cuece y se deja enfriar a temperatura ambiente. Esta elaboración hace que sea muy bajo en grasas –apenas contiene un 0,5%–, y además tiene un alto aporte de calcio y es muy rico en proteínas. Todo esto lo convierte en un alimento aliado, especialmente en dietas para deportistas y personas con problemas como la osteoporosis.

Además de sus propiedades nutricionales, el Skyr gana y gana adeptos gracias a su textura sedosa y su adictivo sabor –más intenso pero menos amargo que el yogur tradicional– tanto de la versión natural como en las de vainilla, fresa, plátano, arándanos...

El yogur es la forma más habitual de degustar el Skyr pero, como cualquier otro lácteo, también se puede tomar en forma de batido mezclado con frutas de temporada o para acompañar ensaladas, pastas, o incluso pescados.

En España la moda del Skyr todavía no ha inundado las estanterías de cualquier establecimiento de alimentación –como sí ha ocurrido ya en algunos países de Europa y Estados Unidos–, pero puedes probar a hacerte con él en grandes cadenas de supermercados y tiendas especializadas en gastronomía de los países nórdicos.