A lo largo de los años se ha ido extendiendo la creencia de que, si alguien no logra adoptar un nuevo hábito o no cumple con sus responsabilidades, es porque le falta fuerza de voluntad. Cuántas veces no hemos oído eso de «me gustaría hacer tal cosa, pero no tengo fuerza de voluntad» o «tienes que tener fuerza de voluntad, si quieres lograrlo».

«Es que no tengo fuerza de voluntad»

Si realmente quisiera lograr algo de la forma en que me lo he propuesto, ¿sería lógico necesitar «forzar mi voluntad» para ponerme a ello?

Veamos, piensa en algo que te hayas propuesto hacer en el último año. Lo que sea. Si no se te ocurre nada, lleva tu mente a los propósitos de año nuevo y dime: ¿cuál de esos propósitos no has logrado por «falta de fuerza de voluntad»?

Voy con el ejemplo típico por el que todos, hombres y mujeres, hemos pasado o pasamos de vez en cuando: cuidarnos más, hacer ejercicio y comer mejor. Un buen día, por algún motivo, pensamos que a partir de ahora sí vamos a cuidarnos, vamos a ir a una nutricionista, nos vamos a apuntar a un gimnasio y, en general, vamos a cuidar de nuestra salud como nunca antes lo hemos hecho.

Con toda esa motivación inicial pedimos cita en la consulta de la nutricionista, vamos, nos hace una entrevista, nos prepara un plan de alimentación y nos recomienda hacer ejercicio tres veces por semana. Salimos de allí con la misma ilusión que nos daba estrenar libros al principio del curso. Vamos al supermercado, compramos todo aquello que apoya nuestro propósito y nos apuntamos al gimnasio. Todo lo que nuestra capacidad económica puede pagar ya ha sido contratado o comprado. ¿Y ahora qué?

Ahora tendremos que ir al gimnasio tres veces por semana y tendremos que comer lo que nuestra nutricionista nos ha dicho. Tú ya has pasado por eso, ¿cuánto dura esa explosiva motivación inicial?

Después de esos primeros días o semanas en los que no has faltado al gimnasio y ni siquiera te ha apetecido comer algo fuera de lo recomendado, siempre llega ese momento en que piensas «hoy no quiero ir». Va a llegar. No importa cuánto queramos eso que queremos, siempre llega ese momento en que no queremos hacer lo que se supone que tenemos que hacer y ahí es cuando aparece la protagonista de este artículo: «tengo que tener fuerza de voluntad para poder lograrlo».

¿He conseguido ya que te sientas identificada? No importa si el ejemplo no aplica a ti, quizás estás estudiando una oposición o te has propuesto llevar todo el trabajo al día, sea lo que fuere aquello que quieres, siempre hay un día en que no quieres hacerlo.

La «fuerza de voluntad» falla, por eso la gente que logra seguir adelante con sus propósitos deja de llamarlo así y lo cambia por «disciplina», que no sirve para todo el mundo, pero es mucho más gentil que la primera. Forzar la voluntad suena mal desde un principio, entrenar la disciplina no. Pero si no somos disciplinados porque el hábito que estamos adoptando es nuevo, ¿cómo vamos a lograr incluirlo en nuestra rutina pese a nuestro deseo irrefrenable de no hacer eso que tenemos que hacer?

Entremos en materia.

Sustituye todos los «tengo que» de tus auto-conversaciones por «quiero» y, lo más importante, sustituye la idea de «fuerza de voluntad» por «amor».

No tienes que ir al gimnasio o sentarte a estudiar si no quieres, nadie te obliga, no es cuestión de vida o muerte; si una parte de ti quiere hacerlo es porque entiende que es bueno para ti, porque quizás no quiere hacer eso, pero sí quiere obtener los resultados.

En este punto siempre doy el mismo ejemplo, que me encanta, por cierto: «quizás no quieres ir a trabajar, pero sí quieres cobrar a final de mes». Fin de la negociación, te levantas y vas a trabajar porque quieres cobrar.

«Creemos que hay que tener fuerza de voluntad para poder lograr cosas, pero no es así. Debería bastar con querer hacerlas, si debes forzar tus deseos del momento para llevar a cabo una acción, habrá que revisar el planteamiento del propósito».

Echar mano de la fuerza de voluntad constantemente nos agota y, con ello, nos trae la sensación de que todo se queda en intentos fallidos, que el tiempo pasa y no logramos avanzar y, sobre todo, que hay gente que lo está logrando, pero nosotras no. Por tanto aparece la culpa, añadimos nuevos fracasos a nuestra lista y reforzamos la creencia de que somos incapaces de lograrlo.

Cambiar nuestro esquema mental es posible, pero requiere de mucho trabajo personal. Introspección, autoconocimiento, revisión de pensamientos, gestión de emociones, etc. Muchas personas contratan coaches con los que revisar esos esquemas y traspasar los muros de las creencias limitantes; también es un trabajo que puede hacerse en terapia, donde además se puede buscar el origen de ese funcionamiento y entender por qué nos comportamos así.

No, no es fácil; pero si llevas a cabo algunos ajustes y haces los ejercicios que te propongo a continuación, podrías notar cambios desde hoy mismo. No prometo nada, pero todavía no conozco a nadie que lo haya hecho y no haya experimentado uno de esos realize de los que hablo en mi libro Slow Life, Guía práctica para un auténtico cambio de vida (Ed. Arcopress).

Cuatro puntos a tener en cuenta para no depender de la fuerza de voluntad:

Revisa tu rutina y encuentra qué tareas estás llevando a cabo por obligación.

Te sorprendería saber la cantidad de actividades que hacemos porque tenemos que hacerlas y no nos hemos parado a pensar si realmente van con nosotras. Muchas veces hacemos cosas porque es lo que toca y ni siquiera valoramos previamente si realmente queremos hacerlo, y pueden ser cosas tan sencillas como encargarnos de ciertas tareas de la casa o cuestiones de mucho más impacto como tener hijos.

Te invito a revisar todas las actividades que realizas a lo largo de la semana y a preguntarte si quieres continuar haciéndolas, ¡por favor, no me digas eso de «es que si no lo hago yo, nadie lo hace»! Solo pregúntate si quieres hacerlo y, en caso negativo, ya veremos cómo le podemos dar la vuelta.

Hazte preguntas.

Cuando encuentres algo que te genere dudas, pregúntate si realmente quieres hacerlo. ¿Para qué lo quieres hacer? Si conecta realmente contigo, si es un objetivo antiguo que parece haberse enquistado, pero que ya no te interesa, etc.

Cuantas más preguntas te hagas al respecto, mejor.

Destierra los tengo que.

Como te comenté al principio de este artículo, la sola sustitución del tengo que por quiero, nos lleva a la necesidad de buscar la razón última (y basada en el amor, dicho sea de paso) por la que queremos hacer las cosas.

Todas las tareas en las que no puedas sustituir el tengo que por quiero, pueden ser eliminadas. ¡Pero no te precipites! Existe la posibilidad de dar muchas vueltas a estos ejercicios antes de tomar la decisión de abandonar un objetivo. Y si te bloqueas, no lo dudas, acude a un profesional que te eche una mano. Si hay algo que tengo claro en este momento es que toda inversión que hagamos en alinear nuestras acciones con nuestros deseos es una inversión bien hecha.

Recuerda que no querer hacer algo no implica no querer el resultado.

Es muy común quedarse en la idea de que no queremos hacer algo y no encontramos razón alguna para querer hacerlo. «No quiero levantarme antes para salir a correr», pero quiero mejorar mis marcas y además quiero que mi entrenamiento no me quite tiempo para hacer otras cosas que también quiero hacer, así que ¿quiero entrenar antes de salir a trabajar o no?

El objetivo de todo este trabajo es que no te sientas obligada a nada y que comprendas que, si vas a hacer algo, lo haces porque tú quieres hacerlo, porque deseas ver resultados y porque es bueno para ti. Cero presiones internas o externas.

En resumen…

Aunque suelo pensar que la fuerza de voluntad no existe, lo cierto es que muchas personas funcionan muy bien bajo esa presión y, aun cuando nutre el Ego y ahoga al espíritu, logran convertir esa presión en disciplina, la disciplina en hábito y, finalmente, no existe ni negociación: se levantan, hacen lo que van a hacer y listo.

Observándote sabrás cómo te sienta a ti la fuerza de voluntad. Si eres de las personas que se sienten bien, que responden con ilusión y no estás cada vez más desmotivada y aburrida, ¡enhorabuena! Perteneces al otro grupo.

Los que creemos no tener fuerza de voluntad en realidad no estamos incompletos, ni somos menos válidos, ni hemos venido al mundo con una tara; simplemente funcionamos de forma diferente. Necesitamos hacer las cosas con amor, desde el deseo profundo y en conexión con nuestro espíritu.

La única diferencia entre unos y otros es la forma de llegar al lugar, pero el lugar bien puede ser el mismo.