No es casualidad que las dos grandes escritoras en lengua castellana del Siglo de Oro español sean dos monjas: Santa Teresa de Jesús y Sor Juana Inés de la Cruz, son los ejemplos más notables de una realidad que durante centurias se ocultó tras los muros de los conventos femeninos.

Obligadas por las costumbres y las leyes a ser propiedad de un hombre (el padre o el marido) y a vivir alejadas de la sabiduría y las profesiones de prestigio, muchas mujeres de las clases sociales más elevadas se refugiaron en el claustro para sentirse más libres, gozar de un ámbito de poder o dedicarse al estudio y la creación. Ese fue el caso de Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, una auténtica estrella de la corte del virrey de Nueva España (actual México), quien a los 20 años abandonó el mundo para tomar los hábitos.

Juana nació alrededor de 1650 en la hacienda de su abuelo, en Amecameca, siendo la tercera hija ilegítima de la relación entre su madre y uno de los hombres que poblaban los ejércitos del rey de España en el Nuevo Mundo. Desde muy pequeña, demostró una enorme inteligencia y, sobre todo, un inmenso deseo de aprender. Además de su talento como poeta y dramaturga, Juana destacó por sus conocimientos de lenguas, teología, filosofía, música, astronomía, arquitectura, artes y matemáticas.

Fue autodidacta, pues en aquellos tiempos no era habitual que las niñas estudiasen fuera del entorno familiar: nunca tuvo profesores, más allá de su abuelo, quien poseía una biblioteca a la que ella sacó partido. Instalada a los 10 años con sus tíos en la capital del virreinato, México, aquella niña deslumbrante llamó enseguida la atención de los virreyes, los marqueses de Mancera: a los 14 años fue llamada a la corte como dama de compañía de la virreina. Era un círculo distinguido y muy culto, en el que Juana brilló pronto por su enorme capacidad intelectual y literaria. Fue cuando comenzó a componer sus primeros poemas, como sus famosos sonetos de amor, que enseguida hicieron que su nombre circulase entre las gentes cultas del Imperio español.

 A pesar de su éxito y de su belleza, alrededor de los 20 años decidió no contraer matrimonio e ingresar en el convento de San Jerónimo. No se sabe muy bien sus razones, pero es probable que, como otras mujeres de su tiempo, deseara ser libre para dedicarse a su obra y a sus investigaciones, que incluían experimentos científicos: de haberse casado, había muchas posibilidades de que su marido le prohibiese semejantes ocupaciones, consideradas poco adecuadas para una dama.

Durante años, la vida de sor Juana Inés de la Cruz no fue de total reclusión. Su orden era bastante relajada, de manera que disponía de una celda grande y cómoda, en la que recibía a amigos de ambos sexos. Pero la “mundanidad” de muchos de sus escritos y actividades pronto empezó a ser criticada. Primero fue su confesor, y más tarde el obispo de Puebla, quien escribió un texto con el seudónimo de sor Filotea instándola a que abandonase las “humanas letras” y se dedicase a las divinas. La respuesta a sor Filotea de la Cruz que sor Juana Inés hizo pública conmueve por su valentía y por su desesperación: en ella la monja defiende con uñas y dientes su talento y su ansia de saber, justificándolos en nombre de su afán de estar más cerca de Dios.

Pero aquel fue el comienzo del fin: poco después, sor Juana abandonó las letras, se deshizo de su biblioteca y se entregó a la devoción. Nunca se ha sabido si fue una decisión voluntaria o, más bien, como parece, lo hizo obligada por su confesor y los superiores de la orden. Sor Juana Inés de la Cruz murió en 1695, cuando debía de tener unos 45 años. Murió silenciosa, como las normas de la sociedad querían, pero dejó una extraordinaria obra poética y dramática que, aún hoy, habla por ella.

ILUSTRACIÓN: JUDIT GARCÍA-TALAVERA