No hay nada malo en sentirse única o diferente, pero si nos victimizamos por ello estaremos generando relaciones tóxicas con los demás. A lo diferente debemos sacarle partido, sin caer en el pobre de mí. Está en tu mano que los demás te comprendan dejando de lado la coacción o haciéndolos sentir culpables. ¿Sientes que nadie te entiende? ¿Que los demás no hacen lo suficiente por ti? Revisa tus actitudes leyendo este artículo.

Las personas que se acercan a los cincuenta o los superan recordarán a Calimero, el pollito con una cáscara en la cabeza que iba por el mundo llorando y lamentándose de que nadie le comprendía, después de que una nueva aventura hubiera acabado en fiasco. Todos hemos conocido a esta clase de personas o incluso hemos actuado alguna vez como ellas. ¿Qué hace que nos sintamos fuera del mundo, tan distintos de la manera de actuar y pensar de los demás? “¡Soy un incomprendido!”, gritaba al final de cada capítulo Calimero, el único pollo negro de una familia en la que todos los pollitos eran amarillos. La situación es parecida a la que describe El patito feo, el cuento tradicional que abre la última antología de Jorge Bucay, en la que el médico argentino reflexiona sobre este cuento que a menudo se asocia a la experiencia de rechazo del bullying, el drama de sentirse maltratado y excluido del grupo. Sin embargo, el autor de Cuentos clásicos para conocerte mejor dice que en esta fábula subyacen tres preguntas que deberían hacerse todas las personas que se sienten incomprendidas:

• ¿Quién soy? Pertenecer a un determinado grupo nos aporta una sensación de identidad. Un equipo de fútbol, compartir ciertas ideas políticas, ser budista, vegetariano o un loco de la robótica nos une a otras personas con intereses similares. Pero, ¿qué sucede cuando sentimos que no encajamos en ningún sitio? Eso no es necesariamente una mala noticia. Al contrario, saberse distinto al resto, ser un incomprendido, es señal de que tienes algo fresco y original que dar al mundo. Solo hay que indagar qué es, desarrollarlo y ofrecerlo de manera eficaz.

• ¿Hacia dónde voy? Decía Juan de la Cruz que “para ir adonde no se sabe, hay que ir por donde no se sabe”. Las personas que se sienten únicas necesitan encontrar un camino propio, ya que no les van a servir las soluciones a medida de los demás. Por esto mismo, la mayoría de genios de la humanidad han sido grandes incomprendidos que han necesitado crear a veces un camino donde antes no existía ninguno.

• ¿Con quién voy? El ser humano es un animal gregario, y los raros también necesitan estar en comunidad, aunque esta comprenda un pequeño nicho de intereses. La empresa Apple, por ejemplo, jamás habría sido lo que es si no se hubieran unido dos personajes tan singulares como Steve Jobs y Steve Wozniak, los cuales aportaron talentos diferentes al proyecto común. Especialmente para las personas sensibles y diferentes, elegir bien los compañeros de viaje es esencial para llegar a meta. “El patito, no era un patito en realidad, era un cisne. Pero encontró su camino y descubrió quién era, encontrando así la felicidad”, comenta Bucay sobre este relato iniciático.

El síndrome de Calimero

Volviendo al personaje que encarna a los incomprendidos, el pollito negro al final de cada aventura se encuentra solo e indefenso y se pregunta de modo implícito “¿Por qué a mí?”. Podemos reconocer a las personas que sufren el síndrome de Calimero porque presentan algunos de los siguientes rasgos:

Lamentan su mala suerte. Consideran que la fortuna que favorece a otros nunca cae en su casilla, por lo que envidian a las personas que están en circunstancias más favorables, pero sin considerar que lo han conseguido con sus propios medios.

Creen que merecen más. Otro rasgo típico del Calimero es que se siente injustamente tratado por sus jefes, compañeros de trabajo, por la familia o por el mundo en general. Se quejan de que sus méritos no son correspondidos o, incluso, que se los atribuyen otros.

Ven complots en contra de ellas. Desde su posición de víctima, quien padece este síndrome ve en todas partes actitudes hostiles, personas que quieren perjudicarles —a veces, secretamente— o que se proponen negarles lo que es suyo.

Tienden a ser solitarias. Justamente porque son desconfiadas y su discurso suele ser negativo, al Calimero le cuesta retener a los amigos. Va perdiendo apoyos, sea a causa de los enfados o porque su entorno se cansa de la queja y reivindicación constantes.

¡Pobre de mí!

En su superventas Las 9 revelaciones, James Redfield menciona cuatro maneras en las que la gente trata de apoderarse de la energía de los demás:

1. Intimidador. Domina a los demás a través de la ira y la impetuosidad, con lo que la gente les sigue el juego por miedo a sus reacciones.

2. Interrogador. Desnuda al interlocutor con sus preguntas hasta encontrar el fallo que lo compromete, con lo cual obtiene poder sobre él.

3. Distante. Adopta una actitud distante, difícil, de modo que los demás se acercarán a preguntarle lo que le pasa, y aquí es cuando les robará toda la energía.

4. El pobre de mí. Se correspondería a la persona con síndrome de Calimero que, al expresar su queja, su dolor y sus problemas logra la atención del entorno, aunque eso solo le durará un tiempo. Esta cuarta estrategia para obtener toda la atención de los demás sería la versión más tóxica de los incomprendidos.

Según Redfield, el pobre de mí no quiere enfrentarse al mundo de forma activa y por eso busca inspirar lástima para que los demás se pongan a su servicio. Veamos su modus operandi:

• Siempre cuenta desgracias, pero cambia inmediatamente de tema cuando tratamos de explicarle algo.

• Traza un panorama catastrófico antes incluso de que la situación que tanto teme se haya producido.

• Si le ofrecemos una versión más benévola de su realidad, la rebatirá con un “sí, pero…”.

• Escucha las soluciones que les proponemos, pero raramente las pone en práctica. Una actitud victimista resulta cansina para los demás y además es difícilmente reversible, a no ser que la persona se entregue a una toma de conciencia que le permita verse tal como es.

La trampa del victimismo

La persona que padece el síndrome de Calimero, como hemos visto, es extremadamente vulnerable ante la opinión ajena. Le basta con recibir una pequeña crítica, un comentario en tono de broma o un mensaje un poco frío para que se sienta cuestionada o atacada. Si para zafarnos de sus lamentos se nos ocurre decirle: “No te hagas la víctima”, entonces puede venirse abajo y, paradójicamente, se hará aún más la víctima porque necesitaremos rescatarla. Las personas que se victimizan por sistema suelen presentar esta serie de creencias:

• Lo que me pasa es culpa de los demás.

• Tengo razón, son los otros que están equivocados.

• Hay que desconfiar de todo el mundo. Siempre. No puedes fiarte.

• Solo yo me sacrifico por los demás.

• Es muy difícil encontrar a gente bondadosa.

• Si me quieres, deberías…

Este último punto es el más peligroso, ya que la persona que se victimiza coacciona a su entorno, poniendo siempre a prueba su lealtad y entrega. En ese sentido, el pobre de mí es especialista en hacer sentir culpables a los demás. Sin embargo, cuando detectamos su forma de robarnos la energía, como diría James Redfield, podemos liberarnos de esta relación tóxica.

Ventajas de ser diferente

Si no nos dejamos tentar por la victimización y escapamos del síndrome de Calimero, podemos darle la vuelta a ser un rara avis, ya que no estar de acuerdo con el mundo también tiene sus ventajas:

• Nos proporciona la libertad de ser uno mismo sin tener que imitar las opiniones y gustos de otros.

• Nos libera de la enfermedad de compararnos a los demás, ya que la persona que se sabe única es incomparable.

• Tenemos el músculo de la creatividad siempre lubricado, ya que quien genera sus ideas y conceptos tendrá que construir siempre su propio mundo.

A veces los incomprendidos pasan por temporadas de soledad, pero si tienen sus prioridades bien enfocadas, eso deja de ser un inconveniente. Al contrario, aprovechan estos oasis para invertir todas sus energías a sus propios intereses y proyectos, ya que no necesitan la aprobación de nadie. La manera saludable de ser diferente, sin embargo, es entender que los demás tienen el mismo derecho a ser únicos, distintos e incomprendidos. Decía el filósofo alemán Peter Sloterdijk que “somos más parientes de las orquídeas que de los simios”. Por lo tanto, permitamos que nuestra rareza sea nuestra tarjeta de visita y hagamos de ella un regalo para el mundo.