¿Sabías que nuestros vecinos del norte de Europa practican la llamada ‘limpieza de primavera’ o spring cleaning? Es un día –o varios– donde se limpia la casa a fondo y se ventila a conciencia tras varios meses sin apenas abrir las ventanas por el frío. A los españoles, criados en una sociedad donde el hogar se ha de mantener siempre como los chorros del oro por si viene visita y donde se ventila a diario nos resulta una maniobra harto extraña.

Como con la limpieza primaveral se pone la casa patas arriba se aprovecha para ordenar. Y para tirar lo que ya no se usa y que probablemente jamás se vuelva a usar.

Los ingleses lo llaman decluttering, un término sin equivalencia en español y que viene a significar algo así como ‘poner orden en el caos, eliminar lo innecesario y quedarse con lo esencial’. La japonesa Marie Kondo, nueva gurú del orden, reconoce que la primavera le insufla nuevas energías para meterle mano a la casa. Y de ahí a todos los aspectos de la vida.

Toma nota. Tienes 7 días para estrenar vida.

Día 1. Cambio de armario

Empieza por lo más práctico: vacía completamente el ropero. Echa un vistazo a la ropa más abrigada. ¿Qué está en buen estado y puedes guardar para la temporada próxima? Nada de jerseys con bolitas, ni con enganchones. Tira lo viejo. Sin piedad. También esas prendas que llevas años sin usar. No las guardes para estar por casa. ‘Si no vale para salir a la calle, ¿por qué vas a vestirte con ropa vieja en casa?’, se pregunta Kondo. Esto explica cómo esta sargenta de hierro del orden es capaz de sacar entre 20 y 30 bolsas de artículos inútiles de las casas de sus clientes.

Quédate con lo básico y que sabes que sí te vas a poner. Ahora ordena por colores y nada de torres de esas que al coger una camiseta de abajo se despanzurran las cinco de arriba. Enrolla las prendas y alinéalas para que sea fácil extraerlas. “Es cuestión de ordenar todo, de una vez y hacer que ese orden sea duradero”, sentencia.


Día 2. Hora del baño

No, no se trata de darte una ducha sino de organizar los potingues de belleza. Ese spray para crear ondas surferas que te dejaba el pelo como sucio, ¿vas a volver a usarlo alguna vez? ¿Y el gel fijador de cuando llevabas el pelo a lo garçon crees que vas a usarlo ahora que llevas un long bob? ¿Y esa barra de labios casi negra que solo usaste en Halloween? ¿El rizador barato y malo que no tiras por si el bueno deja de funcionar?

La lista de frascos sin usar durante meses suele ser impresionante. Mándalos al contenedor de los reciclados. Y lo mismo con los caducados. Si no recuerdas cuándo lo abriste pero acumula polvo, tíralo. Si el precio está en pesetas, también. De paso, aprovecha para limpiar las brochas de maquillaje y los cepillos del pelo. Y para tirar esas toallas de color inexplicable. Aunque sean de algodón egipcio, si el blanco tira a un gris-beige, tíralas.


Día 3. Revistas, libros y quincalla

En el cuarto de estar puedes encontrar cualquier cosa. ¿En la era de Internet realmente vas a volver a consultar los apuntes de la facultad? ¿Merece la pena acumular esa torre de revistas del corazón solo porque Busta y Paula aún estaban juntos en la portada? Al contenedor de papel. ¿Torres de best sellers que no caben en las estanterías y que presumiblemente no volverás a hojear? Dónalos.

Una vez superes estas trabas te será más fácil deshacerse de objetos pequeños dispersos por todo el cuarto de estar: souvenirs de París, bolígrafos, calendarios con el teléfono de persianistas… “Solo existen dos razones para no deshacerse de un objeto: un enganche con el pasado o miedo ante el futuro”, sentencia Kondo. Ante la duda, tíralo. Elimina también los duplicados. No necesitas siete cuadernos de notas. Con uno siempre a mano, basta. ¿Y con los cargadores? Mientras no se invente uno universal habrá que seguir almacenándolos, pero mejor si metes todos en una caja. Que sea mona, que ordenar no está reñido con decorar. Haz lo mismo con pendrives, cables…


Día 4. La prueba de Masterchef

Echa un vistazo a la cocina. Hay especias que no pueden faltar en tu cocina, pero esas que compraste en tus viajes por la India, Turquía o África, que pican como el demonio y que solo has usado una vez, tíralas. También las que no usas porque te desagrada su sabor y las que han perdido aroma. Haz lo mismo con las conservas, con la nevera y con vasos, platos, tarteras y sartenes deteriorados.

Adiós también a la cristalería ultra arañada por el lavavajillas. Hay al menos una docena de comercios con menaje a precios razonables (Ikea, Zara Home, Carrefour Home…) donde encontrarás artículos a estrenar para no sentir que vives en una pensión. Y asúmelo: si nunca haces bizcochos, deshazte de los moldes. Solo ocupan espacio y te recuerdan que nunca serás una abuelita con olor a vainilla.


Día 5. Aligera el bolso

Es increíble la cantidad de artículos insospechados que una mujer puede atesorar en tan poco espacio. Tickets de la compra de Navidad, mecheros de cuando aún fumabas, una veintena de bolígrafos, pañuelos de papel sin bolsa, siete tampones de los de ‘por si acaso me baja la regla que no me pille desprevenida’…. Vacíalo de todo. Límpialo por dentro y por fuera. Si está viejo, tíralo. Ahora vuelve a meter solo lo imprescindible para pasar unas horas fuera de casa. Tus hombros lo agradecerán.


Día 6. Limpia el coche

El maletero y la guantera del vehículo no son una prolongación de tu bolso. Revisa, limpia y tira resgurados de la gasolinera, del parquímetro y recibos del seguro de hace diez años. En cambio ten a mano y en buen estado la documentación del coche. Si llevas cds, confirma que cada disco está en su caja. Aspira a conciencia las alfombrillas y entre los asientos, en especial, si tienes niños. Descubrirás restos de patatas fritas y gusanitos listos para someterse a la prueba del carbono 14.


Día 7. Limpieza digital.

Borra correos, whatsapps y mensajes antiguos. Acumularlos crea lo que el experto en tecnologías de la información Enrique Dans llama ‘síndrome de Diógenes digital’. Pero hay más. Plantéate si es necesario almacenar en discos duros decenas de películas que has grabado de la tele y que necesitarías vivir varias vidas para volver a ver. Tanta información puede que no ocupe metros cuadrados de tu apartamento pero genera ansiedad. Y no está la vida como para angustiarse porque no has visto todos los capítulos de Juego de Tronos.