Solo quiero que mis hijos sean felices y buenas personas, te aseguro que no tengo ninguna otra expectativa.

Hay pequeñas charlas, fragmentos de conversaciones, que se recuerdan durante toda la vida.  Quedan grabadas y emergen cada cierto tiempo, como el resto de un naufragio con el que juega la mar picada.

Todos los padres depositan más expectativas en sus hijos, es inevitable. Y prácticamente inevitable también que en algún momento les decepciones.

Era el año 2005. Primavera. Yo estaba ya casi demasiado embarazada, tanto que estaba deseando que llegase algo como un parto. Salía tarde de la redacción de 20minutos, que por aquel entonces estaba ubicada en Callao, en pleno centro de Madrid. Salía casi a la misma hora que mi amigo, el hermano que habría elegido tener, acababa un curso en el cercano Colegio Oficial de Aparejadores.

No es cierto. No en mi caso. Te aseguro que no deseo otra cosa. Solo que sean felices y buena gente. Me da igual todo lo demás.

Le había esperado unos pocos minutos cotilleando las novedades de la cercana Casa del Libro. Prefería con mucho volver con él en coche, antes que meterme en el atestado Metro.

“¿Te parece poco?”, apuntilló él desde el asiento del conductor.

“No, no es poca cosa”, me quedé pensando.

Y la conversación quedó ahí, latente. La primera vez que emergió fue unos tres años más tarde, en forma de post, cuando llevaba poco tiempo escribiendo un blog de maternidad en el que volcaba mi experiencia criando a un bebé y comenzaba mi segundo embarazo. Un pequeño rincón de Internet que siempre quise que fuera un lugar de encuentro.

Pocos meses más tarde, en abril de 2009, con mi hija de un mes al pecho, me dijeron que mi precioso niño dorado tenía autismo. La foto de familia rota. La pesada puerta que se abría dando paso a una ruta desconocida, para la que no hay guías, ni más certeza que el saber que el camino será largo.  

Momentos para asimilar, para reaccionar y recomponerse. Momentos en los que regresé a aquella conversación y los restos del naufragio fueron tabla de salvación.

“Solo quiero que Jaime sea feliz y buena gente” había defendido. Tenía que ser consecuente. Eso seguía siendo perfectamente posible, un objetivo alcanzable.

Y en esa tarea hemos estado volcados desde entonces.

Escribir y reflexionar sobre lo que escribo es para mí una necesidad, un bálsamo. Ahora Jaime tiene diez años, este verano cumplirá once. En todo este tiempo hemos vivido muchas cosas, hemos tenido tiempo para encontrar el instinto para movernos en la dirección correcta. Hemos reído, llorado, cambiado de colegio en tres ocasiones, de terapias, nos hemos columpiado bajo el sol y bajo la lluvia, hemos conversado con muchas personas que aman también a una persona con autismo o que no conocen ninguna, nos hemos peleado, hemos reinvindicado, hemos vivido en la vorágine y en la calma. Hemos aprendido y seguimos aprendiendo que la felicidad es saber detenernos y valorar los pequeños momentos.

Ya sabemos bien que la vida es para todo el mundo montar un dragón ingobernable intentando en todo momento disfrutar del viaje.   

Todo eso he intentado plasmarlo en un libro. He procurado, con toda la humildad del mundo, contar nuestro viaje con la esperanza de que pueda ser una buena compañía para aquellos que están transitando una ruta semejante. Tal vez también para aquellos a los que el autismo les pilla muy lejos. Así me lo han hecho saber ya unos cuantos lectores.

Tener un hijo con autismo (Plataforma Editorial), un libro en el que he volcado mis experiencias y reflexiones, ha llegado a las librerías coincidiendo casi con el Día Internacional por la Concienciación del Autismo.

Un libro que he escrito desde la honestidad más absoluta y un libro solidario, ya que la mitad de los beneficios que reciba irán destinados a la Fundación Aucavi, a la Asociación Araya y a la Fundación Autismo Diario.

¿Volaréis sobre el dragón conmigo?