Seguro que conoces a alguien que se caracteriza por estar siempre quejándose. Suelen ser personas que no saben ver el lado bueno de las cosas, que solo se fijan en los fallos, lo que pudo haber sido y no fue, o lo que debería ser y no está siendo. Pueden ser personas apagadas, como grises, pero también personas malhumoradas o siempre estresadas. No importa cómo se exteriorice, seguro que sabes ver que la fuente de todo eso es la queja y lo que hay detrás es una persona víctima del mundo.

Estoy convencida de que sabes identificar a ese tipo de personas y, además, casi podría estar segura de que conoces a una o varias –es un mal muy extendido-. Sin embargo, me surge una duda: ¿sabes identificar esa actitud en ti misma?

Preparando este artículo, saqué el tema en Instagram haciendo una encuesta sobre cómo creemos que actuamos. Los resultados, 24 horas después, arrojan un 64% de personas que se hacen responsables de su realidad la mayor parte del tiempo, un 36% de personas que normalmente actúan como víctima y un montón de mensajes explicando cuánto les ha costado dejar de sentirse víctimas y poder afirmar que tienen las riendas de su vida.

La encuesta ha caducado en Stories, pero puedes ver el post aquí.

Y, hecha la introducción, ¡entremos en materia?

¿Sabes identificar qué actitud estás teniendo en cada momento?

A veces nos sentimos arrastrados por la rutina, sin capacidad de maniobra. Aparece la queja y, como resulta adictivo y placentero culpar a otros de nuestros males, soltamos paulatinamente nuestra responsabilidad sobre nosotros mismos y nos rendimos a la pasividad.

Todo cuanto ocurre es por culpa de otros. Nuestra infelicidad tiene su raíz en los demás: nuestros suegros nos sacan de quicio, nuestra jefa es una amargada, los vecinos hacen esto, los niños piden aquello, no tenemos tiempo, no tenemos dinero, eso que queremos no es para nosotros, todo está caro, «la cosa está muy mal», etc.

Y así con absolutamente todo hasta que nos encontramos inmersas en una espiral de la que es muy difícil salir pues, cada vez que nos quejamos, nos recordamos a nosotras mismas que el problema no es nuestro, sino de otros; y, si no somos parte del problema, ¿cómo vamos a ser parte de la solución?

Las sensaciones que esta situación nos produce son diversas: sentimos que no somos dueños de nuestra vida, que no podemos hacer nada para cambiar la situación, que son los demás los que deben hacer algo para hacernos más felices, que los días pasan y no somos capaces de avanzar y, lo mejor y más interesante de todo, sentimos comodidad y apego por todo esto, ya que evita que tengamos que tomar decisiones, por tanto no tenemos que asumir riesgos y así no nos exponemos al error o al fracaso.

Dicho esto, ¿logras identificar esta actitud en ti? ¿Hay algún área de tu vida donde actúes como víctima?

Si todavía te cuesta encontrar en qué situaciones puedes estar actuando así, permite que te de unas pistas, quizás te identifiques con alguna: sensación constante de que no tienes dinero para las cosas que quieres, que no tienes tiempo, que las personas con las que convives no te comprenden, que tu infelicidad se debe a otras personas –el compañero de trabajo que te saca de tus casillas, tu cuñada, el cliente que no aguantas, etc-, que tienes mala suerte en la vida, que todo te pasa a ti, que tus esfuerzos nunca tienen recompensas, etc.

¿Qué consecuencias tiene mantener este tipo de actitud victimista?

En función de la situación personal de cada una de nosotras, esta actitud tiene unas consecuencias u otras. Recuerda que cada persona es un mundo y cada mundo acciona y reacciona de una manera diferente. No obstante, sí hay algunos detalles que suelen repetirse en la mayoría de los casos y que he podido observar en mis clientes, las personas con las que converso habitualmente de estos temas y también en mí misma.

En primer lugar, tener esta actitud nos impide avanzar. Pues, en la medida en que creemos que la vida –o los demás- es responsable de todo cuanto nos ocurre, esperamos a que sea ella –o ellos- quien haga algo para cambiarlo.

Además, nos acomodamos a nuestra incómoda zona de confort. ¡Como lo lees! No nos resulta fácil estar ahí, no es cómodo, pero tomamos asiento en esa incomodidad y nos convencemos de que, definitivamente, es mejor estar incómodos en algo que conocemos que la incomodidad que nos produce lo desconocido.

También ocurre que nuestra autoestima y autoconfianza descienden cada día en que permanecemos en la pasividad. Mientras nos convencemos de que no podemos hacer nada por nosotros mismos crece nuestra sensación de insuficiencia, aprendemos fácilmente que no somos capaces de nada y que no lograremos nada. Y así, nos mantenemos en esa espiral decadente, que nos provoca esa sensación de estar cada vez más anclados.

¿Qué puedo hacer al respecto?

Lo más importante de este proceso –como en todos los procesos, de hecho- es tomar conciencia de cuál es la situación inicial. Podemos observar detalles como en qué momentos tenemos esa actitud, qué personas o situaciones son detonantes, qué nos decimos o cómo tratamos de convencernos, para así ser conscientes de ellos y decidir qué queremos hacer realmente en ese momento: quejarnos o actuar.

Tal y como ocurría con las consecuencias, las medidas que puedes tomar dependen de quién eres tú y de cómo es, y cómo percibes, tu realidad. Esto supone un importante ejercicio de autoconocimiento que puedes hacer en solitario o a través de un proceso de ayuda (coaching, psicoterapia, formación, consultoría, etc).

Sin embargo, he querido extraer unas recomendaciones generales que pueden ayudarte a empezar y con los que puedes obtener resultados desde el primer día:

  • Destierra la queja. Así de simple. No es fácil de llevar a cabo porque tenemos la queja automatizada en nuestro comportamiento, pero es muy simple de implementar: cuando notes que te estás quejando, lleva tu atención a la aceptación.
  • Sustituye los por qués por para qués. En el mundo del desarrollo personal hay una especie de fobia a la pregunta por qué, cuando la realidad es que, bien empleada, puede tener resultados muy poderosos; sin embargo, en el tema que nos ocupa sí vamos a ponerle especial atención para dejar de utilizarla. Todos esos ¿Por qué salió así? ¿Por qué no cambia? ¿Por qué me pasa esto a mí? pueden ser sustituidos –no literalmente- por para qués y esto nos lleva a una pregunta estrella de la que puedes echar mano en todos los casos: ¿Qué puedo extraer yo de esto?
  • Muévete. Cuando observes que estás quejándote o lamentándote por algo, sácate de contexto y actúa. ¡No importa lo que hagas! Puede ser ponerte a solucionar el problema, establecer los puntos que quieres tocar en la conversación, salir a pasear, darte una ducha, ¡lo que sea! Lo importante es que con la acción comprobarás que siempre tienes la posibilidad de hacer algo para favorecer tu bienestar –bien sea afrontar la situación o aparcarla para cuando te apetezca-.
  • Atención plena. Practicar mindfulness regularmente te permitirá notar cómo aparecen tus pensamientos, observarlos y elegir en cuáles quieres detenerte. Así podrás llevar a cabo todas las recomendaciones anteriores: no pegarte a las quejas, preguntarte más a menudo qué puedes extraer de lo ocurrido y tomar acción antes de anclarte en la pasividad.

¡Y eso es todo!

Recuerda que puedes encontrarme en Instagram en @spiritualwoman o en mi página web www.spiritualmood.com.

¡Ya me contarás el resultado de recuperar las riendas de tu vida!