Hay un mandado social perfeccionista que afirma: "La gente segura de sí misma siempre sabe lo que quiere y jamás duda". Pero no es así: si no dudas, sufres de rigidez mental. Y no hablo de la duda retardataria, insegura, que inmoviliza, sino que me refiero a la duda progresista, que te impulsa a indagar, a cuestionarte y a crecer. Si no dudas de tanto en tanto, vulneras tu derecho a revisar las propias creencias y opiniones y a cambiarlas si así lo consideras. La certeza ciega en uno mismo es peligrosa.

 

Cuando la evidencia empírica o la lógica te indican que estás equivocado, lo más honesto y racional es cambiar de opinión. No defiendo que cambies de parecer cada cinco minutos y seas tan sugestionable como para que te laven el cerebro, me refiero a la 'renovación' que la mente debe hacer para actualizar su visión del mundo y adaptarla a las modificaciones naturales de la vida.
 

Cuando Galileo Galilei invitaba a los sacerdotes a que miraran por el telescopio que la tierra no era el centro del universo, ellos se negaban a observar y hacían como el avestruz, que oculta la cabeza bajo la tierra. A este mecanismo en psicología se lo conoce como disonancia cognitiva, y sostiene que cuando la verdad choca con algún esquema personal importante, podemos utilizar la negación, por ejemplo, para mantener una falsa consistencia interior que nos disminuya el estrés o la incomodidad de reconocer que estamos equivocados.

 

La coherencia no es testarudez (es pensar, sentir y actuar hacia un mismo lado; es integridad interior), pero sin flexibilidad, se convierte en fundamentalismo crónico. Además, la coherencia per se, sin tener en cuenta el fin que persigue, no es necesariamente una virtud: los nazis eran consistentes, muchos psicópatas o asesinos en serie pueden ser coherentes, un dictador puede actuar de una manera políticamente sólida. En estos tres ejemplos ilustrativos, lo que define a estas personas es la actitud depredadora o genocida. En definitiva: hay 'coherencias' buenas, constructivas y positivas; pero también las hay malas, destructivas y negativas.
 

La gente que te rodea, aunque no te des cuenta, está pendiente de lo que piensas y sientes, y si cambias de opinión sobre algo, es probable que te recuerden la fecha y las palabras exactas que dijiste en otras ocasiones y de qué manera aquello contradice lo que hoy estás afirmando. No importa si luego de revisar un tema, o por alguna experiencia vital, has modificado tu parecer razonada y razonablemente, la exigencia implícita que suele hacerse desde el dogmatismo, el fundamentalismo y el oscurantismo es que deberías seguir pensando como antes: ser inmutable, invariable y estático.


Escúlcate, pon a prueba tus creencias, confróntalas con total honestidad y realismo y restriega cada lugar de tu mente, como un gato curioso. No te conformes con una verdad trasmitida durante siglos y sustentada sólo en la tradición. Y si en ese examen a fondo, los esquemas que ya tienes se confirman, entonces los abrazarás con la tranquilidad de no ser dogmático y testarudo. Si, por el contrario, no se confirman, puedes proceder a una transformación radical: acabar con la resistencia al cambio.