Dicotomía del corazón. Dilema de la razón que no alcanza a comprender por qué te extraño cuando no estás y cuando te tengo a mi lado el amor va declinando minuto a minuto. Paradojas del amor: tu carencia me eleva al amor, tu presencia me hunde y me revuelca sin compasión en el hastío; no es disgusto aquello que siento cuando al fin te tengo a mi lado, sino apatía, escasez de emoción, predicción absoluta. Amor singular, contradictorio: solo te quiero en el destierro, en el tiempo perdido de la soledad que no alcanzo a llenar. Amo tu fantasma, tu recuerdo, el vacío incierto que deja tu partida... Me desmoraliza el encuentro...

Sufro porque no estás, sufro porque estás. Y lo más preocupante: no hay puntos medios. No se puede fragmentar el deseo y pegarlo a un trozo de aburrimiento sin caer en el peor de los contrasentidos: deseo/aburridor o aburrimiento/deseado. Malformaciones del afecto, reformas enfermizas, injertos. Miles de parejas fluctúan entre el rompimiento forzoso que determina la lógica y la necesidad impostergable del enamorado: “Quiero que te marches y quiero que regreses”, “Vete, pero no me dejes del todo”. La elección imposible. El conflicto atracción/repulsión llevado al extremo: de dos males elegir el menor cuando ninguno es menor, cuando el dolor se equipara punto a punto al placer.

En este laberinto circular, donde la fuerza del amor pierde su esencia y en vez de alegrar, entristece, donde el deseo se agota y la felicidad se satura a sí misma, la dolencia comienza a echar raíces. Patología del amor que se transforma en miseria, en una tristeza esencial, en desesperanza, porque cuando el estrés se vuelve incontrolable, el organismo, inteligente y avispado, se desactiva, entra en receso, se deprime.

¿La solución? Alejarse del agujero negro, quemar los barcos del otro lado del mar. Y el juego se acaba: ni cerca ni lejos, solo nada de nada. No me convienes, no me viene bien quererte. ¿La solución? Soportar el deseo (autocontrol a discreción), rebelarse al tedio (autoestima en expansión), autoverbalizaciones gratificantes (merezco no sufrir) y acabar así la relación como un suspiro, de una, sin anestesia. ¿Qué no es fácil? Obvio, pero de tanto machacar se logra. En otras palabras, deponer las armas, salir de la maraña con humildad: me equivoqué, no es mi batalla. No se trata de una fuga cobarde, sino de renuncia digna.

El amor es potencia del ser, decía Espinosa, porque nos empuja hacia arriba, nos acerca a las capacidades reales que no siempre se ven, el ser persevera en la vida cuando ama. Por tal razón, el amor sano se manifiesta con suavidad, fluye a pesar de los obstáculos, ocurre para nuestra dicha y no para hundirnos en un mar de dudas y de problemas irresolubles. El amor que quita potencia, no es amor. ¿Carencia o aburrimiento? Ni lo uno ni lo otro, y menos ambas. Mejor apelar a la pasión divertida, elemental, risueña. Amor entretenido, enganchado a la risa, desmadejado en las ganas y creativo en el interés. Ni carencia ni aburrimiento, más bien deseo y tranquilidad, los dos pilares de cualquier relación de buen pronóstico y sabor.