Es innegable que en el mundo existe una tendencia cada vez más marcada hacia el individualismo, y que, pese al auge de muchos movimientos ecologistas y de una creciente sensibilización hacia el mundo que nos rodea, nos solemos centrar en nosotras mismas, nuestros objetivos y nuestro propio bienestar. Son muchos los que, como escribió el filósofo Thomas Hobbes en el siglo XVII, siguen pensando que “El hombre es un lobo para el hombre”, que las personas somos básicamente egoístas y que nos movemos por encima de todo por el interés personal y la defensa de aquello que consideramos como nuestro.

Y lo cierto es que cuando, de vez en cuando, alzamos la vista y miramos a nuestro alrededor, leemos la prensa o vemos las noticias, no escasean los ejemplos del egoísmo más puro. No obstante, pese a que pasan más desapercibidos, también estamos rodeados de pequeños gestos y acciones que nacen de la voluntad de ayudar. Escenas tan cotidianas como el anciano que cae en la acera e inmediatamente varios transeúntes acuden a ayudarle, ese turista perdido que encuentra a alguien que se ofrece a guiarle, esa amiga que siempre está ahí en nuestros peores momentos… El instinto de ayudar a otros sigue estando muy presente en nuestra sociedad, y surge como un impulso natural cuando vemos que alguien se encuentra en una situación de necesidad.

También es incuestionable que hoy en día, con el avance masivo de la tecnología, las relaciones se están volviendo cada vez más frías e impersonales. Y sin embargo, la ayuda desinteresada sigue estando muy presente, tal y como demuestran todos los movimientos y asociaciones de voluntarios que cada vez proliferan más. Del mismo modo, detrás de las pequeñas acciones que llevamos a cabo diariamente para cuidar nuestro medio ambiente, como el reciclaje, se esconde la misma base: el altruismo, una cualidad que, según muchos defienden, también es inherente al ser humano.

Aquellos que dedican su vida a ayudar a otras personas comparten un sentimiento de bienestar común, y afirman que el favorecer la felicidad de otros nos puede ayudar a darnos cuenta de nuestra propia capacidad de amar y de conectar con un mundo que todos compartimos.

Xavier Caparrós, uno de los defensores de nuestro lado más altruista, y autor de la novela Altruismo: propósito y sentido (2019), afirma que la solidaridad y el intento de construir un mundo más humano pueden suponer un aliciente fantástico para levantarse cada mañana y proponerse nuevos retos cada día. Según Xavier, que desde hace más de 30 años se dedica al mundo de la solidaridad y el voluntariado, y ha viajado a más de 70 países en proyectos voluntarios de cooperación local e internacional, la capacidad de amar es algo intrínseco al ser humano, y si tan sólo el 5% o el 10% de las personas nos dedicásemos a ayudar a los demás, en pocos días cambiaríamos el mundo radicalmente.  

“Estamos como anestesiados, autoengañados, como dormidos, absorbidos por la patología de la normalidad donde lo habitual es ser infeliz y preocuparse exclusivamente por uno mismo”

El autor de esta novela sobre cómo el altruismo puede ayudarnos a encontrar un verdadero propósito en la vida afirma que todos y todas somos “ángeles terrenales” en potencia: todos podemos ser esa persona que aparece en el momento propicio para traer una respuesta adecuada, dar apoyo en el momento en el que alguien más lo necesita. “Esa persona que te llena de confianza, que te hace ver y sacar lo mejor de ti mismo y que te reconecta con la vida”. En definitiva, que todas podemos emprender ese proceso personal que nos lleve a asimilar la idea de que todas las vidas tienen el mismo valor, y que no importa quién da, quién recibe, y qué se da. Que todas podemos ser partícipes de un cambio significativo y consolidar una vida digna de ser vivida, ya sea la nuestra o la de cualquier otro.