Ser fumador, impuntual, desordenado o comer mal, son hábitos que hemos adquirido con el tiempo y que no nos definen. Por mucho que creamos que están tan arraigados en nosotros que forman ya parte de nuestra personalidad y es demasiado tarde para cambiarlos, no son más que costumbres que se han ido instalando con el tiempo y que, si nos lo proponemos, podemos cambiar.

Los hábitos se instalan por repetición así que cuanto más practiquemos el nuevo hábito que queremos incorporar, ya sea algo sencillo como tener nuestra mesa de trabajo ordenada o más complicado como mejorar nuestra dieta, cada día que pasa nos resultará más fácil y automático.

Sea cual sea el (mal) hábito que queramos cambiar, del más difícil al más simple, es importante tener claro las razones por las que queremos hacerlo y los beneficios que nos va aportar. Puede ser útil hacer una lista con ellos para recordarnos en los momentos de flaqueza que vale la pena el esfuerzo. También debemos felicitarnos por cada pequeño logro para mantener la motivación. Hablar con gente que lo haya conseguido también puede ayudarnos a darnos nunca es tarde para cambiar. En el caso del tabaco, al que al hábito se suma una adicción física, puede ser de mucha ayuda contar con apoyo facultativo.