Los europeos y norteamericanos somos consumidores por excelencia de productos cárnicos. La cantidad de carne que ingerimos ha aumentado considerablemente en los últimos años. Este exceso puede ser dañino para el organismo, al mismo tiempo que lo es para la sostenibilidad y los animales.

Su consumo, incluyendo las aves de corral, el conejo y la casquería, se ha multiplicado por dos en cincuenta años: hemos pasado de 47 kilos por persona a 110 kilos, según los datos recopilados por Henri Joyeux en su bestseller “Come bien hoy, vive mejor mañana”. Además, el autor relaciona su ingesta con el aumento del riesgo de padecer cáncer de colon y de recto.

¿Por qué puede afectar al organismo?

La carne incorpora una gran cantidad de lípidos, es decir, grasas y aceites. Incluye triglicéridos que actúan para almacenar la energía en forma de grasa, por lo que su abuso puede ser perjudicial para la salud. Asimismo, los ácidos grasos saturados son los responsables de la arteriosclerosis y del envejecimiento vascular. Sin embargo, no hay que olvidar que necesitamos los nutrientes que la carne no aporta, motivo por el cual su consumo debe ser equilibrado y regular, pero sin excederse.

Las carnes procesadas han sido transformadas mediante el salazón, la fermentación, el curado o el ahumado con el objetivo de mejorar su sabor, textura y conservación. Para conseguirlo, se añaden aditivos perjudiciales para la salud. Algunos ejemplos de estos procesados son: el bacon, las salchichas, la cecina…

¿Qué carne es mejor?

Nos aporta una gran cantidad de proteínas, hierro y vitamina B12 que favorecen el metabolismo de los glóbulos rojos. Por eso es importante su consumo, pero hay unas mejor que otras. La diferencia se encuentra en el tipo de grasas que incorporan.

Carnes rojas: es la carne de vaca y la que contienen más grasa saturada y aumenta el colesterol. Por lo que es mejor optar por las otras opciones. Concretamente, incluye entre veinte y treinta gramos de grasas por cada 100 gramos.

Carnes mixtas o rosadas: son las del cerdo y del cordero, y no contienen tantas grasas saturadas, por lo que están más recomendadas que las carnes rojas. Contienen entre diez y veinte gramos de grasas por cada cien gramos.

Carnes blancas: son las procedentes del pollo, el pavo y el conejo, y las más recomendadas porque no incluyen tantas grasas saturadas. Aportan tan solo entre dos y diez gramos de grasas por cada cien gramos.

Hay que escoger las carnes magras y reducir su consumo, así como el de los productos de charcutería porque también son muy grasos. La solución está en sustituirlos por verduras, legumbres, frutas, pescados, mariscos y cereales, sin eliminar por completo la carne de la dieta.

El movimiento Slow Meat

Se trata de la concienciación sobre el consumo de carne teniendo en cuenta su proceso de producción y las repercusiones negativas respecto al medio ambiente, nuestra salud y los animales de granja. Es un fenómeno que pretenden cambiar el estilo de vida y los patrones alimenticios de la sociedad para que sean más respetuosos y sostenibles.