Tenemos la mala costumbre de juzgar lo que sucede a nuestro alrededor desde una postura de superioridad, de creernos poseedores de la verdad y abandonar así la prudencia y la humildad que acompañan al sentido crítico. ¿A quién no le gusta tener la razón?

Lo que ocurre es que en un intento de ofrecer nuestra opinión y responsabilizarnos de ella, nos dejamos llevar por nuestro ego y lo único que hacemos es intentar demostrar que somos superiores descalificando todo lo que no encaje con nuestro criterio.

Sí, así es, nos transformamos en criticones, pero también en el blanco de mensajes emocionales que nos dan la razón para conseguir de nosotros lo que desean sus emisarios. Entonces, ¿cómo mantener el equilibro?

 

Tener sentido crítico

El sentido crítico es la habilidad para analizar y evaluar lo que ocurre a nuestro alrededor desde una postura de responsabilidad. Se trata de opinar desde el conocimiento y la experiencia sobre un tema y aún así ser conscientes de que se puede estar equivocado, por lo que el interés no es tanto imponer el criterio personal, sino más bien ofrecer una visión de lo ocurrido.

Quien es crítico sabe que también puede estar confundido y por ello una de sus mejores estrategias es la capacidad de cuestionarse a sí mismo, de ponerse en duda y analizar teniendo en cuenta otras perspectivas. Consiste en ser flexible, practicar un sano escepticismo y tener una adecuada ética personal.

Además, la persona crítica también aplica estas estrategias a la información que le llega: no se trata de creer por creer, sino de analizar, cuestionar, reflexionar.

Un buen pensamiento crítico mejora nuestra vida porque favorece que tomemos decisiones más acertadas y seamos menos manipulables

El sentido crítico es una necesitad vital en la actualidad, sobre todo si tenemos en cuenta que nos encontramos en una época de crisis de veracidad, en la que las fake news y las estrategias de marketing emocional dominan la mayoría los medios de comunicación y discursos. Estamos en un momento en el que se apela a nuestras emociones para influir en nuestro comportamiento, de ahí que sea fundamental que aprendamos a reaccionar frente a ello. Además, también nos ayudará a mejorar nuestras relaciones con los demás, pues no es lo mismo opinar desde una actitud de humildad que desde la exigencia y superioridad, características que describen muy bien a los críticones.

Como vemos, poner en duda siempre ha sido necesario, pero ahora quizás sea más necesario que nunca. De hecho, un estudio publicado en la Universidad de Cambrigde afirma que disponer de un buen pensamiento crítico mejora nuestra vida porque favorece que tomemos decisiones más acertadas, seamos menos manipulables y más autónomos y creativos en nuestra forma de solucionar los problemas.

Antes de saber cómo hacerlo, veamos en qué consiste la otra cara de la moneda, esa en la que la flexibilidad no existe, pero sí la rigidez y cierto egoísmo.

Ser criticón

Ser criticón: cuando nos sentimos superiores a los demás

Ser crítico no es lo mismo que ser criticón. Sin embargo, es muy probable que cada uno de nosotros ejerza el rol de criticón en ciertos momentos de su vida, aun cuando piensa que está haciendo todo lo contrario. De ahí que sea importante identificar el lado oscuro de la crítica.

Por ejemplo, cuando conversamos, pero solo deseamos que el otro nos dé la razón, no escuchamos lo que nos dice y para ello señalamos todo lo que nos cuenta como negativo, somos criticones. También cuando nos argumentan una película, un libro o cualquier otro asunto y lo criticamos sin tan siquiera saber de ello o habernos informado, simplemente porque sí, porque pensamos así.

Ser criticón es estar atrapado en una realidad miope y en un profundo estado de inconformidad que genera malestar

Eso sí, no es lo mismo ser criticón de forma puntual que de manera constante. Cuando lo hacemos de vez en cuando, nos dejamos llevar más por nuestro egocentrismo y orgullo, ahora bien, cuando lo hacemos de forma continua hay todo un entramado psicológico de fondo.

Así, los criticones suelen ser personas que han adoptado la crítica como estilo de vida. Son aquellos que para decir algo, sí o sí, tienen que descalificar, ya sea a una persona, una situación o cualquier objeto. Critican por criticar: no fundamentan sus opiniones y ni siquiera comprueban aquello sobre lo que hablan porque sobreestiman lo mucho que saben sobre un tema.

Son algo así como doctorados en juzgar. Se creen superiores y poseedores de la verdad. Su objetivo principal es luchar para tener la razón y cuando lo consiguen experimentan alivio porque confirman su grandiosidad.

En realidad, ser criticón es estar atrapado en una realidad miope y en un profundo estado de inconformidad que genera malestar. Es muy probable que quien se comporta así de manera continua, haya crecido en un entorno que le juzgó de forma injusta, en el que le señalaron más sus defectos que sus virtudes y habilidades y donde el mensaje que le llegaba es que no hacía nada bien, por eso piensa que su valor personal es relativo.

Sea como sea, quedarnos atrapados en la crítica dificultad no solo nuestras relaciones sino también nuestra valoración personal. Nos impide confiar, crear vínculos más íntimos, tomar decisiones acertadas y permitir que el bienestar entre en nuestras vidas.

Humildad intelectual

Humildad intelectual para despertar el sentido crítico

Ahora que ya sabemos la diferencia entre tener sentido crítico y ser criticón, ¿qué podemos hacer para no dejarnos llevar por nuestro ego y cultivar una crítica constructiva?

Practicar la humildad intelectual. Así es. Se trata de la capacidad de ser flexibles, de estar abiertos a nuevas ideas, de poner en duda lo que pensamos y lo que nos llega; es decir, de ser receptivos con otras perspectivas, aceptar que nos equivocamos y cultivar una mentalidad más abierta. Algo así, como salir de la caverna de Platón y dejarnos sorprender por todo lo que hay fuera y ni siquiera sabíamos que existía.

No lo sabemos todo y aquello que creemos puede estar equivocado, cuanto antes nos grabemos en nuestra mente ese mensaje mejor. De hecho, Albert Einstein tenía esto muy presente, pues llegó a afirmar que, para él, un verdadero genio admitía que no sabía nada.

Así, tenemos que estar dispuestos a abrazar los cambios porque las ideas que ayer eran acertadas puede que hoy sean erróneas o se queden cortas, ¿o es que nunca nos hemos pillado haciendo algo que ni siquiera imaginábamos o diciendo algo que ni siquiera pensábamos?

Mucho cuidado con las críticas y con la descalificación de los demás porque puede que un día nos sorprendamos haciendo aquello que tanto hemos juzgado. Así, si queremos plantar esa semilla de flexibilidad que nos permite ser críticos, pero desde una actitud humilde y de mentalidad abierta podemos:

  • Aceptar que nos confundimos y que cometemos errores.
  • Practicar la escucha activa. Se trata de poner toda nuestra atención en la otra persona y abandonar ese hábito tan común de preparar nuestra respuesta mientras nos habla.
  • Ser conscientes de que hay otros puntos de vista y respetarlos. No tenemos que estar de acuerdo siempre con el otro, pero sí tenemos que respetar sus opiniones. Abandonemos esa batalla perdida en la que intentamos convencer al otro de forma persistente, pues no suele haber un ganador.
  • Estar dispuestos a aprender. Quizás una de las mejores recomendaciones, porque si no aprendemos de los demás, ¿de quién vamos a hacerlo?
  • Reflexionar y cuestionarnos. Poner en duda nuestras creencias y nuestra imperiosa necesidad de llevar la razón es fundamental. ¿Para qué queremos tenerla? Quizás nos sorprendamos cuando respondamos a esta pregunta.
  • Conocer otras culturas. Descubrir otros estilos de vida y concepciones no solo nos enriquece, sino que también amplia nuestra visión de la realidad.

Una opinión desde la humildad siempre será mucho más sana que desde el egocentrismo. En la primera estamos dispuestos a intercambiar, enriquecernos, y aprender, en la segunda echamos la llave al cerrojo y nos aislamos en nuestro mundo. Opinar siempre es posible, pero mucho más sano si se hace desde el respeto.