En una pequeña aula de Walworth, en el sur de Londres, un profesor hace esfuerzos sobrehumanos para intentar que sus alumnos de quince años entiendan el mensaje intrínseco en Machbeth, y se desespera ante la imposibilidad de ayudar a todos sus alumnos a prepararse para los exámenes de entrada a la universidad, una fase tan crucial en sus vidas.

Esta fue la frustración diaria que llevó a Alex Beard, profesor e investigador sobre nuevos métodos educativos, a emprender un viaje intelectual en busca de esa fórmula mágica que convirtiesen el aprendizaje y la enseñanza en algo efectivo, algo que no se limitase a las cuatro paredes de las aulas y que acompañase a sus alumnos en el camino por la vida.  Hablamos de ese enorme puzle que tantos docentes pugnan por resolver día tras día: ¿Cómo debería ser la educación en el siglo XXI, y cómo conseguir que todos los jóvenes, y no sólo aquellos más privilegiados, puedan tener éxito en su trayectoria vital y profesional?

La búsqueda de la respuesta a este gran interrogante es lo que llevó a Alex Beard a recopilar en su novela Otras formas de aprender: qué funciona en educación y por qué, todo un recorrido por el pasado y el futuro de la enseñanza, para mostrarnos cómo y por qué debemos hacer mejor las cosas. Con un enfoque global, nuestro autor aborda en su libro desde la inteligencia artificial hasta nuestra comprensión creciente del cerebro del niño, desde las raíces de la creatividad hasta la forma en la que las aulas pueden llegar a ser motores involuntarios del extremismo.

 

Una educación obsoleta

Y es que a medida que hemos ido avanzando en la historia, la enseñanza y el aprendizaje han perdido el contacto con el progreso humano. Hoy en día vivimos en la era de la información, trabajamos en la economía del conocimiento, y sin embargo nuestras escuelas siguen siendo reliquias de la era industrial. Tal y como afirma Beard, “la escuela es esencialmente igual ahora que en tiempos de Platón”. “Con todos los progresos que hemos hecho en otros ámbitos de la actividad humana – en medicina o en neurología, en psicología o en tecnología –, ¿no deberíamos haber llevado a cabo hace mucho tiempo una revolución en nuestra forma de aprender?”.

A pesar de que nos es imposible predecir el nivel de éxito de los estudiantes de hoy en el futuro, sí que es posible entender que existen mejores formas de preparar a los niños para el mundo del mañana. En este contexto, si seguimos limitando su oportunidad de aprender a un breve periodo de sus vidas y los seguimos lanzando al mundo con la frecuente sensación de ya han fracasado, nunca conseguiremos ayudar a todos los niños a descubrir su verdadero propósito, a expresarse creativamente y a dominar las herramientas necesarias para hacerlo.

Tenemos dos opciones: enseñar a los niños las destrezas necesarias y arriesgarnos a que estas queden desfasadas o bien enseñarles a adquirir por sí mismos esas destrezas a medida que las necesiten

 

Aprender a mejorar el cuidado

Alex Beard nos explica cómo en nuestra sociedad actual existe una creciente demanda por el talento humano y valores como la empatía, la creatividad o la sociabilidad se van imponiendo cada vez con más fuerza. Sin embargo, esto también despierta el fantasma de un futuro en el que también serán necesarios otros valores como la determinación o la resiliencia.

Por esta razón, el autor pone de relieve la evidente necesidad de una implicación conjunta en la educación de los niños de hoy (desde los padres hasta los responsables políticos) para mejorar la enseñanza para todos y trabajar en pro de que nuestros sistemas de enseñanza se acaben convirtiendo en sistemas de autoaprendizaje. “Habíamos nacido”, dice Beard, “para aprender juntos. Teníamos que reconstruir nuestros sistemas en torna a esa ida, desde abajo hacia arriba, a imagen de las ciudades y las redes neuronales, en las que el poder del todo dimana del desarrollo de todo el potencial cooperativo de cada elemento individual”.

Por ello, hemos de construir el aprendizaje en torno a las personas, y no a la tecnología. Abrazar la solidaridad en detrimento de la competitividad y desarrollar nuestro intelecto y ética a la vez que trabajamos nuestro rendimiento.

Si somos aprendices natos, y si nuestra capacidad de enseñar y de cooperar se ha ido perfeccionando a lo largo de cientos de miles de años de sociedad, ¿no sería preferible que, en lugar de cambiarnos a nosotros mismos para llegar a ser parte del sistema, ajustásemos el sistema circundante?

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