Nos sentimos sobrepasadas, inundadas por emociones que no logramos controlar, a veces ni siquiera sabemos qué nos ocurre y nos sentimos perdidas. La falta de consciencia sobre nuestras propias emociones nos lleva a luchar contra aquellas que consideramos negativas y nos evita disfrutar de las que consideramos positivas. ¡Veamos qué podemos hacer!

El control de las emociones

Cuando hablamos de emociones, mente, desarrollo personal, hábitos, etc, solemos utilizar la palabra control y, desde mi punto de vista, es importante que le demos una vuelta a esto. Personalmente, no creo que podamos controlar las emociones o los pensamientos. Una emoción llega sin que nosotros la llamemos, igual que los pensamientos, no sabemos por qué nos hemos acordado de algo y simplemente nos sorprendemos pensando sobre ello. ¿Qué tipo de control podemos tener sobre algo que aparece espontáneamente sin ser llamado? No obstante, sí podemos elegir qué emoción queremos sentir y podemos reproducirla en un momento dado. Así como también podemos elegir pensar en algo concreto y pasar un tiempo determinado pensando sobre ello, analizándolo y sacando conclusiones.

¿Por qué considero importante aclarar esto en primer lugar? Porque muchas veces nos sentimos culpables por cómo nos sentimos y no nos damos cuenta de que es algo que no podemos controlar y que, como mucho, podremos observar y tomar ciertas medidas que nos ayuden a salir de ahí. Por todo ello, yo nunca –o casi nunca- hablo del control de las emociones, porque no creo que podamos controlar lo que ocurre. En su defecto, utilizo la palabra gestión, que evoca igualmente una acción por nuestra parte, pero en este caso no de dominio absoluto de la situación, sino de hacemos lo que podemos hacer con lo que tenemos.

Si tienes una pila de papeles que revisar sobre la mesa y la situación estuviera en tu control, quizás decidirías hacerlos desaparecer y a otra cosa mariposa. Sin embargo, no siempre es posible llegar a ese nivel de decisión, a menudo únicamente podemos decidir cómo vamos a hacer aquello que nos toca hacer en cada momento. No sé si me explico.

La gestión de las emociones

Gestionar emociones es tener la posibilidad de decidir qué es lo mejor que podemos hacer con esa emoción en ese momento. Sería algo así como: «viendo que esto me está generando esta emoción, cuál es la situación óptima a la que puedo llegar con lo que tengo». Ese con lo que tengo contiene unas variables que se nos vienen dadas y que, a priori, no podemos cambiar. Por ejemplo, quizás no podríamos cambiar lo que esa persona ha dicho, no podemos cambiar tampoco que nos encontramos allí, que lo hemos escuchado y que hay otras personas delante, y tampoco podemos cambiar esa primera emoción, sensación o pensamiento que sus palabras han provocado.

Lo que sí podemos hacer es, sabiendo que todo eso ya está siendo así, pensar qué podemos hacer con ello -que sea lo mejor para nosotros en ese momento- y tomar cartas en el asunto para que ocurra. Esto que se dice fácil, suele conllevar todo un entrenamiento en atención plena, mucho conocimiento y mucha experiencia hasta que se lleva a cabo de forma óptima. ¿Por qué? Porque para que esto ocurra, necesitamos un espacio de tiempo entre lo que ha pasado y nuestra respuesta; y nuestra mente es tan eficaz haciendo su trabajo, que ese espacio de tiempo es inexistente –imperceptible, más bien- y, por tanto, no tenemos la oportunidad de elegir nuestra reacción, sino que quedamos a expensas de la que se elabora de manera automática.

Para concretar un poco, la gestión de las emociones requiere la capacidad de reconocerlas cuando aparecen, requiere también un ejercicio de aceptación y, finalmente, ejercer la responsabilidad de elegir cómo queremos responder ante ello. ¡Ahora vayamos paso por paso!

Observar para reconocer

Entre el estímulo interno (pensamiento, por ejemplo) o externo (algo que ocurre), hay un espacio en el que nace una emoción. Como se ha comentado, normalmente no observamos este hecho y, ahorrando energía, simplemente nos dejamos arrastrar por la propia emoción sin hacernos responsables de lo que ocurra.

Si hablamos de emociones como alegría o sorpresa, quizás las consecuencias no suelen ser negativas; pero si hablamos de ira, por ejemplo, y no nos hacemos responsables de nuestra respuesta, ¡quién sabe qué podemos hacer o decir en un momento así! Si nos damos el espacio para observar, podríamos tener la oportunidad de comprender qué está ocurriendo realmente y decidir qué queremos hacer con ello.

Para este ejercicio deberemos entrenar nuestra capacidad de atención plena. Esto nos ayudará a observar cómo aparece la emoción, a causa de qué y también seremos conscientes de ese espacio de tiempo del que te hablo. Quizás se trata de medio segundo, pero créeme cuando te digo que se pueden tomar grandes decisiones en tan poquito tiempo.

Aceptación y amor

Rechazar la emoción que ha venido a nosotros a menudo solo empeora la situación emocional. Además, si queremos responsabilizarnos de algo y elaborar respuestas coherentes con nosotras mismas, es indispensable aceptar lo que está ocurriendo: tanto lo que ha ocurrido fuera, como lo que esto ha desencadenado dentro.

El rechazo de la emoción, negarla, ignorarla o querer cambiarla por la fuerza no trae buenos resultados. A menudo supone una carga extra para nosotras, doble trabajo al querer cambiar algo que ya ha ocurrido, una lucha contra lo que ya es y, como imaginarás, mientras todo eso está pasando dentro de nosotras, nuestra respuesta hacia fuera no está siendo elegida.

Por otro lado, en muchas ocasiones nos enfrentamos a la culpa: «¿por qué me siento así cuando yo debería estar feliz?» Tú no deberías sentirte de ninguna forma concreta, te sientes como te sientes y puedes estar segura de que hay una razón para ello –aunque a veces la desconozcamos-. Imagina esto: un ascenso, un nuevo éxito, una buena noticia sobre el trabajo de tu pareja, tener un hijo o que tus hijos se vayan a estudiar al extranjero… ¡Imagina cualquier buena noticia que te podrían dar en este momento! Y ahora imagina esa otra cara de la moneda que podría no hacerte tan feliz.

El miedo a las responsabilidades de tu nuevo puesto de trabajo, el miedo a no poder mantener ese éxito, la idea de ver menos a tu pareja, el cansancio que conlleva ese nuevo miembro de la familia o la tristeza de que tus hijos se vayan una temporada lejos de ti. Todo esto puede traerte emociones que no quisieras tener en ese momento de buena noticia, pero que no puedes elegir, ya ha llegado y ahora toca aceptarla. No te sientas culpable, sea lo que sea que estés sintiendo, tiene una razón de ser y te está indicando algo para que deposites ahí tu atención y trabajes en ello.

Responder de manera responsable

Habiendo logrado observar e identificar esas emociones y habiendo logrado aceptarlas y amarlas como son –porque tienen una función y no tienen intención de molestar-, ya se ha creado el espacio necesario para que decidas cómo quieres responder a ello. Simplemente hazte esa pregunta: ¿cómo quiero responder a esto que está ocurriendo? No hay una forma buena y una forma mala de responder, la realidad es que, si te tomas el tiempo para alinear lo que piensas y sientes con lo que vas a hacer, con seguridad estará bien hecho –y si no lo está, son seguridad podrás hacer ajustes para mejorar la experiencia del momento-.

Un comentario de los suegros que nos saque de nuestras casillas puede ser muy bien respondido con silencio, dándoles la razón, con una respuesta cariñosa, con una respuesta asertiva –que también puede ser cariñosa a la vez- o explotando de “mala manera”. La idea no es elegir lo que queda bien, es elegir lo mejor para nosotros y nuestro entorno en ese momento. Por eso cualquier respuesta será válida, si te tomas el espacio para elaborarla con calma.

¿Pero cómo puede ser una buena respuesta el responder de mala manera? Bueno, es que quizás tú llevas mucho tiempo callándote para no tener problemas y ya te has aburrido. A lo mejor lo que la situación requiere es un simple «te comprendo, pero no es asunto tuyo». ¿Va a haber problemas? Quizás. ¿Te habrás quedado a gusto? Si está alineado con tu sentir y has valorado la situación, lo más seguro es que sí. No sé si logro explicarme. Yo no creo que una correcta gestión de las emociones termine siempre en respuestas biensonantes, asertivas y que a nadie le importe oír. A veces mostrar el enfado es la mejor manera de ser coherente con el sentimiento propio, piénsalo.

Para terminar…

Pregúntate si te concedes ese espacio para elaborar respuestas alineadas contigo.

Pregúntate si tus emociones responden sin que tú te hagas responsable de ello.

Pregúntate de qué forma estarías siendo más coherente contigo misma.