A tenor de lo que se desprende de la opinión de nutricionistas y dietistas, el consejo sería comprar menos cantidad de carne y elegirla de mayor calidad. En el caso de la carne roja, la sugerencia sería disminuir el consumo y alternarla con otras carnes blancas como las del pollo, conejo o pavo, que no tienen tanta grasa. No está de más recordar que lo ideal sería comer carne roja un día a la semana, como mucho, en vez de hacerlo a diario, como hace un porcentaje muy elevado de españoles. Y también tener en mente que podemos obtener proteínas de otros alimentos diferentes a la carne: legumbres, pescado, frutos secos, etc. En el caso concreto de la carne picada, aconseja Javier Aranceta, presidente del comité científico de la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria y profesor asociado de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra "siempre es mejor la que hace el carnicero delante de nosotros, que la que pueda llegar en una bandeja de supermercado, que probablemente tendrá una serie de componentes químicos (como las nitrosaminas) para mantener su color rosado y evitar la proliferación de bacterias". Así pues, si pides en la carnicería que te trituren la carne, mucho mejor para ti. Asimismo, hay que evitar en lo posible consumir carnes procesadas ya que está demostrado que incrementan el riesgo de padecer una serie de enfermedades. En marzo de 2013 la revista BMC Medicine detalló que si los europeos tomáramos menos de 20 gramos diarios de carnes procesadas al día (un bocadillo de embutido suele tener unos 40 gramos), la mortalidad poblacional podría disminuir en un 3,3%. ¿Por qué las carnes procesadas comportan este riesgo? En realidad no se sabe exactamente qué componente del alimento es el responsable de que su consumo reiterado sea peligroso a largo plazo. Aunque se han barajado muchas hipótesis (grasas saturadas, nitritos, nitratos, hierro hemo, el efecto de las altas temperaturas en algunos de estos alimentos, etc.) todavía no hay respuestas definitivas.


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