La piel es el órgano de mayor tamaño de nuestro cuerpo. Un valioso envoltorio que nos defiende del exterior y que está íntimamente ligado a nuestro sistema nervioso y al funcionamiento del resto de órganos de nuestro cuerpo. Por eso la piel refleja a menudo diferentes dolencias, por ejemplo, una piel muy amarillenta puede ser un síntoma de problemas en el riñón. Pero la piel no sólo cambia según nuestro estado de salud, nuestro estado de ánimo, nuestras emociones, también inciden directamente en ella.

Dolencias cutáneas como la psoriasis se agravan significativamente cuando el paciente sufre periodos de estrés o ansiedad, algo que también se da con los eczemas o la dermatitis. También la depresión o emociones no expresadas como la ira o la rabia pueden afectar a la salud de nuestra piel. Incluso el acné, cuyas causas son principalmente hormonales, puede verse agravado cuando atravesamos un mal momento.

Para mantener la salud de nuestra piel no basta así con cuidarla y cuidar nuestra alimentación y nuestro estilo de vida. Mantener una actitud vital positiva, aprender a reducir la ansiedad, para lo cual puede ser que necesitemos la ayuda de un psicólogo, y a dar salida al exceso estrés son otras tantas maneras de mejorar la salud de nuestra piel. También estar a la escucha de nuestras emociones, reconociéndolas en vez de negarlas, y aprendiendo a gestionarlas, mejora nuestro bienestar e incide directamente en el aspecto de nuestra piel.