A más de 10.000 kilómetros en línea recta desde España se erige Japón. Con sus tradiciones y su particular mirada sobre el mundo. Mientras que en Occidente el ritmo de vida continúa acelerándose, desde Oriente, la mirada hacia la serenidad, la simplicidad o la meditación son el eje central de una cultura basada en el budismo y el zen. Son numerosas las referencias que nos llegan del país nipón. Empezando por el monte Fuji, sus cerezos en flor y esa obsesión, casi ancestral, que implica para los japoneses vivir en el presente, la sabiduría del ahora, restando importancia al pasado y al futuro. De hecho, aunque hay muchas formas de alcanzar la felicidad y cada ser humano la define a su manera, no podemos perder de vista los métodos elegidos por los japoneses para lograr la paz interior.

Para ello, recorremos de la mano de la periodista Junko Takahashi “El camino japonés de la felicidad”. En este último libro, la escritora nos sumerge en el universo japonés y en los secretos para llegar a la plenitud, la armonía y la felicidad. Suena fácil, pero desde luego requiere práctica y mucha paciencia. Lo primero que debemos conocer es la importancia del dō, que en japonés significa «camino». Cuando unimos el dō a otras palabras, simboliza diferentes artes, disciplinas y deportes. Además, también refleja las maneras de vivir, sentir y actuar de los japoneses.

Bajo la fuerte influencia del zen, los japoneses encontraron la belleza en la imperfección y la simplicidad

El camino japonés de la felicidad

Mientras que en Occidente muchas de nuestras artes se basan en su capacidad estética o utilitaria y, en ellas suele existir un fin, para los japoneses lo importante es el camino. Ese que recorremos en una materia que se debe aprender hasta llegar a un nivel más alto. Como todo proceso, el aprendizaje nunca termina, así que estas artes no sirven solo para aprender su técnica, sino también para desarrollar la personalidad del que las practica.

Por ejemplo, cuando una persona se involucra en disciplinas como el kadō –el arte tradicional del arreglo florar, más conocido como ikebana – no solo consigue resultados estéticos, sino que los beneficios que le reporta esta práctica son también psicológicos. De hecho, últimamente el ikebana está llamando la atención como tratamiento psicológico, siendo efectivo no solo para los ancianos con demencia, sino también para los familiares que los cuidan porque mitiga su estrés, y para niños, porque aumenta su autoestima ya que las flores les transmiten seguridad, esperanza y cariño.

En muchos casos, solo observar el color vivaz de las flores ya nos puede reportar calma. Para la autora, entrar en contacto con el mundo vegetal a través del ikebana también tiene una función de meditación:

“Durante la hora y media que estuve arreglando las flores, no pensé nada. Mi mente estaba completamente vacía”.

Además del arte floral, existen otras disciplinas en las que el aprendizaje está en el camino como el fascinante mundo del kōdō, el camino del incienso. Aquí lo importante es la fragancia, el saber distinguir. El kōdō es un auténtico arte que consiste en refinar la capacidad del que lo practica para apreciar la fragancia de diferentes maderas.

La imagen del incienso cubriendo una sala ha llegado también a nuestras culturas. Y es que, como las buenas fragancias, esta terapia aromática resulta muy efectiva para conseguir tranquilidad y concentración. De hecho, estas son algunas de las virtudes del incienso que ya describió en el siglo XI el poeta chino Huan Tingjian: agudiza los sentidos, purifica el cuerpo, elimina la impureza, quita el sueño, alivia la soledad y tranquiliza en los momentos de estrés.

Por otro lado, está el kyūdō o el camino del arco. Esta práctica que podría parecer tan simple como lanzar una flecha, se describe para los japoneses como el zen de pie. Los practicantes ejercitan el cuerpo y el espíritu a través de los gestos que realizan y que, finalmente, culminan en el disparo de la flecha. Un deporte que va más allá del resultado y en el que los valores vuelven a estar en el centro. Sus tres objetivos son el shin (la verdad), el zen (el bien) y el bi (la belleza).

Escribir, escribir y escribir. A veces lo hacemos sin prestar atención, mucho más en teclado que en libreta. Sin embargo, para los japoneses, el camino de la caligrafía o shodō es otra de las disciplinas que ayudan a alcanzar la plenitud y paz interior si somos capaces de adaptarnos a su delicado proceso. El shodō no consiste solo en escribir bien las letras, sino que se trata de un arte compuesto en el que a estas se suman también las líneas, los espacios y el matiz. En él, en cada letra, se observan también las preocupaciones del que escribe. Un arte que requiere de mucha concentración para no equivocarse cuando se escriben cientos de letras.

“El sho es la persona”, afirma un dicho popular, pues la letra que se escribe o una obra caligráfica muestra a la persona misma.

Y si hay un arte tradicional japonés que destaca por ser el más conocido en todo el mundo, es el caso del sadō. La ceremonia del té que en muchos casos ha inundado nuestras pantallas acercándonos al universo nipón y a su particular manera de servir el té. Con ella viajan muchas otras consideraciones que Junko Takahashi desvela en su libro. De hecho, la ceremonia del té transcurre casi en completo silencio para agudizar los demás sentidos. Lo importante es ser capaces de apreciar ese ichigo-ichie, ese momento único en la vida, que nunca volverá a repetirse exactamente igual.

Takahashi confiesa en su texto que, desde que aprendió estas artes, lleva “una vida más lenta y sencilla”. Y todo empieza con el cuidado y la importancia del camino, del saber hacer, de la espera y de la escucha hacia el mundo de los sentidos. Solo así se hará realidad el proverbio zen Nichi nichi kore kojitsu, que en castellano significa “Cada día es un buen día”.

Kadō, el arte tradicional del arreglo florar
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Kadō, el arte tradicional del arreglo florar

Kōdō, el camino del incienso
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Kōdō, el camino del incienso

El kyūdō, el camino del arco
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El kyūdō, el camino del arco

El sadō, la ceremonia del té
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El sadō, la ceremonia del té