Después de publicar 'No soy yo' y otros títulos especializados, la psiquiatra y terapeuta Anabel Gonzalez presenta ahora su nuevo libro. 'Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor' es un texto orientado a aquellas personas que quieran dar un primer paso para entenderse. De hecho, cualquier persona puede sentirse identificada en estas páginas en las que encontrará claves para comprender el mundo de las emociones y cómo funciona nuestro cerebro y nuestro organismo. Escuchar y aprender son la base, sin autoexigirse, dándonos tiempo para sentir tanto las emociones positivas como las negativas. Nada de colocarse más tareas mentales de las necesarias. Se trata de facilitarnos el camino emocional en esos días en el que las cosas no salen como esperábamos.

 

Porque todos tenemos “un mal día”, pero ¿cómo deberíamos afrontarlo?

Lo mejor posible. Y muchas veces, sin darnos cuenta, lo manejamos de la peor manera. Por ejemplo, tenemos un problema que afrontar, y nos ponemos a recordar todas las situaciones que tenemos que resolver (como si no nos llegara con el primer problema), o incluso todas las que podríamos llegar a tener. Así multiplicamos por mil la situación y el efecto que nos produce. Podemos desbordarnos con esto, y empezar el día con un estado emocional que nos hace llevar peor todo lo que viene. Lo que podría haber sido simplemente un problema en el que pensar o un mal momento, se convierte en un mal día o incluso en el principio de una mala racha.

Dentro de nosotros tenemos el poder de modular las cosas que nos ocurren. Es como si tuviésemos una caja de resonancia que pudiese amplificar el efecto de lo que pasa, pero también tenemos la posibilidad de atenuarlo. Dependiendo de lo que hagamos con los “mandos mentales” y de cómo funcionemos, podemos influir mucho en nuestras emociones, para bien y para mal.

Portada de 'Lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor', Anabel Gonzalez

El libro, además de ofrecer claves para una buena gestión de nuestras emociones, sobre todo nos habla de cuestiones como “la reconciliación con nuestras emociones”. Porque, sin una escucha consciente, ¿hacia dónde vamos? ¿Cuáles son las consecuencias de reprimir las emociones?

Las emociones son nuestras aliadas, no son el enemigo. Son las que nos dicen lo que significan las cosas, si son peligrosas (nos lo dice el miedo), si algo es molesto (nos lo dice la rabia), si algo que hemos perdido era importante (nos lo dice la tristeza), y así con todas y cada una de ellas. Sobre todo, las emociones negativas nos avisan de cosas que pueden ser poco convenientes para nosotros y con las que hemos de hacer algo. Si nos peleamos contra lo que sentimos nos peleamos con nosotros mismos, y gane quien gane, los que salimos perdiendo somos nosotros. Además, si no escuchamos a nuestras emociones no tomaremos buenas decisiones, ni sabremos relacionarnos bien con la gente.

 

De hecho, al no tolerar el dolor emocional “podemos enfadarnos con los demás o con el mundo en general”, comentas en el texto. ¿Cómo gestionamos ese tipo de violencias que en ocasiones pueden también herirnos a nosotros mismos?

Si yo estoy enfadado es importante seguir siendo capaces de pensar a pesar del cabreo, y decidir qué decir y cómo decirlo, o al menos irnos a dar una vuelta hasta que se nos pase para poder reaccionar mejor ante la situación. Pero a veces debajo de esa rabia lo que hay es dolor emocional. No queremos asumir que esa situación dolorosa nos haya pasado a nosotros, y nos enfadamos como peleándonos con lo que la ha generado. El problema es que hay dolores que ya han ocurrido o dolores inevitables que a veces la vida trae consigo. Si peleamos con la realidad, sobre todo con cosas que no podemos cambiar, la realidad siempre gana. En cambio, si aceptamos las cosas como son, ya nos ponemos directamente a pensar “qué hago con esto”.

 

"No podemos solucionar un problema que no aceptamos que tenemos. No podemos cambiar una emoción que no aceptamos que sentimos".

 

Reconocer esos sentimientos, dejarlos hablar y escucharlos de manera atenta implica, además de consciencia, cierta práctica y compromiso. Pero, en medio de una sociedad del consumo y del espectáculo, ¿es complicado parar y escuchar lo que realmente quieren decirnos nuestras emociones?

Yo creo que todos sabemos que esto es importante. Mucha gente se apunta a talleres, hace meditación, yoga… Intentamos encontrar caminos para poder parar el ritmo en el que vivimos y mirarnos para dentro. Sin embargo, yo creo que lo importante es hacer esto de modo cotidiano, en el día a día. Buscar momentos, en esa parada que hacemos para tomarnos un café, en cinco minutos que interrumpimos nuestra actividad para descansar, momentos de observar cómo nos sentimos, qué notamos en el cuerpo, qué efecto emocional nos ha ido produciendo lo que ha ido ocurriendo en el día. Esta práctica y compromiso no consiste en hacer más esfuerzo, introducir más actividades y generarnos más estrés. A veces es simplemente estar un poquito pendientes de nuestro mundo emocional.

 

De hecho, en muchas ocasiones, apresurados por el ritmo de vida acelerado y la inmediatez, buscamos respuestas rápidas y precisas a nuestros problemas. Sin embargo, este proceso de introspección y escucha, ¿es más bien un método que requiere tiempo y técnicas diarias?

El mayor problema es que cuando buscamos una solución inmediata para una emoción, el sistema que empleamos puede ser “pan para hoy y hambre para mañana”. Los sistemas que funcionan a corto plazo pueden ser contraproducentes a medio plazo. Por ejemplo, si evitamos una emoción o un problema y lo apartamos de nuestra mente diciéndonos “no quiero sentir esto, no quiero pensar en esto”, en el momento sentimos mucho alivio. Nos decimos “ya lo haré mañana” y parece que el problema se ha ido de nuestra mente. Pero las emociones y los problemas que no solucionamos y afrontamos van creciendo y complicándose, y además cuando inevitablemente tengamos que asumirlos, estaremos más nerviosos e inseguros. La evitación ayuda de forma inmediata, pero a medio plazo es un mecanismo de regular las emociones muy perjudicial. Como éste, hay otros sistemas que usamos como suprimir emociones o controlarlas, o dar vueltas en círculos alrededor de lo que sentimos, que a la larga nos darán problemas, y podemos no ser demasiado conscientes de ello.

 

‘En lo bueno de tener un mal día. Cómo cuidar de nuestras emociones para estar mejor’ apunta que es “importante prestar atención al cuerpo y a nuestros pensamientos. Sin ese equilibrio entre cuerpo-mente, ¿qué ocurre?

Las emociones las sentimos con el cuerpo y nuestra cabeza ha de ayudarnos con ellas. Hemos de notarlas y ser capaces de pensar de un modo productivo mientras las estamos sintiendo.

Si no notamos las señales del cuerpo, o solo nos preocupamos de ellas cuando nos sentimos mal, muchas sensaciones que nos genera la vida nos pasarán desapercibidas. Esas emociones no dejan de estar, sino que van acumulándose en nuestro interior, porque nunca nos paramos a notarlas, dejarlas salir, procesarlas y hacer algo productivo con ellas. Más adelante acabarán saliendo y muchas veces es nuestro cuerpo el que se enferma y nos da una señal de que algo no va bien.

Si nuestros pensamientos no van orientados a ayudarnos con nuestras emociones, sino que nos culpamos por sentirlas, nos ponemos a pensar en más cosas agobiantes, o nos avergonzamos de sentir o expresar una emoción - aunque sí las notemos- las emociones pueden empeorar en vez de mejorar.

 

"Una buena relación entre lo que notamos en el cuerpo y lo que nos decimos sobre ello es lo que nos dará equilibrio emocional, una buena gestión de los malos momento y una mayor capacidad para entender a los demás y para relacionarnos".

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), los trastornos mentales están presentes en el 20% de los niños y adolescentes de todo el mundo y suponen la principal causa de discapacidad en la población joven. Lo que lleva a preguntarnos, ¿qué modelo de educación emocional están recibiendo los más jóvenes?

El que en cada familia se maneja. Podemos decir que cada familia tiene un lenguaje emocional, que es el que transmite a sus hijos. Si que hay algunas tendencias generales, algunas buenas: hablamos más con nuestros hijos de emociones. Otras no tanto: nos empeñamos más en que sean felices que en que aprendan a tolerar los malos momentos y los sinsabores. Cuando un hijo tiene un mal día, acompañarle, que pueda hablarlo con nosotros, que no tenga que merendarse solo sus emociones, es la mejor lección de regulación emocional que podemos darles. Frases como “venga, no llores, no pasa nada” son contraproducentes, porque pasamos por encima del malestar. Lo mejor para la tristeza es un abrazo. También es importante que les ayudemos a manejar emociones como la frustración, el esfuerzo y el aburrimiento. No necesitamos apartarles de ellas, esas emociones son muy necesarias.

 

Y ese contacto continuo con el mundo de las imágenes, las redes sociales, las comparaciones, la exigencia, la competitividad… ¿de qué manera afecta en su salud mental?

El contacto muy temprano con imágenes o interacciones como las que se producen en las redes sociales es muy destructivo para la mente de los niños. Creo que nos estamos equivocando en esto como sociedad.

 

"Las redes sociales son como el salvaje oeste, y estamos dejando a nuestros hijos expuestos al peligro y al daño, cuando son demasiado pequeños para identificarlo y para manejarlo".

 

Luego no les dejamos ir solos a la vuelta de la esquina. Es una paradoja. Creo que esto no es “darles libertad” ni “confiar en ellos”, sino desprotección. Nos escudamos unos en otros “lo hacen todos, ¿cómo le voy a decir que no?”, pero alguien tiene que empezar a hacer el cambio. No quiero añadir más quebraderos de cabeza a los padres. Como madre sé que el bombardeo constante de ideas sobre lo que tenemos que hacer con nuestros hijos es lo que genera ese desconcierto. Hay tanta gente dando lecciones que sentimos que lo hacemos todo mal. Hacemos muchas cosas muy bien, pero creo que en el tema de los niños y las redes sociales es algo en que como sociedad hemos de reflexionar.