Acaba de publicar uno de los libros que más ha sacudido nuestra conciencia ambiental. Miguel Ángel Ortega, fundador de la ONG Reforesta y activista y ecologista de larga trayectoria, es el autor de “¿Sosteni… qué? Sostenibilidad (o el reto de transformar la mente humana)”, una obra antológica que analiza las causas que pueden llevarnos a convertirnos en una especie fallida y que resulta de obligada lectura para absolutamente todo el mundo.

Aprovechamos el lanzamiento del libro para charlar con Miguel Ángel sobre el estado actual de nuestro planeta y de nuestra especie, sobre el impacto del COVID-19 y sobre los grandes retos económicos y sociales que se nos plantean con la llamada transición ecológica.

 

¿La mejor vacuna contra el coronavirus era la naturaleza?

Era y sigue siendo. Recientes estudios han detectado muchos coronavirus en murciélagos, y seguro que hay otros muchos patógenos desconocidos también en otras especies, que podrían saltar al ser humano si seguimos destruyendo los ecosistemas. La naturaleza es nuestro cinturón de seguridad frente a ellos. La depredación de los individuos enfermos, la adaptación del sistema inmunológico y el efecto cortafuegos que hacen las especies a las que no les afectan hacen que en los ecosistemas biodiversos los patógenos no pueden prosperar del modo en que COVID 19 lo está haciendo entre los humanos.

 

La naturaleza es nuestro cinturón de seguridad frente a los virus

 

Durante el confinamiento, a pesar de que el parón general de la actividad ha supuesto un gran alivio temporal para la biodiversidad, que ha empezado a recuperar un poco de terreno, también se han disparado de nuevo el uso de plásticos de un solo uso o de compras a multinacionales por internet. ¿Qué no estamos entendiendo?

Que el planeta tiene límites. Nuestros antepasados se desenvolvieron en la escasez generalizada hasta que la Revolución Industrial comenzó a ampliar la disponibilidad de recursos. La aceleración del progreso técnico vino acompañada de la idea de que es legítimo dominar a la Naturaleza, a la que hemos considerado un simple objeto que podemos manipular a nuestro antojo. Cada vez más seres humanos fueron pasando de la escasez a la abundancia y creyeron en la promesa de un progreso ilimitado que permitiría satisfacer no ya las necesidades, sino los caprichos. Y aún no hemos aprendido a administrar la abundancia. Se ha instalado una forma de llenar nuestro ser por medio del consumo y de la posición social, alejándonos de la naturaleza de la que formamos parte y de nuestra propia naturaleza íntima. Nuestra cosmovisión no se ajusta a los principios del funcionamiento de la Vida.  

 

¿Eres optimista con la sociedad post-COVID? ¿Crees que vamos a darle prioridad, de una vez por todas, a la sostenibilidad, desde nuestras casas y como consumidores, pero también desde las instituciones, las empresas y los gobiernos?

No me cabe la menor duda de que en muchas personas la pandemia va a potenciar el proceso de reflexión y la convicción de que debemos dar un giro de 180 grados. Pero también estamos viendo cómo algunos gobiernos nacionales y regionales están rebajando la normativa de protección ambiental, muchas mascarillas y guantes tiradas en calles y espacios naturales y una avalancha de compras por internet. Esta diversidad de actitudes responde a la escala de valores en la que cada uno nos movemos. Primar los intereses económicos, la comodidad y el beneficio personal sin importar el bien común es el modo natural de ser y estar de muchos seres humanos, ya que conciben el mundo en esos términos. Nuestras actitudes están condicionadas por el entorno en el que nos hemos criado, por nuestras experiencias, la educación que hemos recibido e incluso por nuestra genética. Una parte de ese condicionamiento opera a nivel subconsciente y subyace a las decisiones incluso de personas de elevada formación y posición social. El libre albedrío se acrecienta precisamente en la medida en que la consciencia gana terreno al subconsciente. En este sentido, la Historia y diversos modelos sobre la psique humana muestran que, afortunadamente, la humanidad es cada vez más consciente. Pero todavía nos queda mucho camino por recorrer. Las crisis son la mejor oportunidad para aprender y evolucionar. Pero también lo son para involucionar. La enorme crisis actual en la que vivimos, que no la marca solo la COVID, va a inducir tanto decisiones y cambios correctos como negativos. El resultado final dependerá de cuál de estas tendencias sume más, y ahí la aportación de cada persona es decisiva.

 

Aún no hemos aprendido a administrar la abundancia

 

Según tu criterio, ¿qué cosas deberíamos cambiar con más urgencia?

La fundamental es dejar de sacralizar la competencia y apostar por la colaboración. Tenemos incrustada en el cerebro la idea de que la competencia es el estado natural, y de ahí que el capitalismo desregulado, yo incluso diría que salvaje, haya avanzado tanto. Y sí, la competencia es una fuerza fundamental de la evolución biológica, pero la colaboración también lo es, especialmente en las especies más evolucionadas. Competir y colaborar son sólo respuestas adaptativas por lo que, igual que el entorno competitivo incrementa la habilidad para competir, el entorno colaborativo aumenta la de colaborar. Debemos entender que navegamos todos en el mismo barco y que, si se hunde, no hay ningún otro que pueda venir a salvarnos. No hay conciencia ambiental sin conciencia de especie.

Por concretar un poco más, propongo en mi libro tres estrategias en las que debemos adentrarnos. Desarrollarlas cambiará nuestra forma de entender la vida y desbloqueará las barreras mentales que nos impiden adoptar los cambios que necesitamos:

  • El autoconocimiento y el conocimiento de la psique humana a través de la introspección, la educación emocional y la formación en gestión de conflictos nos prepararán para tener en cuenta no solo las necesidades propias, sino también las de los demás.
  • El contacto íntimo con la naturaleza. Debemos acabar ya con la alienación respecto a nuestra fuente, que es la Madre Naturaleza. Por contacto íntimo entiendo la experimentación del mundo natural mediante la observación de sus ciclos y relaciones de interdependencia y, por supuesto, la inmersión en él a través de nuestros sentidos, captando sus olores, colores, texturas, sabores, sonidos y, también y muy importante, su silencio. Este contacto íntimo y no invasivo no tiene nada que ver con lo que hacen quienes usan la naturaleza como escenario para sus actividades que, además, a menudo, la dañan. Usar la naturaleza no es lo mismo que sentirla, entenderla y quererla.
  • La popularización de la ciencia, especialmente de sus áreas más relacionadas con la psique humana y con los constituyentes de la realidad de la que formamos parte.

 

La etiqueta “sostenible” está empezando a ser usada por la gran mayoría de empresas, también las más contaminantes del planeta. ¿Cómo podemos combatir el green whashing?

Informándonos para saber cuándo un producto no es sostenible. Si consume mucha energía o mucha agua, si está sobre envasado, si es de usar y tirar, si viene de muy lejos, si en su composición tiene muchos ingredientes químicos o dudosos (como la palma y la soja, que a menudo se obtienen a costa de los bosques), si es un vegetal producido en condiciones forzadas, como el caso de los obtenidos fuera de su temporada natural en invernadero, o una carne procedente de cría intensiva, a priori, no es sostenible, por mucho prefijo “eco” o “bio” que le pongan. Y recordemos que nuestra prioridad debe ser reducir el consumo superfluo. La reutilización y el reciclaje también ayudan indirectamente a reducir.

 

Lo fundamental es dejar de sacralizar la competencia y apostar por la colaboración

 

¿Hay suficientes recursos en el mundo para toda la población? ¿O el problema no son los recursos, sino su mala distribución?

A la tasa actual de consumo no hay suficientes recursos, porque extraemos más de los que la Tierra es capaz de reponer. Según la ONG WWF, la Huella Ecológica (que mide nuestra demanda de recursos naturales) indica que consumimos tanto como si tuviéramos 1,6 Tierras a nuestra disposición. De hecho, si mantenemos este nivel de consumo de recursos naturales, en 2050 necesitaremos el equivalente a 2,5 planetas para abastecernos. Es como si sacáramos del banco más dinero del que ingresamos. La ONU advierte de que, de seguir actuando como hasta ahora, la demanda de materiales crecerá un 110 por ciento entre 2015 y 2060. Tras esta realidad se esconde una desigual distribución. Aunque quisiéramos disminuir la población con políticas restrictivas de natalidad, los efectos serían lentos y se obtendrían a largo plazo. No nos queda más remedio que consumir menos recursos, a pesar de que las previsiones apuntan a que en 2050 seremos 2.000 millones de personas más. La pregunta que debemos hacernos es quién debe disminuir más su consumo: ¿quién más tiene o quien está a un nivel de subsistencia? Éste es el quid de la cuestión y, aunque la respuesta es obvia, hay muchas resistencias a admitirla.

 

¿Por qué crees que activistas medioambientales como Greta Thunberg generan, a la vez, tanto amor y tanto odio?

Amor porque son la voz de muchas personas que desde hace mucho tiempo estaban viendo venir lo que finalmente se está avecinando. Y odio porque son un Pepito Grillo que transmiten el incómodo mensaje de que no estamos haciendo las cosas bien. Además, chocan con el viejo prejuicio aún presente en las cabezas de muchos de que la protección del medio ambiente es cosa de “rojos”. Y no es así. Se trata simplemente de hacer un diagnóstico correcto del problema y de las soluciones apropiadas. Lo que ocurre es que las soluciones se resumen en dos. Una es dejar de agredir a la Tierra; para ello, además de reducir la producción, hemos de adoptar y hacer cumplir más normas, no solo ambientales, sino también sociales, puesto que la pobreza es un vector de degradación de la naturaleza. La otra es ayudarla a recuperarse del daño que ya hemos hecho, para lo cual hemos de restaurar millones de hectáreas de ecosistemas degradados. Para ambas cosas se necesita dinero, pero los Estados tienen sus arcas exhaustas. De algún sitio deberá salir ese dinero, y tiene cierta lógica que lo aporten, fundamentalmente, quienes más se han beneficiado de las acciones que han producido este deterioro. Aquí topamos con el reto de la redistribución de la riqueza, que activa esos prejuicios y resulta molesto para ciertas personas.

 

Nuestra prioridad debe ser reducir el consumo superfluo

 

En vistas del colapso ambiental al que parece que nos estamos enfrentando en este siglo, ¿hay margen para ser optimista y pensar que todavía estamos a tiempo de salvar el planeta y todas las especies que vivimos en él?

Disculpa que haga una precisión: no es salvar el planeta, es salvarnos nosotros. La Tierra no está en peligro. Le quedan miles de millones de años de vida. Suficientes para restaurar todo el daño que los humanos le estamos haciendo. Quienes estamos en peligro somos las especies actuales, entre ellas la nuestra. La Tierra actúa como un organismo vivo. Tiene sus mecanismos de autorregulación, igual que los tenemos los seres vivos, eso que llamamos homeostasis. Podríamos decir que está comenzando a activar su sistema inmunológico ante la agresión que está sufriendo. Ella va a vencer. Le hemos declarado una guerra que no podemos ganar. Digo esto porque debemos cambiar el lenguaje, puesto que nuestra forma de expresarnos ayuda a consolidar ideas, y hay muchas personas que aún no entienden que son ellas y sus seres queridos quienes pueden sufrir las consecuencias del deterioro ambiental, no ese planeta al que se refieren en tercera persona como sin darse cuenta de que sin él no podemos vivir, igual que un pez no puede vivir fuera del agua.

Dicho esto, no creo que nuestra especie vaya a desaparecer. A lo largo de este siglo nos veremos en dificultades nunca antes vividas porque vamos a cosechar lo que hemos sembrado en décadas e incluso siglos anteriores, y esa cosecha no va a ser buena. Pero si escogemos el camino de la colaboración, primando el bien común, no me cabe la menor duda de que superaremos esta crisis de civilización y que nosotros y nuestros descendientes tendremos una vida menos conflictiva y más plena.

 

La Tierra no está en peligro. Los seres humanos, sí.

 

¿La solución a la emergencia ecológica es una sociedad más colectivista y menos individualista?

Es una sociedad orientada al bien común, capaz de crear personas empáticas con los demás seres humanos y con el planeta, que presten atención a los impactos sociales y ambientales y no caigan en el consumismo, que le den más valor al ser que al tener y que no hagan depender su felicidad de su capacidad de consumo. Que no tengan complejos y les dé igual lo que tengan o hagan los demás. Que sean capaces de autoimponerse límites o, al menos, de aceptarlos cuando sea necesario para proteger el medio ambiente y los derechos de los demás. Que tengan un espíritu crítico y constructivo e intenten entender nuestro complejo mundo desde un enfoque holístico, siendo conscientes de que su ser deja huella y buscando activamente ser parte de la solución para no ser parte del problema.