Recuerdo bien el día que Ana, una enérgica y entusiasta mujer de treinta y tantos, vino por primera vez a mi consulta. La invité a sentarse y antes de que pudiera preguntarle apenas sus datos, rompió a llorar y, como pudo, me explicó que estaba muy agobiada y saturada de quehaceres, que entre sus muchas horas de trabajo y la dedicación a las necesidades de los numerosos miembros de su familia, amigos y conocidos, creía haber colapsado y no conseguía “centrarse ya en nada”.

Algunas preguntas bastaron para comprobar que se trataba de una mujer incapaz de decir no a las múltiples peticiones y favores que le demandaban constantemente, no fuera que sus colegas, amigos y allegados se enfadaran con ella o les sentara mal su negativa.

Ayudar, servir y cuidar las necesidades de todos cuantos nos rodean es noble y digno de alabanza. Pero convertir eso en la voluntad de complacer constante y sistemáticamente al mundo es muy diferente. Querer aparentar una imagen que no nos representa aleja el horizonte de la honestidad y la transparencia inherente a la consecución del bienestar y la satisfacción vital. Y, sin embargo, pese a tener tan clara máxima en mente, transgredimos día y noche nuestros propios límites en estos menesteres. Y el quebrantamiento lo tenemos en todas sus versiones. A saber, tenemos padres hipercomplacientes, compañeros o colegas hipercomplacientes, políticos hipercomplacientes o parejas hipercomplacientes.

¿Qué son las infinitas fotografías y comentarios que se cuelgan en las redes sociales sino el anhelo de elaborar una figuración de aquello que no siempre es real?

Y no queda ahí. El atropello existe en su versión tradicional pero también en la más moderna. ¿Qué son las infinitas fotografías y comentarios que se cuelgan en las redes sociales sino el anhelo de elaborar una figuración de aquello que no siempre es real pero que tratamos de hacer pasar por una auténtica identidad?

 

El problema de hacer lo que crees que los otros esperan de tí

Hace algún tiempo un hombre cuarentón, bien parecido y posicionado, me consultó sobre las dificultades que tenía de encontrar pareja. Me explicó que había salido con muchas mujeres estupendas y deseables en las que perdía todo interés después de cinco o seis citas. Creía tener un problema. Al indagar me reconoció, no sin dificultad, que al poco de empezar a salir con ellas tenía la sensación de estar utilizándolas como meros objetos, y era tal el remordimiento que sentía que la única salida era dar por finalizada la relación. Me habló de que su mayor anhelo era dar con una compañera que se convirtiera en su confidente, su cómplice, su amiga y con quien pudiera encontrar la estabilidad y formar una familia. Una sincera aspiración de amar y ser amado. Y, sin embargo, no alcanzaba a “entender lo que le ocurría pero que, sin duda, tenía un problema”. Al interrogarle sobre la razón de sus remordimientos, me dijo que, por lo general, entre la segunda o tercera cita tenía sexo con ellas y eso le hacía sentir que no obraba bien puesto que en el fondo ni era lo que buscaba ni era lo que deseaba por muy atractivas que fueran las mujeres con las que se citaba. “Y ¿por qué lo haces si no es lo que quieres?” le pregunté con toda la intención. A lo que, tras unos segundos de silencio me respondió cabizbajo: “¿Qué pensaría de mí una mujer, si un hombre como yo no la deseara y quisiera tener sexo con ella ya desde el inicio?”

Es preferible ser uno mismo, a riesgo de no gustarle a otro, que sufrir el estrés y la incoherencia de pretender ser alguien que uno no es

Pretender estar siempre a la altura de las expectativas ajenas, no importa las incongruencias que supongan con respecto de nuestros deseos, no es más que una manipulación, a menudo involuntaria e inconsciente, de la percepción que los demás tienen de nosotros. Es preferible ser uno mismo, a riesgo de no gustarle a otro, que sufrir el estrés y la incoherencia de pretender ser alguien que uno no es. En palabras del filósofo y maestro espiritual Confucio, el hombre sabio busca lo que desea en su interior; el que no lo es, lo busca en los demás.

Una de las claves que he comprobado, en todos estos años de profesión, que es determinante para consolidar nuestras relaciones personales es el grado de adiestramiento que tengamos en establecer límites y ejercer la asertividad. Esto es, ser capaces de fijar condiciones claras exponiendo a qué estamos dispuestos y adónde no queremos llegar. De este modo, nos protegemos a nosotros mismos sin saltarnos los principios de integridad y autenticidad ni dañar nuestra identidad, pero al mismo tiempo resguardamos nuestras relaciones de perecer por la falta de límites cayendo en la complacencia sin fundamento ni voluntad.

Algunos comportamientos que te pueden ayudar a ver si rozas una excesiva complacencia son, por ejemplo:

  1. Cuando evitas en demasía los conflictos, incluso cuando la discrepancia es necesaria.
  2. Cuando tu agenda está llena de actividades y quehaceres que sólo otros quieren que hagas.
  3. Cuando tus opiniones están condicionadas por las de otros y tratas de estar siempre de acuerdo con ellos.
  4. Cuando no eres capaz de ser asertivo y decir no.
  5. Cuando te cuesta admitir que te han herido.
  6. Cuando te sientes responsable de los sentimientos de otros.

Una vez una maestra me contó que, tras haber pasado varias semanas trabajando las virtudes humanas, sus significados y la forma de practicarlos con sus alumnos, que contaban cinco y seis primaveras en su haber, les interpeló sobre cuál creían que era su mejor cualidad, la que más les describía. La respuesta de uno de sus alumnos fue: “la autenticidad”

vaya, ¡qué virtud más grande para un niño tan pequeño! Y ¿por qué crees que eres tan auténtico?

- Porque cuando los niños juegan al fútbol y a mí no me apetece, me voy a jugar con las niñas y no me importa lo que ellos piensen.

La integridad y la autenticidad son rasgos inherentes al ser humano. Es nuestra educación, nuestra trayectoria de vida y la conciencia que vayamos generando en su transcurso lo que nos permitirá adivinar los caminos que nos conducen a su práctica.

 

Dra. Rosa Rabbani. Psicóloga y terapeuta familiar