El llanto forma parte de las expresiones humanas más básicas. Lloramos al nacer y a lo largo de nuestra vida se convierte en una válvula de escape que nos permite dar rienda suelta a las emociones ligadas a la tristeza o la frustración. Sin embargo, socialmente, llorar, especialmente en el caso de los hombres, es a menudo visto como un signo de debilidad. Así, si niños y niñas lloran por igual, a medida que crecemos los chicos aprender a reprimir las lágrimas por miedo a que les hagan parecer vulnerables ante los demás. Y no solo los hombres, también las mujeres a menudo se sienten avergonzadas al llorar en público y muchas lo evitan a toda costa.

Pero evitar llorar no nos evita estar tristes, frustrados o sentirnos vulnerables. Significa sencillamente desconectar de esa emoción que no queremos sentir ni mostrar que sentimos. El problema es que esas emociones reprimidas se quedan en nuestro interior y a menudo se transforman en rabia o agresividad. Llorar, en cambio, nos permite aliviar la tensión, puesto que al hacerlo liberamos hormonas ligadas al bienestar que nos relajan. Así, las lagrimas serían una forma de relajar la tensión y recobrar la serenidad.

Por supuesto, no en todas las circunstancias es confortable llorar y en ocasiones retendremos nuestras lágrimas hasta el momento de estar solos o cerca de un ser querido. Pero lo importante es no reprimir esa emoción de tristeza, aceptarla y mirarla de frente para poder aliviarla.