Hay una pregunta que sobrevuela en las sociedades desde hace siglos. Ya en la Antigua Grecia Platón reflexionó sobre en lo que en término modernos entendemos como "belleza". Belleza asociada al cuerpo, los objetos, las experiencias. Actualmente todo lo atraviesa la estética. No hay objeto que escape de ese especie de estilización. Vivimos rodeados de objetos bellos, sin embargo, como ya hicieron los sofistas, Sócrates, Platón e incluso filósofos modernos como Hegel, nos seguimos preguntando, ¿qué es bello?  En su defecto, ¿qué no lo es?

Más allá de estas cuestiones, ¿existe la belleza objetiva? Si bien es cierto que lo primero en lo que solemos fijarnos es en la parte física de una persona, desde luego existen otras muchas cualidades. Eso es bien sabido, pero, ¿por qué continúa obsesionándonos la apariencia? Más aún en una sociedad marcada por los likes, la inmediatez y las relaciones que se forman a través de aplicaciones en las que lo primero que obtenemos es una imagen de la persona. 

De hecho, se ha hablado mucho sobre la simetría facial. Algunos biólogos de la evolución sí piensan que nos sentimos atraídos y atraídas por los rostros simétricos porque pueden ser indicadores de salud y, por lo tanto, de viabilidad reproductiva. Como explica el periodista James Hamblin en su libro 'Si nuestros cuerpos hablaran', estrictamente desde la perspectiva de la biología evolutiva, alguien con un prominente tumor en un ojo, por ejemplo, podría ser visto como una opción "mal adaptada" de pareja. De alguna manera, los instintos advierten de que esta persona podría no sobrevivir a todo el proceso de gestación y crianza de los niños o niñas, quizá ni siquiera a la concepción.

Sin embargo, esta es una hipótesis que ya queda lejana. Hoy en día, la mayoría de la gente sobrevive lo suficiente para reproducirse y cuidar no solo a sus hijos sino a sus nietos o incluso bisnietos. Lo que nos lleva a pensar que, junto a los grandes avances en medicina moderna, ya podemos ser menos calculadores sobre con quién estar. Ahora esas normas fijas de belleza ya no importan. Podemos sentir atracción por alguien que está fuera de lo que hasta ahora se consideraba el estándar de normalidad.

Existe una teoría desarrollada en 1922 por un sociólogo de la Universidad de Michigan que matiza todavía más el tema en cuestión. Su artífice, Horton Cooley, la llama "el yo espejo". La idea consiste en que nos entendemos a nosotros mismos no con respecto a una idea de lo que está bien o mal de nosotros, sino por cómo reaccionan ante nosotros los demás.

"Lo que nos lleva a sentir orgullo o vergüenza no es el simple reflejo mecánico de nosotros mismos, sino un sentimiento imputado, el efecto imaginado de ese reflejo en la mente de otro", escribió Cooley. Es cierto que es difícil creer que eres físicamente atractivo cuando el mundo te trata como si no lo fueras y viceversa. Sin embargo, aunque la percepción de los otros sin duda determina mucho nuestro comportamiento, hay un elemento todavía más potente: se trata de confiar en ti, en tu propio espejo, sin buscar la aprobación del resto. La percepción, como ya sabemos, termina por ser subjetiva.