Ni por romper un espejo, ni por caminar bajo un andamio, ni por cruzarse con un gato negro. No, la mala suerte solo existe para los que se dejan llevar por ella. La RAE define esta especie de fortuna como "la circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o a algo de lo que ocurre o sucede". Psicólogos como el británico Richard Weisman afirman que es la actitud la que nos conduce al éxito o al fracaso, y que el aprovechar las oportunidades que da la vida depende de uno mismo.

No se trata, por tanto, de buena o mala suerte, sino de personas que saben sacar provecho (o no) de cada ocasión. Alguien afortunado es constructivo y más abierto a seguir su intuición. Así, si achacamos un problema o una determinada situación o a un golpe de mala suerte, dejaremos de buscar la causa, se la atribuiremos a un elemento externo que no depende de nosotros y eso nos impedirá seguir avanzando. Es decir, si uno está predispuesto a que ocurra algo negativo, consciente o inconscientemente, hará cosas para que acabe pasando; perdiendo de vista las oportunidades que se le brinden.

Pero a esta idea se le puede dar la vuelta. Si confiamos en que las cosas saldrán bien, nuestra predisposición hará que estas sucedan más fácilmente; aunque hay que ser conscientes que no todo sale como uno espera, y que de los errores y los pasos en falso también se aprende. Para llamar a la buena suerte los expertos instan a maximizar las oportunidades. Todo es cuestión de probabilidad. Si alguien desea encontrar un trabajo y se queda en casa esperando, quizá tenga alguna opción; pero si activa su búsqueda las oportunidades se multiplican.

Ampliar las opciones, pero también aprender a escuchar a su intuición; dicen que ella no suele equivocarse.