Cuando pienso en cómo eran mis padres como padres, me vienen inmediatamente a la memoria dos expresiones, “los hijos vienen” y “los hijos salen”. Lo primero quería decir que los hijos vienen cuando quiere la cigüeña, que es una zancuda muy caprichosa; lo segundo, que el desarrollo de la personalidad de nuestros hijos no depende únicamente de nuestra buena voluntad. Sabían, además, que la Biblia comienza con una lección dirigida a los padres: Adán y Eva tuvieron dos hijos.

Crecieron sin malas compañías, sin tecnologías absorbentes, en plena naturaleza… y, sin embargo, no pudieron “salirles” más distintos… aunque no descarto que tuviera razón aquel niño que comentó en una clase de religión que “quizás, si hubieran tenido habitaciones separadas, no se hubiesen peleado tanto”.

Cuando pienso en qué aspiraciones tenían para mí, me vienen a la memoria expresiones como “ser un hombre de provecho”, que me “pudiera presentar en cualquier parte”, que cumpliera siempre con mi palabra, etc. Daban por supuesto que, pasase lo que pasase en mi vida, no me encontraría con ninguna situación tan mala que no se pudiese mejorar con un poco más de esfuerzo por mi parte.

Cuanto más pienso en mis padres, más sabios me parecen, en especial porque no sentían ninguna necesidad de garantizarnos la felicidad. Les parecía más sensato proporcionarme herramientas que me ayudaran a abrirme. Hoy muchos padres modernos lo que quieren es que sus hijos sean felices. Después de estudiar a fondo esta cuestión, he llegado a la conclusión de que podrían conseguirlo si estuvieran en sus manos estas cinco condiciones:

Primera: Tener el segundo hijo antes que el primero. Esto contribuiría mucho al relajamiento de la vida familiar.

Segunda: Lograr que sus hijos nazcan con más sentido común que energía y no al revés, que se empeñan en nacer con mucha más energía que sentido común para controlarla.

Tercera: Poder congelar el tiempo, para consultar con los expertos la respuesta adecuada a cada problema.

Cuarta: Conseguir que sus criaturas adquieran buenos hábitos sin tener que estar dándoles la tabarra.

Quinta: Ser capaz de programar los estados de ánimo familiares.

Así, por ejemplo, todos los miembros de la familia estarían predispuestos a comentar los percances del día a la hora de la cena; los niños se irían felices a la cama y se levantarían dando saltos de alegría por tener que ir al cole.

Defiende a los Simpson como modelo de familia “porque se aman siendo imperfectos y aman a sus hijos de forma incondicional”. Gregorio Luri tiene un consejo para los padres agobiados: “Sírvanse de la ironía y lean”.

Si tu familia es así, estás de enhorabuena; en caso contrario, quizás debieras pensar que, ya que no puedes tener una familia perfecta, es racional aspirar a la imperfección sensata. Una familia sensatamente imperfecta, que es la que sabe lidiar con sus neurosis cotidianas sin demasiados aspavientos, es un chollo psicológico, creedme.

Ninguna familia tiene las respuestas a todos los problemas, pero las sensatamente imperfectas saben que encarar los problemas con una cierta tranquilidad y confianza ayuda. Esto no garantiza nuestra felicidad, pero nos ayuda a compensar las infelicidades.

Contaban los romanos que el cónsul Servilio Gémino visitó un día al pintor Lucio Mallio y observando el contraste entre la belleza de las figuras que pintaba y la fealdad de sus hijos, le preguntó: “¿Cómo haces a tus hijos tan mal, pintando a los hombres tan bien?”. Mallio le respondió: “Porque hago a mis hijos a oscuras y pinto de día”. Ya entendéis lo que quiero decir.

 

Gregorio Luri

Es licenciado en Ciencias de la Educación y doctor en Filosofía. Ha trabajado como docente y ha publicado una quincena de libros. El último de ellos, Elogio de las familias sensatamente imperfectas (Ariel).