A nadie le gusta tener días malos, en los que las emociones negativas nos envuelven y nos hacen verlo todo negro. Sin embargo, son tan inevitables como necesarios, nuestra salud mental depende en gran parte de ellos, porque si ellos no existiesen nunca tendríamos días buenos que impulsaran nuestra motivación y nos llenaran de alegría.

Cualquier desarrollo saludable implica tristeza. En cualquier persona. Porque la tristeza y los malos momentos son los que nos empujan a meditar, a reflexionar sobre los problemas, sobre las barreras que no nos dejan avanzar. Y ese ejercicio nos ayuda a crecer desde el punto de vista intelectual. Nos empuja a buscar soluciones, a aprender de los errores para no volverlos a cometer.

Para ascender por el camino hacia el éxito resulta imprescindible vivir esas experiencias negativas. Y no debemos llamarlas ‘fracasos’, un término que posee una connotación nefasta, porque nos hace ver el vaso medio vacío y no nos permite sacar las conclusiones positivas.

Luchar contra la negatividad

¿Qué debemos hacer si nos atoramos en el círculo vicioso de la negatividad? Sentarnos a pensar, coger un papel y un bolígrafo e ir anotando todo aquello que nos genere frustración. Y, después, buscar las maneras de darle solución y probar. Utilizar el método científico de ensayo y error hasta que demos con la tecla adecuada.

Hemos de ser conscientes de que el entorno en el que nos movemos normalmente nos exige unas cuotas de perfección imposibles de obtener. Sobre todo si no hemos adquirido y ejercitado las habilidades necesarias para ello. Cualquier carencia suele saldarse con respuestas negativas, con juicios severos que nos dejan claro que el camino que hemos elegido no es el más adecuado. Y de ello debemos aprender, para que al día siguiente elijamos el correcto y podamos avanzar con mayor celeridad.

Nadie llega a ser experto sin haber metido antes la pata muchas veces. Para ello necesitamos no analizar desde lo negativo aquello que nos genere tristeza y frustración. Debemos trabajar el tesón, la paciencia y la perseverancia, que nos ayudarán a atravesar esas aguas difíciles con un mejor talante y serán determinantes para enriquecer nuestra sabiduría.

Del fracaso al éxito

La primera ruta que nos dirige a los posibles éxitos es el conocimiento. Cuanto antes sepamos de qué está hecho el fracaso, antes estaremos prevenidos para no quedar atrapados en él. Conocer la naturaleza del fuego nos proporciona una extraordinaria ventaja para no quemarnos. Eso sí, no conviene afrontar el día a día pensando en fracasar. Todo lo contrario, hay que trabajar con todo nuestro arrojo para lograr el éxito.

El error está en fustigarse si, cuando finaliza el día, no lo hemos conseguido. Debemos autoevaluarnos para saber lo que hemos hecho bien y lo que hemos hecho mal. Y dar con las posibles soluciones que nos ayudarán a corregir lo erróneo para alcanzar el éxito al día siguiente.