Si alguien me dijera: “Te amaré toda la vida”, antes de ponerme contento, preguntaría: “¿De que amor me hablas?”, y luego agregaría: “Si te refieres al amor romántico, al amor pasional de eros o a la emoción pura, pensaría que estás comprometiéndote con algo que no sabes si vas a poder cumplir, que me estás tomando el pelo o simplemente que tienes una idea distorsionada o sobrevalorada del amor: demasiado optimismo para mi gusto. Pero si a lo que aludes es al “amor en acto”, es decir, al amor trabajado, construido y ejecutado en el día a día (philia), podría llegar a creerte, porque el cumplimiento de la promesa dependería de ti, de tu voluntad y no de un sentimiento. Eros decae con los años (aunque no debe morir), philia se profundiza (si todo va bien). ¿Podrías entonces aclararme a qué amor te refieres?”.

Eres amigo en la medida que te comportas como tal, no basta con sentirlo.

Es probable que la persona interesada no vuelva a aparecer. Pretender ser amigo anónimo de alguien no deja de ser una estupidez: “Soy amigo de Adriana, pero Adriana no lo sabe”, o como dicen los niños a veces: “Ella es mi novia, pero no lo sabe”. El amigo se nota, hace bulla, se manifiesta porque esa es su esencia. Philia es afecto declarado, evidenciado en el vínculo y por tal razón su manifestación es comportamental, es la que verdaderamente define la amistad: eres amigo en la medida que te comportas como tal, no basta con sentirlo.

La amistad se aprende y “se hace” sobre la marcha. No solo “hacemos el amor” con la pareja, también “hacemos la amistad”, en términos afectivos. La experiencia de la amistad es tan reveladora en sí misma que no poseemos un lenguaje especial para explicar su conformación y afianzamiento. Si alguien nos dijera: “Ayer mi pareja y yo hicimos la amistad. Compartimos una buena película, cocinamos juntos, nos reímos, cantamos, leímos poesía y nos confesamos algunos sueños no realizados aún”, pensaríamos que no está bien de la cabeza o que es víctima de una curiosa forma de afasia.

Yo supongo que cuando dos personas coinciden en semejante declaración de amor, el universo entero tiembla (el amor recíproco siempre tiene algo de milagroso).

“Hacer la amistad”, de eso trata uno de los aspectos más importantes de la vida en pareja. Regocijo de saber que estamos con la persona amada, una algarabía del corazón moderada por la mente. Es la alegría. ¿Alegría de qué? De que la persona amada ronde por nuestra vida. “Amar es la alegría de que existas”, dice Sponville, inspirándose en Spinosa. Yo supongo que cuando dos personas coinciden en semejante declaración de amor, el universo entero tiembla (el amor recíproco siempre tiene algo de milagroso). Y si cada uno se alegra de que el otro exista, ¿habrá mejor suerte, mayor dicha?

Hagamos entonces la amistad con la pareja, construyamos lugares personalizados, momentos propicios para que la intimidad se reafirme en cada expresión de nuestro ser. Hacer el amor sin hacer la amistad, es tener sexo, que no está mal. Pero hacer las dos cosas, abrazar al amigo o la amiga amante, es llevar la pasión a una dimensión mayor, algo más que un orgasmo, así sea múltiple: el postcoito. Cuando las ganas se apagan y Eros duerme, nos queda el humor, la conversación y la mirada desnuda, despojaba de cualquier embellecedor. Los amigos que se encuentran después de la tempestad.