La rueda era una extensión de la capacidad de movilidad; el martillo, de la fuerza del brazo y la ropa, de la piel. La teoría que parió Marshall Mcluhan en la segunda mitad del siglo XX ha tenido un siglo después en los dispositivos móviles su máximo exponente. Estos aparatos son una extensión del consumidor en sí mismo.

En poco tiempo, las tabletas y los teléfonos móviles (inteligentes y no) se han convertido en un elemento imprescindible para el día a día de todos. Hacen las funciones de agenda, recopilación y memoria de datos, catalizador de las relaciones sociales, asistente personal, método de entretenimiento, etc. No es de extrañar entonces que la posibilidad que se barruntaba desde hace tres o cuatro años haya llegado a cristalizar. Hay 7.229 millones de móviles en uso en el mundo, una cifra superior al número de habitantes del planeta, que según los cálculos de la oficina de censos de los Estados Unidos se sitúa en 7.197 millones.

Decantar la balanza a su favor ha sido una tarea relativamente asequible atendiendo a la velocidad con la que todo ha sucedido. En 2002, el número de abonados móviles superó al de suscriptores de telefonía fija a nivel global. Quedaba claro entonces que su incursión en la vida de las personas estaba aún en ciernes. Los smartphones, las redes sociales, whatsapp como precursor de los chats gratuitos y la proliferación de apps hicieron el resto.

La consultora norteamericana GSMA Intelligence templa los ánimos y subraya que no todas las personas disponen de un dispositivo móvil, sino que más de la mitad de la población tiene más de uno.