Las comedias románticas y el machismo encubierto

Las películas románticas reproducen estereotipos y actitudes machistas que, sin saberlo, acabamos adoptando como correctas. Además, en este género audiovisual se repiten una serie de perfiles femeninos que repercuten negativamente en la imagen de la mujer en la sociedad.

Las comedias románticas y el machismo encubierto
Las comedias románticas y el machismo encubierto
Sònia Parladé

Sònia Parladé

Periodista

Tamara Tenenbaum, autora de ‘El fin del amor’, y Patricia Escalona, autora de ‘Juegos reunidos feministas’ y editora de ‘Memorias de una ex reina de baile’, son las dos ponentes de la mesa redonda sobre las comedias románticas bajo el marco de la iniciativa #VocesQueCuentan de Planeta de Libros, en esta ocasión moderada por la especialista en comunicación Elena Neira, autora de ‘Streaming Wars’.

Las comedias románticas siempre han jugado un papel referente en nuestras vidas, claramente de forma negativa. Si bien son cada vez más las películas que se alejan de los típicos personajes y estereotipos que históricamente las han protagonizado, todavía son muchas las que recogen ciertas actitudes machistas que, inconscientemente, acabamos aceptando como correctas y reproduciendo una y otra vez.

Estereotipos

Dos de los estereotipos que más han perjudicado a las mujeres en estas películas son el de la “crack” en el ámbito laboral que no tiene corazón ni sentimientos y el de la mujer desesperada por sentirse amada y que siempre se enamora de hombres que no le convienen.

La autora de ‘El fin del amor’ cuenta que ese primer personaje frío y centrado en el trabajo es “muy seductor” para los hombres: “por eso, después nosotras nos enganchamos a mostrarnos frías, algo que hace bastante daño porque te hace sentir que tienes que ser fría para ser deseable. Tienes que ser alguien que no necesita ni demanda nada. La enamorada, en cambio, es un lastre siempre”. Algo que comparte Patricia Escalona, que asegura que ese primer estereotipo es el que ha sido más dañino para las mujeres, y añade que “algo que también he escuchado mucho en películas es que somos malas con otras mujeres. Eso es claramente misoginia interiorizada”.

Hay otro estereotipo que podría decirse que empezó a representarse en ‘Sexo en Nueva York’, en este caso, plasmado en el personaje de Samantha: “una mujer segura de sí misma, sexualmente activa, con lo que llamaríamos la ‘moral sexual de un hombre’, pero que a su vez tiene problemas para comprometerse”, explica Escalona. Sin embargo, este personaje, al que asociaban una falta de capacidad de comprometerse, sí que tenía afecto en su vida: “su red afectiva y sus vínculos emocionales los encontraba en sus amigas”, asegura Tamara.

¿Por qué no podría ser un personaje como Samantha la protagonista de la serie? “Parece que la única mujer que era suficientemente creíble para que montaran una serie alrededor de ella era la que estaba buscando el amor”, añade la editora de ‘Memorias de una ex reina de baile’.

Nuevas representaciones del amor

¿Puede ser que estemos empezando a representar a la mujer y al amor de la manera que toca? La explicación que da Tamara Tenenbaum es que simplemente ahora “hay más variedad de todo. La cantidad de oferta audiovisual es infinita, entonces uno se topa con series o películas que siguen reflejando modelos tradicionales, pero también con otros productos que representan otras vidas que no tienen a la pareja en el centro. No murió lo viejo, pero ahora hay de todo”.

Patricia opina que ha nacido otra línea de productos audiovisuales en los que “se van dando pequeños casos positivos, incluso para el mainstream más tradicional. En las obras cinematográficas para adolescentes, no hay serie o película donde el consentimiento sexual no sea explícito. Esos pequeños gestos ya son un paso hacia adelante. Tenemos que dejar de pensar en la pareja como el principio o el fin o como lo más importante, y empezar a hacerlo viviendo a la pareja como una cosa más que te pasa. Eso, poco a poco, puede llevarnos a otro paradigma”.

El amor tras la adolescencia

Para Tamara, “a partir de una edad, una deja de obsesionarse con el amor de esta manera. El concepto que se tiene del amor a los 20 años va cambiando con la experiencia. La primera ruptura es un mundo, y en la quinta lo pasas mal, pero con el horizonte donde sabes que en un año no te acordarás. Esto te lo da la edad. Sin embargo, la adolescencia puede ser un momento muy difícil, sobre todo para las chicas”. También es algo generacional, y que por desgracia todavía ocurre: “a veces veo a mujeres que hablan de los hombres, todavía, con una reverencia muy grande. Te crían para que pienses en la mirada masculina”, añade la autora, que asegura que “la presión para ser bella sigue siendo muy intensa. No tanto como en otra época donde la misión de la mujer era conseguir un buen marido, pero sigue existiendo”.

Aun así, también se puede hablar de algo que cambia según el país y la cultura. “Lo ceremonial y espectacular que vemos en las películas a menudo no se parece nada a nuestra vida, pero lo que vemos en las películas en que el varón tiene que conquistar, te pasa a buscar en coche y se esfuerza para que te fijes en él, pasa realmente en lugares como Estados Unidos”, explica Tenenbaum.

La ‘conquista’ en la era digital

Patricia comparte que las cenas y citas planteadas como en las películas es algo muy estadounidense, pero “¿cuántas veces no hemos pedido, por ejemplo, que una amiga nos esconda el móvil para no llamar y agobiar al chico que nos gusta?”. Desde siempre y sobre todo con el uso de los móviles, “las mujeres nos hemos empapado de un subtexto cultural en que no podemos mostrar demasiado interés, sino que tenemos que esperar a que el chico sea el que dé el primer paso”.

Sin ser demasiado obvio, claro: “si un chico está demasiado disponible, también pierde nuestro interés”, apunta Tamara, que insiste en que hoy en día “hay un juego con el deseo muy difícil. Uno necesita que el otro se esconda un poco, y sabe que tiene que hacer lo mismo para generar deseo. Los hombres, especialmente los más jóvenes, tienen un pánico enorme al compromiso. Siempre andan con la guardia alta, se espantan a la primera. Huyen al primer gesto de simpatía, y terminamos adoptando nosotras una actitud de no ser demasiado simpáticas para evitar que huyan”, sentencia la autora.

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