Casi todos hemos experimentado alguna vez esa sensación que surge de lo más profundo de nuestro interior y que sin saber cómo ni por qué nos genera seguridad sobre algún tema, persona o situación. Es algo que nace de dentro, que se siente, es indescriptible y algunos dirían que casi mágico. Una intuición.

¿Cuántas veces no hemos aconsejado a alguien que se fie de ella? O incluso ¿en cuántas ocasiones nos hemos dejado llevar por nuestra intuición cuando nos encontrábamos en una situación importante, de esas que suponen un gran cambio?

Este fenómeno ha estado presente en la historia de la humanidad desde siempre. Para Platón la intuición era la noesis, “un estado o facultad superior del alma, el modo de cognición más elevada”; mientras que para el psicólogo austríaco Jung era “un proceso inconsciente fruto de la irrupción a la conciencia de un contenido inconsciente, una idea súbita o corazonada” y para Albert Einstein tenía que ver más con un don sagrado capaz de traducir una verdad objetiva del mundo. Todos coinciden en que la intuición tiene que ver con algo superior que va desde dentro hacia afuera.

Corazonada la llaman algunos, sexto sentido o presentimiento otros, lo cierto es que ahí está, dispuesta a guiarnos, a protegernos de posibles peligros y a ayudarnos a encontrar respuestas cuando todo parece estar perdido. La intuición es esa brújula interior que nos señala el rumbo que debemos llevar para navegar por nuestras vidas.

Lo curioso es que a todos nos atrae su toque de misterio, ese sentimiento de certeza que experimentamos sin saber muy bien cuál es su origen. ¿Por qué? Profundicemos.

 

Los entresijos de la intuición

Un dato curioso es que la mayor parte de nuestras decisiones se basan en intuiciones. Y aunque parezca algo poco científico o sin evidencia, lo cierto es que no es así, la intuición también es estudiada desde la ciencia. Autores como Robin M. Hogarth, psicólogo social, y Malcolm Gladwell, sociólogo y periodista son un ejemplo de ello.

Así, a día de hoy se sabe que la intuición no es lo mismo que la imaginación ni el deseo y que existe todo un mapa cerebral que la explica y la da sentido. En él, las estructuras más importantes son las siguientes:

  • Corteza prefrontal ventromedial. Esta área se activa cuando llevamos a cabo respuestas intuitivas. Para ello, realiza un análisis de lo que ocurre en base a experiencias pasadas y emite una respuesta en forma de emoción que nos da un toque de atención. Por ejemplo, cuando conocemos a una persona y luego nos invita a ir a su casa, la corteza prefrontal ventromedial hace su trabajo; lo que ocurra más tarde dependerá de si hacemos caso a nuestra voz interior o no.
  • Núcleo caudado. Esta estructura es la encargada de que en determinados momentos tomemos decisiones rápidas según nuestras experiencias o aprendizajes. Se trata del principal motor de la intuición.
  • Precúneo. Es una parte del lóbulo parietal superior que está relacionada con la conciencia, el procesamiento visuoespacial y la memoria episódica, siendo además la que más se activa en cuestión de corazonadas.

Como vemos, la intuición está relacionada no solo con nuestra personalidad, sino también con todo lo vivido. Se trata de un proceso que se forma inconscientemente a partir de nuestra experiencia.

Cada cosa aprendida, cada aspecto sentido y experimentado crea en nosotros una pieza del puzzle que compone nuestra sabiduría particular y que en buena medida nos define.

Eso sí, la intuición suele ser enemiga del ruido, por lo que si no estamos en silencio y con la mente despejada es más difícil que escuchemos su mensaje.

 

Claves para desarrollar la intuición

Entonces, ¿podemos fiarnos de la intuición? Es imposible afirmarlo con rotundidad, pero si se dan las condiciones adecuadas, las corazonadas pueden ayudarnos. Para ello, debemos diferenciarlas del deseo, de aquello que queremos que ocurra, pero que no sentimos desde dentro.

La pregunta es ¿cómo hacerlo? Hay dos aspectos fundamentales que hay que considerar:

  • Atenuar el ruido mental.
  • Entrenar la inteligencia intuitiva.

El primer aspecto es fácil de comprender. Si nuestra mente está alborotada y se pasa el día divagando del pasado al futuro y del futuro al pasado llena de preocupaciones, miedos y expectativas difícilmente escucharemos a esa voz interior que nos guía. Incluso, la confundiremos con expectativas, ilusiones o deseos. Por ello, es importante que de vez en cuando desconectemos y nos dedicamos unos momentos a nosotros mismos.

La meditación puede ser un buen punto de apoyo, ya que gracias a su práctica es fácil despejar la mente del ruido al que está acostumbrada a diario. Otra opción es recurrir a actividades creativas, ya que a través de ellas se favorece el desahogo emocional y la conexión con nosotros mismos. No obstante, en ambas el silencio suele tener un papel fundamental, siendo una condición necesaria para dejar fluir a las corazonadas. Se trata de poner la mente en modo zen como recomienda Daniel Goleman.

Además, es necesario también potenciar nuestra inteligencia intuitiva, esa capacidad que tenemos para decidir y resolver problemas en poco tiempo a la que puso nombre el sociólogo Malcolm Gladwell. De hecho, según un estudio de la Universidad de Elizabethtown, el 90% de las enfermeras toman decisiones en su trabajo basadas en intuiciones y corazonadas.

Aunque resulte un poco contradictorio eso de decidir rápidamente y hacerlo bien en un principio, es posible. Es cierto que a algunas personas se les da mejor que a otras, pero se trata de escucharse. Y esto solo es posible si antes hemos silenciado nuestro ruido mental. Solo así podremos retirar la manta que cubre a nuestras intuiciones, para que estas aparezcan como un rayo de luz y nos iluminen el camino.

Eso sí, las corazonadas pueden aparecer de diferentes formas y en ocasiones hasta algo complejas. Desde palabras o sensaciones hasta imágenes y pensamientos repentinos. Por ello, hay que estar atentos a los detalles para saber interpretarlas.

La intuición es el sendero que va desde las profundidades del inconsciente al mundo consciente. Va más allá de la razón, pero tampoco se opone a ella, sino que la trasciende y en ocasiones la antecede o la complementa. Se trata de otra forma de llegar a conclusiones veraces, a respuestas basadas en ideas sentidas en lugar de pensadas para guiar nuestras vidas. Por algo Albert Einstein decía que era lo único verdaderamente importante… ¿por qué no hacerla caso?