Es sorprendente pensar que el largo debate sobre la igualdad y la dignidad de las mujeres comenzó hace más de 600 años, cuando una dama refinada, miembro de la corte del rey de Francia, alzó por primera vez en Europa la voz a favor del género femenino. Se llamaba Cristina de Pisan, y había nacido en Venecia en 1364. Su padre era un famoso médico y astrólogo que, cuando ella tenía cuatro años, fue llamado a la corte francesa para servir a Carlos V.

Cristina se educó en los palacios del rey, famosos por su exquisito ambiente cultural. Aprendió, como era habitual, danza y música, y también a expresarse de manera delicada y a comportarse como una auténtica noble. Pero, frente a otras muchachas de su ambiente, ella recibió además un aprendizaje intelectual a cargo de su padre. Todavía muy joven, Cristina leía a los autores clásicos en latín. Sin embargo, su madre se negó a que esos estudios continuasen, alegando que su hija debía dedicarse a las cosas propias de una muchacha.

A los 15 años, su padre la casó con un notario del rey, Etienne Castel. Aquel fue un matrimonio feliz, del que nacieron tres hijos. Pero 10 años después, en 1390, Pisan se encontró en una situación muy difícil: su padre y su marido habían muerto, y ella se vio, sin apenas dinero, al frente de una familia formada por su madre, sus hijos aún pequeños y una sobrina. Lo normal era que una viuda volviese a casarse, pero ella se negó. Decidió enfrentarse sola a una serie de largos juicios por herencias y deudas y, para colmo, sacar adelante a los suyos con sus conocimientos y su talento.

Pisan era ya muy conocida en la corte como poeta. Pero si hasta ese momento la poesía había sido solo una afición propia de una dama culta, a partir de su viudedad decidió ganarse la vida con la literatura, convirtiéndose así en la primera escritora profesional de la historia. Pisan componía sus poemas, que luego hacía encuadernar en bellos ejemplares únicos, adornados por las miniaturas de grandes iluminadores de su tiempo.

Esos libros lujosos eran auténticas obras de arte, por las que algunos cortesanos pagaban enormes cantidades, permitiéndole así mantener un alto nivel de vida. Pero Pisan demostró no conformarse con ese éxito. A partir de 1400, se enfrentó con una serie de escritos filosóficos e históricos a muchos de los pensadores de su tiempo, que despreciaban al género femenino. La más famosa de esas obras fue La Ciudad de las Damas, un extenso poema en el que recogió los nombres de un gran número de mujeres que a lo largo de la historia habían demostrado su valor, su poder o su inteligencia.

Ese atrevimiento le provocó una enorme fama, pero también numerosos enemigos, en particular muchos de los profesores de la universidad parisina de la Sorbona, empeñados en demostrar que Dios había creado a las mujeres tan solo para que fuesen las portadoras de los hijos de los hombres. En 1418, mientras Francia era asolada por una guerra civil, Pisan se refugió en el monasterio de Poissy, en el que tiempo atrás había entrado una de sus hijas.

Allí su celebridad se desvaneció lentamente, aunque todavía en 1429 le dedicó un poema a Juana de Arco, entusiasmada por sus victorias. Debió de morir poco después, mientras su nombre iba siendo olvidado, pero no, en cambio, muchos de los argumentos que ella había defendido a favor de las mujeres y que todavía a veces, aún ahora, siguen siendo necesarios.