Pese a que desde siempre los padres han educado a sus hijos, éste sigue siendo el gran reto en la vida de todo adulto. '¿Lo estoy haciendo bien?' parece ser la pregunta que más nos atormenta. Carlos González arroja un poco más de luz sobre este tema y nos invita a ser menos dogmáticos y más naturales con los más pequeños a través de su obra 'Creciendo Juntos', publicada bajo el sello de Temas de hoy. 

¿A veces tratamos a los niños como si fueran tontos?

Y otras como si nosotros fuéramos tontos...

¿Hay temas que es legítimo no abordar con ellos?

Seguro. Los padres tienen derecho a su intimidad (como también el niño, que preferirá no contar ciertas cosas). Ahora bien, en lo que le afecta directamente por una parte el niño tiene derecho a saber, y por otra tarde o temprano se enterará y se podría enfadar si piensa que le han engañado durante años. Por supuesto, las explicaciones han de ser adecuadas a la edad. Para un niño pequeño, “de dónde viene la lluvia – la lluvia cae de las nubes” es suficiente. Para uno mayor... me temo que la mayoría de los padres no sabríamos dar una respuesta más científica; tal vez por eso los adolescentes ya no nos preguntan esas cosas, las miran en un libro.

Hablando de libros, ¿por qué genera tanta ‘literatura’ el cómo tratar a nuestros hijos?

Imagino que porque los padres actuales se sienten muy inseguros (lo que atribuyo a su falta de rodaje: pasan menos tiempo con sus hijos que los de antes, pero el conocimiento que te da el trato cotidiano no se puede sustituir con libros). También es cierto que ahora hay muchos libros sobre casi todo, ¡docenas sobre cupcakes! Todos debemos analizarlos críticamente y no aceptarlos sin pensar.

También da lugar a muchas modas, como el sillón de pensar de ‘Supernanny’…

Es útil para lo que se inventó: evitar que los padres peguen, griten, insulten o ridiculicen a su hijo. Hace unas décadas, algunos psicólogos pensaron que ciertos padres son tan agresivos que la única manera de evitar el desastre era decirles que se apartaran del niño. Y, para ello, se les hizo creer que estaban castigando al niño en un rincón, cuando en realidad se estaba enviando al padre. Aquellos que no tenían intención de pegar, gritar ni insultar no necesitan para nada el sillón de pensar.

¿Cómo hemos de mirar a nuestros niños?

Son personas, como nosotros. Más pequeños, más ignorantes y con menos experiencia de la vida. Por ello no podemos exigirles un comportamiento que ni siquiera los adultos tenemos. Los errores son más disculpables en un niño. Necesitan más atención, paciencia y cariño.

Tampoco concuerdo con aquella idea del buen salvaje, del santito al que la sociedad corrompe. La sociedad, la cultura, la civilización, nos hacen en muchos aspectos mejores. Los chimpancés no son mi ideal de vida y conducta.

Los padres de hoy piden pautas, pero ¿no es lo normal educar sin guion?

Durante millones de años lo hemos hecho. Y la mayoría de los padres lo siguen haciendo: leen muchos libros, preguntan a muchos expertos, y luego hacen lo que les da la gana.

Afirma que “nadie quiere ser un tirano, ni un pequeño tirano”, ¿pero no hay cada vez niños con menos tolerancia a la frustración?

La tolerancia a la frustración no es algo que tengan que tener los niños, sino los padres. Cuando un niño está frustrado va a responder de forma normal (gritando, llorando, enfadándose) y los adultos debemos tolerar su frustración. Eso no significa darle todo lo que pide. No vamos a permitir que juegue con fuego: le quitamos el mechero y ya está. Pero al quitarle el mechero se va a enfadar, y lo que no podemos hacer es reñirle por haberse enfadado (“¡Calla de una vez, no seas pesado!”), o ridiculizarle (“Qué feo te pones cuando lloras”). Si podemos, le quitamos en mechero en una distracción y evitamos el conflicto. Y si no, nos aguantamos: va a llorar, y hay que intentar consolarle.

Hay quienes pintan a los niños como seres astutos, unos manipuladores natos.

Los hijos utilizan a sus padres. Siempre lo han hecho, tienen que hacerlo. Un niño no podría sobrevivir si sus padres no le alimentasen, vistiesen, educasen y protegiesen durante años. Los pollitos que abren el pico y pían están manipulando a sus padres, que vuelan sin descanso para traer gusanitos y meterlos en esas boquitas insaciables. Lo que es nuevo es esa obsesión de los padres por manipular a los hijos. O de los expertos por convencer a los padres de que manipulen a sus hijos. Nunca antes había habido tantos libros sobre técnicas y métodos para conseguir que los niños hagan lo que queremos. Siempre, sin rechistar.

¿Cree que los padres, como afirma el periodista Carles Capdevila, se preocupan en exceso cuando sus hijos son pequeños, hasta los dos años (si el niño duerme, si empieza a andar, a hablar, si deja el pañal), y no vuelven a hacerlo hasta la adolescencia (si fuma, qué hace con sus amigos), que se echan una siesta que dura la infancia de los pequeños?

Desde luego muchos padres se preocupan en exceso en los primeros años, y no todos vuelven a preocuparse en la adolescencia. Hay como una inversión de la autoridad paterna: a veces somos enormemente rígidos con los bebés, que “tienen que acostumbrarse” a obedecer, a dormir solos, a no llorar, a tener límites y rutinas, a comer sin sal, a bañarse cada día, a obedecer a nuestros menores caprichos... y luego en la adolescencia, sea porque hemos gastado toda nuestra autoridad en tonterías, sea porque nos sentimos ridículos y culpables por la tiranía que hemos ejercido durante años, no nos atrevemos a dar órdenes o consejos cuando de verdad hay que darlos, cuando realmente nuestros hijos corren el riesgo de echar a perder su futuro por una mala decisión. El bebé tiene horarios, el adolescente no. Es absurdo.

¿Debemos tener en cuenta que los quebraderos de cabeza de hoy no durarán para siempre?

Exactamente, serán substituidos por otros. Lo mismo les ocurre a los niños. Sus quebraderos de cabeza de hoy (“me han dejado solo en la cuna”, “mi primo me ha quitado la pelota”, “tengo que hacer seis divisiones para mañana”) serán substituidos por otros mucho mayores. Por eso es importante ser feliz ahora; como dijo Agatha Christie, “una infancia feliz ya nunca te la podrán quitar”.