La costumbre de patologizarlo todo

Voy a comenzar tirando una piedra contra mi propio tejado, en concreto, contra el tejado de los psicólogos. Desde que llevo ejerciendo la profesión, detecto que en mi campo profesional existe una costumbre de patologizarlo todo.

Creo que esto corresponde a la necesidad que tenemos las personas de ponerles nombres y etiquetas fijas a las cosas. Para cada suceso o acontecimiento extraño que conlleva una respuesta emocional, tenemos un nombre preparado. Generalmente, este suele llevar el nombre de pila “Síndrome”. En este caso, su apellido es Cabaña.

Sin embargo, no sólo los profesionales de la salud mental tenemos responsabilidad en esto, también los medios que se hacen eco y replican estas ideas.

En principio no parece algo grave, ¿cuál es el problema de inventarnos nombres para las cosas? Aparentemente ninguno. Sin embargo, sí que tiene un efecto colateral: nos despista del problema real.

 

Pedir ayuda tras la cuarentena

Antes de volver a consulta presencial ya nos lo vaticinaban: “vais a tener mucho trabajo”. Así ha sido, durante las últimas semanas, tanto a mis compañeras como a mí nos están llegando un vendaval de casos de personas que por diferentes razones están sufriendo.

Los motivos son varios y es que esta cuarentena, ha arrasado con cosas muy importantes para las personas: seres queridos que han fallecido, trabajos que se han perdido, relaciones que se han roto, ente otras.

Resulta comprensible que muchas personas lo estén pasando mal y necesiten acudir a consulta psicológica para remontar el vuelo. Sin embargo, un grueso importante de esas personas que están viniendo a terapia, no lo hacen movidos tanto por lo que el COVID-19 les ha quitado, como por la vuelta a la “nueva normalidad” tras él mismo.

 

El caso de mi paciente

Un paciente nuevo me decía esta semana…”yo creo que tengo eso del “síndrome de la cabaña”, porque me está costando mucho volver a la rutina.

Cuando arrancó todo esto y comenzó el confinamiento, para muchas personas tener que quedarse en casa y no poder salir, fue algo duro y a lo que costó adaptarse. Con el paso de los días, muchas personas seguían sin poder acomodarse a la nueva situación y otras, acabaron por encontrar cierto confort en la situación.

Con la desescalada y la vuelta a la calle, algunas de aquellas personas que se habían hecho a estar en casa, comenzaron a experimentar síntomas de ansiedad e incluso miedo a pisar la calle. Así es cómo comenzó a hablarse del “síndrome de la cabaña”.

Muchas personas estaban teniendo una reacción emocional común, parecida al trastorno que en psicología conocemos como agorafobia. Sin embargo, bajo mi punto de vista, igual que es perfectamente comprensible que nos costase adaptarnos a estar en casa, lo es que nos sucediese a la inversa. Esto no es un trastorno psicológico, se llama adaptación.

Con el paso del tiempo, el síndrome fue mutando y cuando el miedo ha pasado y dicha adaptación se ha ido abriendo paso, lo que ha comenzado a aparecer es la tristeza, la apatía y la anhedonia. Síntomas que se parecen más a la depresión porque tienen que ver con el estado de ánimo.

Esto es lo que le estaba ocurriendo a mi paciente y precisamente, es algo que se había despertado en él a la hora de tener que volver a su puesto de trabajo presencial y recuperar sus rutinas. Mucha casualidad, ¿no?

 

El síndrome de depresión postvacacional

¿Existe el síndrome de depresión postvacacional? ¡Pues claro que no! ¿Es cierto que muchas personas se desaniman tras la vuelta de sus vacaciones? Sí, lo es.

En el caso del paciente que te comentaba anteriormente (y no sólo en el suyo), creo que le resultaba más fácil atribuir lo que le sucedía a un suceso externo a su control y sobre el que no se puede hacer nada, cómo es el COVID, antes que a su propia insatisfacción vital.

¿Por qué? Por qué reconocer que hay algo de nosotros o de nuestra vida que no está bien, supone reconocer un problema y tener que tomar decisiones difíciles. Sé que puede resultar difícil de comprender, pero a veces preferimos procrastinar y dilatar el mal estar, para mantenernos en lo que en el fondo es una incómoda incomodidad.

Para nuestro cerebro es más fácil y simple pensar que, esto que nos sucede es simplemente porque acabamos de pasar una pandemia o porqué venimos de las vacaciones. Además, encontramos gran cantidad de fuentes que nos confirman que efectivamente, eso que nos sucede es una reacción común, que tiene un nombre y se llama…como sea.

 

¿Qué puedo hacer entonces?

Si tu día a día o tu trabajo, en el cual pasas más o menos la mitad de tu vida, no te están haciendo sentir pleno/a: bien porqué no te llena, bien porque te genera mucha angustia o te genera algún otro sentimiento desagradable, está claro que algo sucede.

¿Se trata de dejar el trabajo? No necesariamente. Se trata de buscar soluciones y mirar donde realmente hay que mirar, para poder desde ahí decidir. El cambio puede ser una opción, pero no la única. La cuestión es que mientras seguimos en modo búnker, aguantando el tirón, nunca acabamos de estar bien.

Muchas personas lo que hacen cuando topan con la insatisfacción es disociar su vida: el tiempo para el disfrute es el tiempo libre y el resto, simplemente, aguantar el tirón.

Este modelo de vida, es el qué, a la larga, resulta agotador.

 

Alejandro Vera

Psicoterapeuta en Grulla psicología y nutrición