Las Navidades siempre llegan cargadas de expectativas: son días en los que se “espera” que seamos felices a toda costa, que nos divirtamos, nos relacionemos con nuestros seres queridos y acudamos a reuniones festivas en las que el protagonista es, por encima de todo, la comida. Esta situación puede llevar a que muchas personas que experimentan algún trastorno o fobia tengan dificultades para gestionar estos rituales, y muchos pueden experimentar emociones negativas. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud, el 44% de la población padece síntomas de ansiedad, depresión o tristeza durante estas fechas.

Es el caso de aquellos que padecen algún trastorno de la conducta alimentaria, como anorexia o bulimia, una enfermedad que afecta sobre todo a adolescentes. Según datos de la Asociación Española para el Estudio de los Trastornos de la Conducta Alimentaria y la Fundación Fita, de las 400.000 personas que padecen alguno de estos trastornos, 300.000 son jóvenes de edades comprendidas entre los 12 y los 24 años.

 

Una época en la que la rutina se ve alterada

Debido a que las celebraciones en estas fechas giran entorno a una mesa llena de comida, son situaciones que pueden suponer un verdadero calvario para las personas que padecen este tipo de trastornos. Tal y como señalaba a la agencia EFE Robin Rica, director de la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria en el Instituto Centta, y María Bustamante, psicóloga sanitaria especializada en psicología infantil y terapia familiar, se trata de un momento del año en el que la rutina diaria se ve alterada, produciendo cambios que pueden generar mucha tensión.

La perspectiva de tanta comida, el miedo a engordar, escoger la ropa para los distintos eventos, valorar quién sabe quién no en la familia acerca del trastorno, etc. Son cuestiones complicadas”

Se trata de trastornos muy relacionados con emociones no reguladas y tensiones no gestionadas. Durante este delicado periodo, los expertos comentan que muchas de las personas que padecen anorexia o bulimia pueden optar por “no acudir a los eventos sociales o inhibirse cuando se está rodeado de gente”, especialmente para aquellos que no se sienten preparados para afrontar el posible juicio de otras personas a su alrededor.

Sentir la mirada del otro observando lo que como produce ansiedad en estas personas por distintos motivos: desde la incomodidad al evidenciarse que ‘como diferente’ a la que también genera un pensamiento propio de la enfermedad: ‘comer es de gordos’”

Por esta razón, el Instituto de Trastornos Alimentarios alerta de que las Navidades son un momento propicio para la detección de nuevos trastornos alimentarios, ya que son fechas que propician momentos altamente conflictivos para las personas afectadas. Pero, ¿cuáles son las señales de alarma que pueden indicar que existe un trastorno de alimentación o que se está a punto de caer en uno?

 

Señales de alarma de posibles trastornos alimentarios

Según explica Neus Bermúdez, profesora del máster universitario de Psicología Infantil y Juvenil de la UOC, uno de los primeros indicadores de que un adolescente padece este tipo de trastornos es cuando empiezan a eliminar ciertos alimentos o grupos de alimentos de la dieta, algo que suele ir acompañado de una “reducción del tipo de cocción de los alimentos, priorizando los que minimizan las grasas (vapor, plancha…) o la disminución de la ingesta de comida en general o, al contrario, los atracones o la ingesta impulsiva de grandes cantidades”.

La experta en trastornos alimentarios señala, asimismo, que en muchas ocasiones las personas que padecen anorexia nerviosa en ocasiones también presentan conductas “deportivas” excesivas, motivadas por la quema de calorías. Los cambios en la forma de vestir también pueden ser otro indicativo, como “ponerse ropa ancha para ocultar el cuerpo, por ejemplo”.

 

¿Cómo podemos ayudar desde fuera?

Neus Bermúdez explica que, en general, los padres, profesores y adultos que se relacionan con los jóvenes pueden hacer mucho por frenar el trastorno y, una vez éste se ha instalado, ayudar en su recuperación. Lo más importante es evitar posturas “de policía, ya que a la larga es contraproducente”. Del mismo modo, no conviene obsesionarse y centrar las conversaciones entorno a la comida. Bien al contrario, lo más eficaz es “crear un clima de confianza que propicie la comunicación en casa, permitir que exprese sus emociones y preocupaciones, sin juzgar ni minimizar la importancia del problema y, aunque nos cueste entender lo que le pasa, mostrarnos dispuestos a acompañarlo y a ayudarlo”.