Cuando los niños dejan de tomar papilla y empiezan a masticar, es común que su menú sea distinto al de los padres, normalmente con una proporción mayor de alimentos calóricos. Pero poco a poco deben introducirse verduras, frutas y otras recetas más allá de la pasta con tomate, el pollo rebozado y el yogur. Así, los más pequeños pueden seguir una dieta equilibrada y comer lo mismo que sus padres y madres, que quedan liberados de tener que cocinar por partida doble.

Lo más importante a tener en cuenta es que los niños deben aceptar que son siempre sus padres o madres quienes deciden qué van a comer. Si hay verdura, pescado y fruta para cenar y los pequeños se niegan a comer, no es recomendable cocinarles otra cosa, porque entonces se acostumbrarán a comer solamente lo que les apetece, en lugar de aquello que es mejor para su salud y que permite que la organización familiar fluya.

Es crucial comer en familia por lo menos una vez al día y que durante esa comida la atención no esté centrada en la televisión, sino en las personas que rodean la mesa y en aquello que se está comiendo. También hay que enseñar a los niños que no hay que picar entre horas, que es recomendable probar cualquier tipo de comida, que en la variedad está la riqueza y que ningún alimento es un "premio" ni un "castigo".