Hinchazón, picor, gases, dolor de barriga, enrojecimiento de la piel…. Cada vez somos más las personas que padecemos alguno de estos síntomas después de ingerir un determinado tipo de alimento. Y, muchas veces, aunque no dispongamos de pruebas médicas que lo testifiquen, asociamos este malestar a una supuesta “intolerancia alimentaria”. Pero, ¿qué es lo que nos pasa realmente? ¿Se trata de una alergia? ¿De una intolerancia? ¿De algún tipo de sensibilidad? A menudo, confundimos estos tres términos y, aunque el tratamiento a seguir en cualquiera de ellos pasa por evitar la ingesta del alimento que nos produce una reacción negativa, vale la pena saber diferenciarlos.

Según la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, en España, un 3,6% de la población adulta padece alergia a algún tipo de alimento, y hasta un 10% de los niños se ven afectados por ello. Por orden de afectación, los alimentos que nuestro cuerpo más tiende a rechazar son el huevo (39,1%), la leche de vaca (32,3%), los frutos secos (18,8%), las frutas (12%), los pescados (11,3%), las legumbres (9,8%), los mariscos (6%), los cereales (3%) y las hortalizas (0,8%). Aunque el orden de esta lista puede variar de un país a otro en función de la cultura gastronómica y de los hábitos alimenticios de la población.

La alergia alimentaria se vincula a una respuesta desproporcionada de nuestro sistema inmunológico, mientras que la intolerancia es debida a una incapacidad digestiva para metabolizar alguna sustancia del alimento en cuestión

Para poder diferenciarlas, el primer punto que debemos tener en cuenta es la intervención o la no intervención de nuestro sistema inmune: la alergia alimentaria se vincula a una respuesta desproporcionada de nuestro sistema inmunológico, mientras que la intolerancia es debida a una incapacidad digestiva para metabolizar alguna sustancia del alimento en cuestión.

Qué implica ser alérgico a un alimento

¿Qué implica ser alérgico a un alimento?

Ser alérgico a un determinado alimento implica que, en el momento en que lo ingerimos, nuestro organismo detecta como extraña una proteína alimentaria y la percibe erróneamente como una amenaza, por lo que pone en marcha una respuesta defensiva atacando ese agente extraño con anticuerpos con el fin de neutralizar y eliminar esa proteína. Es lo que se conoce como reacción alérgica, que puede dar lugar a la aparición de síntomas respiratorios como moqueo, asma o tos; cutáneos, como inflamación de labios, de la lengua o urticaria; gastrointestinales, como diarrea, vómitos, hinchazón o dolor abdominal; o, en el peor de los casos, un shock anafiláctico, en el que la alergia afecta a todo el organismo, pudiendo producir la muerte por constricción de las vías respiratorias (en este caso es imprescindible inyectar adrenalina de forma intramuscular).

 

¿Qué implica ser intolerante a un alimento?

Ser intolerante a un determinado alimento, en cambio, significa que nuestro organismo no tiene la capacidad de digerirlo correctamente, como consecuencia de un déficit parcial o total de una enzima encargada de transformar la comida que ingerimos en energía. En este caso, por tanto, no interviene nuestro sistema inmunológico, y los efectos que tiene una intolerancia a algún tipo de azúcar en nuestro organismo son de tipo gastrointestinal: gases, diarrea, hinchazón, náuseas, etc. Aunque, en ocasiones, también se pueden consumir pequeñas cantidades del alimento o del componente alimenticio sin que se den síntomas.

Las intolerancias alimentarias más habituales son las producidas por la presencia de azúcares como la lactosa, la fructosa, el sorbitol o la sacarosa, o bien a algunos aditivos como los sulfitos. En el caso de la famosa intolerancia a la lactosa, por ejemplo, es posible que de pequeños pudiésemos digerir sin dificultad la proteína de la leche pero que, con el paso del tiempo, nuestro cuerpo haya dejado de producir lactasa, que es la enzima necesaria que permite metabolizar la lactosa, o lo haga en mucha menor cantidad, y, por tanto, desarrollemos una intolerancia hacia el azúcar de la leche. También es posible que, pese a ser intolerantes a la lactosa y no tolerar bien la leche, podamos comer queso o yogur sin dificultad, ya que su contenido en lactosa es mucho menor.

 

¿Por qué soy alérgico o intolerante a un determinado alimento?

Aunque son muchos los factores que pueden provocar una alergia o una intolerancia alimentaria, nuestro estilo de vida puede acabar determinando si las desarrollamos o no, y si las traspasamos a nuestros hijos a través de nuestros genes, ya que también tienen un importante componente hereditario.

El parto por cesárea o la lactancia artificial empobrecen la microbiota intestinal de los bebés, por lo que, de mayores, estos niños tendrán más riesgo de padecer alguna alergia alimentaria

De hecho, en los últimos años, hemos visto como se han disparado los casos de alergias y de intolerancias alimentarias, especialmente entre la población infantil. Los motivos son muchos y parece que empiezan a generarse incluso antes de nacer con la alimentación y los hábitos de vida de la madre gestante, y hay estudios que alertan de que el parto por cesárea o la lactancia artificial empobrecen la microbiota intestinal de los bebés, por lo que, de mayores, estos niños tendrán más riesgo de padecer alguna alergia alimentaria. En ese sentido, también juega un papel importante cómo introducimos los alimentos durante el destete, y se recomienda dejar pasar un mínimo de cuatro días o de una semana a la hora de ofrecerle al pequeño un alimento con potencial alérgeno para ver si es capaz de digerirlo sin dificultad, antes de introducirle otro.

El auge del consumo de comida ultraprocesada, una sobre ingesta de determinados aditivos alimentarios, la falta de contacto con la naturaleza, la exposición permanente a determinados tóxicos ambientales o, por el contrario, una higiene excesiva que destruya nuestro contacto con distintas bacterias también pueden ser factores de riesgo. En ese sentido, también hay estudios que demuestran que los bebés que crecen conviviendo con un animal de compañía tienen menos probabilidades de desarrollar una alergia alimentaria, ya que están expuestos a una mayor diversidad bacteriana, lo que se traduce en una microbiota más rica.

Qué debo hacer si tengo una alergia o una intolerancia alimentaria

¿Qué debo hacer si tengo una alergia o una intolerancia alimentaria?

Ángela Quintas, licenciada en Ciencias Químicas y máster en Dietética y Nutrición Humana, propone seguir estas cuatro pautas a la hora de lidiar con una alergia o con una intolerancia alimentaria, en su último libro El secreto de la buena digestión:

  1. Eliminar por completo el alimento que provoca la alergia: Según la experta en nutrición, aunque las alergias alimentarias, por norma general, no se curan, la buena noticia es que se controlan del modo que parece más evidente: eliminando los alimentos que los provocan. De todos modos, vale la pena recordar que existen algunas excepciones como las alergias a alimentos como el pescado, el huevo o la leche que aparecen en los niños y que suelen desaparecer por sí solas en un 80% de los casos antes de los tres años
  2. Averiguar cómo se encuentra nuestro epitelio intestinal en caso de presentar síntomas gastrointestinales.
  3. Si el sistema inmune no interviene, puede ser suficiente con limitar la cantidad que consumimos de ese alimento al que somos intolerantes para que no aparezcan los síntomas.
  4. Estudiar bien el etiquetado de los alimentos, la lista de ingredientes y los métodos culinarios para evitar así los alimentos que pueden ocasionar problemas.

Determinar si padecemos o no una alergia o una intolerancia alimentaria no es fácil y va mucho más allá de estudiar una simple analítica de sangre. De hecho, no hay evidencia científica de que muchos de los famosos test rápidos de alergias e intolerancias que se practican a diario sean fiables. Así que, lo mejor es que, en caso de sospecha, te pongas en manos de un alergólogo o de un profesional de la salud.

No hay evidencia científica de que muchos de los famosos test rápidos de alergias e intolerancias que se practican a diario sean fiables

Por último, recuerda que algunas intolerancias presentan síntomas menos visibles, y que pueden pasar fácilmente inadvertidas, como el caso de la intolerancia a la lactosa o a la fructosa, que se puede manifestar, por ejemplo, a través de unas heces demasiado blandas e inconsistentes (recuerda que es vital coger la costumbre de observar tus heces antes de tirar de la cadena, ya que nuestra caca nos dice mucho de nuestra salud intestinal).

En este caso, puedes retirar temporalmente de tu dieta el alimento que crees que te está dañando, aunque es recomendable hacerlo de la mano de un dietista o nutricionista con el fin de evitar algún desequilibrio nutricional.