Desde hace algún tiempo venimos hablando de la inteligencia emocional hasta el punto de que ya todos sabemos que existe, aunque no estoy segura de si todos sabemos qué es.

La importancia que se le viene dando a la habilidad de observar y gestionar las emociones está llegando a tal punto que se quiere instaurar su enseñanza en los colegios, se quiere introducir en las empresas, se lanzan constantemente cursos y másteres y se escriben páginas y páginas de teoría.

Y está muy bien, y seguramente volveremos sobre ella en algún momento, sin embargo ahora vamos a detenernos en una inteligencia no tan conocida: la inteligencia espiritual.

¿Qué es la inteligencia espiritual?

Se dice que la inteligencia es la capacidad de elegir la mejor opción de entre todas las posibles y también la capacidad de aprender y comprender, de separar lo que es importante de lo que no y de adaptarse a los cambios de forma eficaz.

La inteligencia espiritual, por tanto, es todo ello en lo relativo al espíritu, lo sutil, lo trascendente y todas las experiencias que se escapan a las comunes explicaciones lógicas.

Muchos autores han querido ofrecer su definición de inteligencia espiritual y, como suele pasar, no han llegado a un acuerdo. Hablan de lo trascendental, de la inquietud por hacerse preguntas sobre el sentido de la vida, la muerte, el tiempo y el espacio; pero también se habla mucho de ética y religión.

Desde mi punto de vista, la inteligencia espiritual podría ser la capacidad y el gusto por hacerse preguntas sobre el sentido de las cosas, la habilidad de ver siempre más allá de lo evidente y la convicción de que hay algo más que la realidad en la que vivimos sumergidos.

Igual que la inteligencia emocional es la capacidad de gestionar, por decirlo en una palabra, las emociones; la inteligencia espiritual es la habilidad de experimentar con consciencia todo lo concerniente a nuestro espíritu.

 

La inteligencia espiritual puede y debe trabajarse.

Todos tenemos la capacidad de vivir plenamente nuestra espiritualidad y beneficiarnos de ello, pero no todos sabemos cómo hacerlo. Lo mismo ocurre con la inteligencia emocional, todos tenemos emociones y todos, salvo patologías, tenemos la capacidad de observarlas, atenderlas o desatenderlas como convenga.

Sin embargo, cabe destacar que lo más habitual es experimentar ese “despertar” que te abre a la espiritualidad (o a la gestión emocional, hay quién sostiene que es lo mismo) después de una sacudida de la vida.

Esto es una de las conversaciones más habituales que tengo al hablar del cambio de paradigma: ¿cualquier persona puede experimentarlo o solo lo viven quienes atraviesan situaciones difíciles?

La verdad es que no sabría posicionarme en ningún extremo y, aunque lo hiciera, no sería más que mi humilde opinión. No obstante, bien es cierto que no conozco a nadie que goce de una espiritualidad sana y que esta no devenga de una crisis intensa.

En cualquier caso, a lo que iba, es que independientemente del origen del “despertar”, una vez que nace la inquietud, todo lo demás puede, y debe, trabajarse. Y, aunque no me detendré en ello, puedo adelantar que el mindfulness, el tiempo a solas, el silencio y hobbies como el yoga o colorear, tienen mucho que ver.

Qué es la inteligencia espiritual

Beneficios de trabajar la inteligencia espiritual.

Francesc Torralba, filósofo y escritor experto en este tema, habla de doce beneficios fundamentales de la espiritualidad práctica en su libro Inteligencia espiritual de la editorial Plataforma Actual.

En concreto, los beneficios que expone son: la creatividad, la profundidad en la mirada, la consciencia crítica y autocrítica, la calidad de las relaciones, la determinación, el sentido de los límites, el conocimiento de las posibilidades, la transparencia y la receptividad, el equilibrio interior, la vida como proyecto, la capacidad de sacrificio y la vivencia plena del ahora.

Y a mí, sin ánimo de menospreciar ninguno de ellos, me gustaría destacar siete y ofrecer mi visión de cada uno de ellos:

  1. Creatividad: no solo para escribir, pintar o esculpir –actividades con las que, por cierto, se trabaja la espiritualidad-, sino también para responder a la realidad de la forma más conveniente posible de acuerdo a cada momento.
  2. Profundidad en la mirada: lo que implica ver siempre más allá de lo que está ocurriendo y valorar cada situación en relación a un Todo; de esta forma se le da la importancia justa a las cosas –tanto para relativizar los problemas, como para disfrutar de las cosas buenas-.
  3. Consciencia y autoconsciencia: como capacidad para darse cuenta de lo que ocurre dentro y fuera de nosotros.
  4. Calidad de las relaciones: a mi parecer, muy relacionada con la transparencia y la receptividad, lo cual implica amar en todo el sentido de la palabra, respetar, comunicar asertivamente y escuchar con sinceridad.
  5. Autodeterminación: se alcanza plena confianza en que las cosas que se desean dependen, siempre de alguna manera, de nosotros, de nuestros pensamientos y nuestras acciones.
  6. Equilibrio interior: a mi juicio, uno de los mejores beneficios y precursor de los demás. El equilibrio interior nos permite vivir plenamente cada momento, observar con detenimiento, darnos cuenta de las cosas y vivir con la paz y la tranquilidad necesarias para ser felices.
  7. Vivencia plena del ahora: lo que nos aleja de las preocupaciones por el pasado o el futuro, nos acerca a lo que ocurre y nos permite vivirlo sin juicios.

¿Qué es para ti la espiritualidad?

¿Te has hecho alguna vez esa pregunta? No se trata de en qué crees y en qué no, se trata de cómo vives lo que vives, qué sabes y qué no sabes de ti y cuánto de consciente eres de tu relación con todo y con el Todo.

Te invito a echar un vistazo dentro de ti y a pensar qué has aprendido de cada una de tus crisis, cómo de despierta está tu inteligencia espiritual, si tienes algún interés en trabajarla y con qué la relacionas.

Y, por supuesto, si te apetece contármelo, te espero por Instagram en @spiritualwoman.