La nutrición es posiblemente la más aplicada y popular de las ciencias. Esta es la cara positiva de la moneda, la cara negativa es que debido a su popularidad, cada individuo tiene su opinión acerca de lo que constituye una alimentación saludable y no tiene ningún reparo en comunicarlo, e incluso algunos predicarlo, independientemente de sus credenciales profesionales. Como resultado estamos expuestos a mensajes que oscilan entre “cantos de sirena” y “que viene el lobo”. Ejemplos de lo primero son las decenas de dietas milagrosas que prometen lo imposible llevando a los crédulos al naufragio de su salud. Con respecto a lo segundo, estamos continuamente expuestos al vilipendio de alimentos o nutrientes, que volverán a ser ensalzados a costa del desprecio de otros.

Recordemos el asalto que durante décadas han sufrido los aceites por su alto contenido en grasa y a pesar de las evidencias científicas de los beneficios de algunos de ellos (aceite de oliva), su culpabilidad todavía se mantiene en la sociedad, a pesar de que en estos momentos el “lobo” son los azúcares simples. Afortunadamente hay verdades irrevocables. La primera es que necesitamos comer para vivir. La segunda es que si lo hacemos bien tendremos una vida más sana y de mayor calidad.

La nutrición sana va mas allá de la adopción (por ejemplo, aceite de oliva) o rechazo (por ejemplo, bebidas azucaradas) de alimentos únicos, más bien se basa en la adopción de patrones de alimentación saludables en los que hay cabida para (casi) todo, siempre que se mantengan las proporciones adecuadas a lo largo del tiempo, y hablando de tiempo, el cuándo consumimos los alimentos es un factor importante para maximizar la relación entre nutrición y salud. 

La “ciencia” de la nutrición se remonta miles de años pero no fue hasta el siglo pasado que el rigor y los métodos científicos contemporáneos obtuvieron resultados espectaculares. La situación actual es diferente, hemos pasado de una malnutrición deficitaria a una malnutrición, en los países desarrollados, basada en el exceso de calorías y deficiente en nutrientes. Para remediar este problema, diversos organismos han creado guías nutricionales. Sin embargo, estas recomendaciones están dirigidas a la población general y no consideran que cada individuo es único y con necesidades nutricionales específicas en base a sus genes y al ambiente.

Precisamente en reconocimiento de esta realidad, la investigación nutricional se embarca hace ya un par de décadas en la nutrición personalizada basada en el genoma (nutrigenética). El objetivo es poder ajustar las recomendaciones nutricionales a las necesidades de cada individuo basándose en la información obtenida del estudio de sus genes. Mediante esta ciencia, se podrá conocer los mecanismos biológicos que han conducido o que pueden conducir a un individuo a ganar exceso de peso y permitirá recomendar la dieta mas apropiada para prevenir o remediar el sobrepeso o la obesidad. Esto podrá aplicarse a la mayor parte de las enfermedades comunes como la diabetes, la enfermedad cardiovascular, e incluso para el cáncer y dolencias neurológicas. Hasta que la investigación sólida nos lleve a aplicar estas tecnologías, hay que ser precavidos y no caer víctimas de los “cantos de sirena”. Si algo es demasiado bueno para ser verdad es que posiblemente no lo sea. 

Para el doctor Ordovás, uno de los padres de la nutrigenómica, se ha practicado una medicina muy biológica, dejando de lado un poco aspectos esenciales, como es el hecho de que la alegría de vivir es parte esencial para mantener la salud.