Víctima de acoso escolar durante sus años en el instituto, el economista, divulgador y escritor comprometido Raúl Rodrigo asegura que, durante muchos años, sintió que “no merecía” la amistad de sus compañeros porque “no es algo que se curo en dos o tres años, ya que deja cicatrices muy duraderas” que requieren un gran trabajo de recuperación emocional. Así lo describía en una entrevista con la agencia Efe que sucedió a la publicación de su libro Mi receta contra el acoso escolar (Desclée).

En él, nuestro autor nos explica su historia de superación personal (a día de hoy es licenciado en Economía y Censor Jurado de Cuentas) reclama una mayor sensibilidad de parte de la sociedad contra la soledad y el aislamiento que padecen los niños víctimas de acoso escolar, ya que, tal y como explica Rogrigo, se trata de “formas de acoso sin agresiones que dejan muchas secuelas emocionales y mucho dolor”.

A su vez, el libro también hace las veces de manual para “ayudar a quien sufre acoso o al que quiera ayudar a quien lo sufre”. Las razones que instigaron a Rodrigo a escribir un libro en clave de manual fue precisamente la inexistencia de publicaciones que aunaran las vivencias personales con herramientas de crecimiento. “Sin victimismos, revanchismos o rencor”, explica Raúl.

 

Un problema que se vive en silencio

Y cada jornada escolar puede convertirse en un verdadero calvario para muchos niños españoles. Según afirmaba hace poco el director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental de hospital Gregorio Marañón (Madrid), el doctor Celso Arango, “en torno al 10% de los niños y adolescentes en España padece acoso escolar, lo que aumenta entre dos y tres veces el riesgo de sufrir depresión respecto a la población escolar general”.

Por si fuera poco, se trata de una situación que los niños viven, en la mayoría de los casos, en el absoluto silencio, algo que “ni los padres ni los profesores saben porque no se cuenta”. Muchos expertos coinciden en que el acoso escolar está asociado a un mayor riesgo de depresión y trastornos de ansiedad en la infancia y en la adolescencia y, también, en la edad adulta. En concreto, los niños objeto de ‘bullying’, especialmente los que son acosados con frecuencia, están en riesgo social y de salud incluso 40 años después de la exposición.

 

¿Cómo pueden los padres detectarlo?

Raúl Rodrigo nos comenta que las muestras más evidentes de que un niño padece acoso escolar son sin duda un cambio en su comportamiento visible. En general, se aprecia una marcada falta de ilusión, pérdida de autoestima y una tristeza generalizada. Sin embargo, también hay que estar atentos ante lo que se podría calificar inicialmente como actitudes positivas: una búsqueda obsesiva de la excelencia académica, del cuidado de la imagen personal, etc. Además, es muy común que los menores que sufren acoso escolar también canalicen su rabia hacia los que considerarían más indefensos que ellos, como pueden ser hermanos menores, mascotas, etc.

Raúl rechaza abiertamente el término bullying cuando hablamos de acoso escolar, ya que considera que se trata de un eufemismo adoptado del inglés que utilizamos porque nos resulta menos doloroso. Con él, sin embargo, corremos el riesgo y banalizar el problema, ya que, además, en muchas ocasiones existe un sobreuso del término para referirse a cualquier tipo de desencuentro puntual entre compañeros.

Cualquier niño que sufra acoso, ha de saber que no está solo. Es nuestra responsabilidad el hacerle entender que “existe un mundo fuera de las paredes del instituto lleno de personas maravillosas que nos van a aportar felicidad”.

Hoy en día, muchos centros educativos ya han implementado programas de convivencia en los que los propios alumnos se involucran en la búsqueda de la armonía en las aulas y en los pasillos. Sin embargo, aún queda mucho trabajo por hacer, un esfuerzo que tiene que venir de parte de todos, desde el niño que lo sufre, hasta el acosador, pasando por el centro educativo y, por supuesto, la familia.

 

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