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La ansiedad en tiempos de crisis

La práctica de aceptar, sin juzgar, nuestro malestar, dolor, miedo y angustia nos ayuda a aplanar el camino para focalizarnos en pensamientos e imágenes más convenientes, y nos evita dispersarnos en ideas y sensaciones negativas.

La ansiedad en tiempos de crisis
La ansiedad en tiempos de crisis

Rosa Rabbani

¿Sabrías decirme qué tienen en común Emma Stone, Abraham Lincoln, Andrés Iniesta, Leo Tolstoy, Oprah Winfrey y mi paciente Ángela? Pues que todos ellos han padecido y conocen bien los estragos de la ansiedad. ¡Qué casualidad! Todos ellos personajes que experimentaron grandes cambios sobrevenidos en sus vidas.

Si, hasta el mes de marzo, se trataba de la reina de cuantas demandas llegaban a las consultas de los psicólogos; era la afectación más común, no importaba el género, la edad o el estatus social; y 4 de cada 10 personas en el mundo padecían –muy por delante del cáncer o las enfermedades cardiovasculares– de ansiedad en algún momento de su vida, de las cuales ni tan sólo la mitad estaban identificadas ni adecuadamente tratadas; tras desencadenarse la crisis que estamos experimentando todos estas semanas, tales cifras desgraciadamente se multiplicarán.

La sensación de ansiedad, nerviosismo o inquietud es un desequilibrio del sistema nervioso como lo pueda ser un dolor de barriga o unas nauseas con respecto del sistema digestivo. Ninguna de las dos debería ser motivo de preocupación por cuanto, en la gran mayoría de casos, sin mayores intervenciones –que no sean tratar de descansar un poco, en un caso; o tomar alguna infusión digestiva, en el otro– acaban remitiendo pasadas unas horas.

 

Las conductas compulsivas, las adicciones o los comportamientos obsesivos, por ejemplo, introducen al sujeto en un bucle de miedo y pesimismo, acarreándole consecuencias aún peores a nivel mental, emocional y fisiológico

 

No obstante, el malestar asociado a una indigestión nada tiene que ver con el que es resultado de la ansiedad. Este último es de mucha mayor intensidad hasta tal punto de que, a menudo, las personas pueden llegar a experimentar la percepción de que “jamás se les pasará” o que “esto es ya el fin y que de ello perecerán”. Y es precisamente la magnitud de este desasosiego la que desencadena formas de afrontamiento que pueden llegar a ser verdaderamente tóxicas con el fin de calmar nuestra mente. Las conductas compulsivas, las adicciones o los comportamientos obsesivos, por ejemplo, introducen al sujeto en un bucle de miedo y pesimismo, acarreándole consecuencias aún peores a nivel mental, emocional y fisiológico.

Nada hay en ese momento de desazón que pueda paliar en lo más mínimo la virulencia del sufrimiento que compaña a la experiencia de la ansiedad. Es el fruto de la onda expansiva de un sinfín de ideas absolutamente incapacitantes y bloqueantes que invaden la mente pero que no responden a la coherencia ni correlacionan con la probabilidad de su ocurrencia. Eso sí, generan, todas ellas, una sensación de pánico que penetra y violenta hasta lo más profundo de las entrañas. Mi paciente, Ángela me reconocía que “la películas de terror no son nada comparadas a las ideas que se me pasan por la cabeza sobre que mis hijos enfermarán, que mi esposo me dejará o que yo enfermaré y moriré”.

 

¿Debemos "dejar de pensar"?

Ante este panorama la lógica abrumadora que se impone es la de “si lo que piensas te genera tanto miedo, pues no lo pienses”. Y en este punto es donde se desatan toneladas de energía invertidas en “no pensar”. 

Pero ¿y si yo te pido e insisto ahora que, por un momento, no pienses en zanahorias? ¿En qué estarás pensando enseguida? Claro ¿cómo no? ¡en zanahorias! Estarás pensando en “no pensar en zanahorias”. Ese es el mecanismo de nuestra mente. ¡A lo que te resistes, persiste! Basta que queramos evitar un pensamiento para que éste se consolide más aún en el engranaje de nuestra mente, pues tratar de evitar pensar en algo es estar pensando en “no pensar ese algo”. Y he ahí la razón aplastante de que no podemos luchar contra nuestros pensamientos. ¿Has probado alguna vez de no pensar en ese trozo de tarta de chocolate que queda en el fondo de la nevera?

Lo mismo ocurre con los pensamientos que generan miedo. Sólo que emociones negativas como el miedo –o tal vez, también, otras como la tristeza, la culpa, el aburrimiento, la frustración o la rabia–, a diferencia del chocolate o las zanahorias, están totalmente denostadas en nuestra cultura. Y es eso lo que nos hace incapaces de administrarlas adecuadamente. Las emociones negativas son consideradas una debilidad. Por eso creemos que hay que superarlas, que hay que vencerlas. Es lo que conocemos como el “yugo de las emociones positivas”. Cierto que la ciencia ha concluido que los humanos estamos cableados para el optimismo. Y quizá esa sea la razón que subyace a esta rigidez emocional. Sin embargo, esos sentimientos forman parte de nosotros, de nuestra naturaleza humana.

 

No tiene nada de malo sufrir de vez en cuando; y el miedo, aunque sea en su forma más incoherente e insustancial, no es peligroso

 

¿Y si te dijera que no tiene nada de malo sufrir de vez en cuando, o que el miedo, aunque sea en su forma más incoherente e insustancial, no es peligroso? Sí. Sé cómo me estarás mirando. Es la misma mirada de mis pacientes cuando les digo que en el momento de mayor sufrimiento no tienen escapatoria más que aceptar sus emociones y que, en ese trance, eso es lo que deben vivir. Y que sólo así, al cabo de un rato los pensamientos nocivos habrán desaparecido y con ellos se habrán llevado el miedo y la ansiedad. Más, si nos empeñamos en hacerlas desaparecer a la fuerza, luchando contra ellas, se quedarán a vivir con nosotros para siempre. Y ese proceso sí puede llegar a ser el origen de enfermedades mentales mucho más serias que cronifiquen la ansiedad y de las que sea mucho más arduo huir.

Pero la buena noticia es que la ciencia nos aporta esta estrategia útil para los momentos de profunda inquietud y ansiedad. Son ya muchos los estudios empíricos que han demostrado su efectividad: se trata de la experiencia de la aceptación de lo que nos pasa y de la espera. La práctica de aceptar, sin juzgar, nuestro malestar, dolor, miedo y angustia no sólo nos ayuda a aplanar el camino para focalizarnos en pensamientos e imágenes más convenientes, y nos evita dispersarnos en ideas y sensaciones negativas, sino que nos genera una nueva conciencia sobre dos variables que han mostrado ser muy beneficiosos para disminuir la ansiedad:

  • El desarrollo de la habilidad de tratarnos con más amabilidad a nosotros mismos y perdonarnos los errores. La ciencia sabe que ello acrecienta nuestra capacidad de tolerar la frustración y nos faculta para interpretar los datos de la realidad de un modo más optimista.
  • El desarrollo de la capacidad de buscar siempre un sentido profundo al dolor y a la adversidad. Y la ciencia nos aporta una pista para intentar descubrir en cualquier situación ese sentido oculto: el sentido tiene relación, casi siempre, con alguna aportación o contribución que podemos realizar a los demás. Dice Friedrich Nietzsche “quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. 

 

Dra. Rosa Rabbani. Psicóloga y terapeuta familiar.

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