La pócima mágica de la seguridad en uno mismo

El déficit de seguridad es el responsable de la toma de innumerables decisiones erróneas y, por tanto, la causante de la mayoría de nuestros desastres vitales. La capacidad de afrontar de forma constructiva y sin demasiados miedos nuestros fracasos y asumir sus consecuencias es la condición sine qua non para desarrollar la autoconfianza.

La pócima mágica de la seguridad en uno mismo
La pócima mágica de la seguridad en uno mismo
Rosa Rabbani

Psicóloga y terapeuta familiar

La mayoría de personas que acuden a mi consulta con la demanda de mejorar la seguridad en sí mismos, buscan en primer término una suerte de pócima mágica. Otros me piden trucos –aunque le llaman pautas-. Y aun otros piensan que dispongo de algún tipo de atuendo con el que, una vez cubiertos, solucionado el problema. Este, como cualquier otro rasgo del carácter, se alcanza a través del entrenamiento de nuestras acciones.

La seguridad en uno mismo es un rasgo del carácter porque se puede desarrollar y es susceptible de construcción

En todo cuanto acometemos en la vida, el resultado que logramos y la actitud con la que lo interpretamos reside un poco de esta seguridad. Si sentimos satisfacción por lo que somos y hemos sido capaces de construir en nuestro entorno, sentiremos seguridad en lo más profundo de nuestro ser. Pero si nuestras acciones e intenciones no son nobles, íntegras y saludables, difícilmente conseguiremos sentir verdadero contento y complacencia por lo emprendido y conseguido.

Los dos secretos de las personas seguras

Hace poco me encontré con una antigua paciente que hace más de una década había acudido a mi consulta en busca de ayuda para sentirse mejor en su trabajo. Ingeniera de formación, ocupaba un puesto de directiva en una multinacional con sede en España y había venido a mí porque le preocupaba no ser capaz de estar a la altura de sus responsabilidades con la excelencia que quería, y que su incompetencia la convirtiera en dardo de críticas y amonestaciones. Decía sentir la necesidad apremiante de conseguir confiar más en ella misma porque esta obsesión le estaba afectando en su relación de pareja y en el cuidado de sus hijos. Me saludó y me explicó que profesionalmente hablando todo seguía igual salvo ella, que había cambiado mucho en estos años tal y como yo le había augurado. Me dijo “cuando miro atrás y veo la de situaciones difíciles que he sido capaz de resolver y problemas que capear, siento que tampoco lo he hecho tan mal. ¡Qué caramba! ¡Pocos lo hubieran hecho mejor y cuidando más el bien de la empresa!”.

La seguridad en uno mismo requiere de pequeños o grandes éxitos

Y el éxito, en palabras de Winston Churchil parafraseado por el filósofo Norbert Bilbeny en una reciente entrevista, es “aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse”. La capacidad de afrontar de forma constructiva y sin demasiados miedos nuestros fracasos y asumir sus consecuencias es la condición sine qua non para desarrollar la autoconfianza. Esta y la práctica reiterada son los secretos de las personas seguras. Las investigaciones al respecto muestran claramente que los que se equivocan y siguen en el intento, están mejor dotados para responder de forma favorable a los desafíos y contratiempos, tienen una mayor disposición para probar diferentes estrategias, piden más asesoramiento y consultan más, y son más constantes y perseverantes.

Dice Ivan Joseph, director de atletismo y responsable de uno de los programas de estrategia, liderazgo y administración deportiva más impresionantes de todas cuantas existen en las universidades americanas, que a menudo los padres se le acercan para preguntarle qué es lo que aprecia en los jóvenes para becarles en su universidad. De todas las destrezas, pericias y maestrías que puedan poseer los chicos, él destaca que la que busca es la confianza y seguridad en sí mismos. Para él la clave en el deporte –como en tantos otros ámbitos de la vida- está en la capacidad de practicar hasta el infinito. A menudo, las personas, tras el segundo fallo, abandonan y tiran la toalla. Sin embargo, no es posible desligar la seguridad en uno mismo de la perseverancia. No en vano, dicen que Thomas Edison tuvo en torno a 10.000 intentos fallidos antes de dar con la bendita bombilla incandescente. Quién sabe cuántas tentativas frustradas precedió el invento que hizo pasar a los hermanos Orville y Wilbur Wright a los anales de la historia de la aviación. J. K. Rowling, autor de la famosa saga de Harry Potter, envió su manuscrito original de la obra a doce editores antes de ser aceptado. Me pregunto cuántos de nosotros hubiéramos desistido tras la tercera o cuarta negativa.

No es posible desligar la seguridad en uno mismo de la perseverancia

Enemigos de la autoconfianza

En un sinfín de ocasiones he podido comprobar que los dos crueles enemigos de nuestros pequeños éxitos cotidianos son el feroz crítico interior que todos llevamos dentro y la ignorancia. El primero nos previene constantemente de que no lo conseguiremos. A veces esta voz es compartida también por los críticos exteriores que abarrotan nuestro entorno más inmediato. Todos al unísono nos acaban convenciendo de que no somos lo suficientemente buenos para lograrlo. Este, el peor vampiro de nuestra energía y estímulo natural únicamente puede ser neutralizado a través del lenguaje de las virtudes que nos recuerda todo lo bueno de lo que somos capaces y nos enseña, como por el hueco de la cerradura, la persona en la que estamos llamados a convertirnos.

La certeza de que sin conocimiento ni práctica los éxitos son posibles es una falacia absurda y dañina

El otro enemigo que dificulta desarrollar la potencial seguridad en uno mismo es la ignorancia. O sea, la certeza de que sin conocimiento ni práctica los éxitos son posibles. Esta es de todas las falacias de las que muchos están firmemente convencidos, probablemente una de las más absurdas y dañinas. En todos los ámbitos de la vida, el principio del ensayo y error junto con la práctica reiterada y el consecuente ejercicio de una cultura del esfuerzo son imprescindibles para poder alcanzar humildes pero merecidos éxitos como antesala de sentir seguridad en nosotros mismos.

Pero ¿cómo infundirnos seguridad?

Es una facultad que comienza a gestarse ya durante la primera infancia y en los vínculos que vamos estableciendo con los adultos de nuestro entorno. El recién nacido requiere del calor y afecto del adulto, que día a día va cubriendo sus necesidades más básicas y le va enseñando a vivir. Este caminar basado en el apoyo y acompañamiento efectivo tendrá como fruto a una persona que crecerá con confianza en sí misma y en los demás.

Los castigos arbitrarios y desproporcionados, la represión, la ausencia de muestras claras y explícitas de afecto incondicional y desinteresado generará adultos inseguros y recelosos

Este extremo ha sido ampliamente estudiado y corroborado por investigaciones empíricas. Incluso se confirma en las especies animales; los estudios más comúnmente conocidos, a este respecto, son los realizados con perros maltratados que se comportan de forma huidiza y adoptan, todo el tiempo, posturas defensivas o de agresividad.

Resulta imprescindible modular y reconvertir al crítico despiadado que llevamos dentro en una voz positiva de recuerdo. Cuán a menudo escucho, en mi consulta, la demanda de que “quisiera que me ayudaras a tener más seguridad en mí mismo”. El déficit de seguridad es el responsable de la toma de innumerables decisiones erróneas y, por tanto, la causante de la mayoría de nuestros desastres vitales. Constituye, por lo tanto, la principal fuente del maltrato al que nos solemos someter a nosotros mismos, al imputarnos el demérito de no saber ser mejores. Un claro ejemplo de ello son nuestras elecciones de pareja, en las que nuestra intuición y sentido común ya nos alerta, muchas veces, de que esa relación no es la que nos conviene; pero he aquí que nuestro aciago crítico interior se empeña en advertirnos de que no encontraremos nada mejor.

Requerimos, así, de momentos de silencio y de calma para poder escuchar esas otras voces y afirmaciones que apelan de nosotros la mejor versión posible porque, en palabras de Nelson Mandela, “somos el capitán de nuestra alma, los amos de nuestro destino”.

Sobre el autor
Rosa Rabbani

Doctora en Psicología Social, terapeuta familiar, consultora y formadora de grandes corporaciones y multinacionales. Sus investigaciones en el ámbito del género y el trabajo fueron galardonados por la Generalitat de Cataluña en 2001

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