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El buen carácter: claves para sacarle partido a tu forma de ser

El camino del autoconocimiento y del mejoramiento del carácter solo es posible si contamos con dos condiciones: somos capaces de identificar nuestras grandes virtudes, pero también nuestros peores defectos. Trabaja para maximizar los primeros y para minimizar los segundos.

El buen carácter claves para sacarle partido a tu forma de ser
El buen carácter claves para sacarle partido a tu forma de ser
Rosa Rabbani

Rosa Rabbani

Psicóloga y terapeuta familiar

¿Alguna vez te has preguntado por qué somos como somos? ¿De dónde surge nuestra forma de ser? ¿La heredamos, la aprendemos o es innata? ¿Cómo es que los hermanos son tan distintos entre sí? ¿Por qué algunas personas son las más optimistas, otras son el entusiasmo personificado, o la perseverancia en estado puro, otras transmiten una gran paz y serenidad y aun otras nos hacen sentir bien a su lado por la amabilidad y consideración que desprenden? Y en definitiva, ¿qué tienen esos hombres y mujeres que describimos de buen carácter que no podamos tener nosotros?

Una de las grandes fortunas de haber podido vivir en el siglo XXI es que todos estos interrogantes –y muchos más- los responde la ciencia. Desde hace dos décadas, existen ya un sinfín de investigaciones en el ámbito de la psicología del carácter, que tanto desde la academia como la neurociencia llegan para saciar nuestra curiosidad al respecto de todas estas cuestiones. Los estudios ya contrastados y validados aportan algunas conclusiones bien interesantes aplicables a nuestra vida cotidiana.

Todas las virtudes humanas son potencialidades inherentes en nuestra naturaleza

La primera de ellas es que todas las virtudes humanas –la honestidad, la determinación, el sentido del humor, la disciplina, el entusiasmo, el orden, la superación, la gratitud o el perdón, entre muchas otras- son potencialidades inherentes a la naturaleza humana. Estas se traducen en rasgos desarrollados del carácter acompañadas por nuestra educación, experiencias y trayectoria de vida. No existe nadie en el mundo incapaz de fomentar y acrecentar su paciencia, su moderación o su integridad, pese a que en ocasiones nos lo parezca. Las virtudes humanas son el patrimonio inmaterial que reside en nuestro interior de la misma forma que los potenciales frutos del árbol permanecen ocultos en la semilla.

La segunda aportación de la ciencia que viene a corroborar las intuiciones de algunos filósofos y pensadores de la antigüedad es que todos los seres humanos, sin excepción, poseen una serie de rasgos que han trabajado y puesto en práctica hasta el punto de convertirlos en las fortalezas de su carácter. Son aquellas cualidades que más describen a las personas. Al pensar en alguien y tratar de describirlo, las características que primero nos vienen a la mente estarían probablemente entre sus fortalezas del carácter.

No obstante, sabemos asimismo que no todo es de color de rosa y que los individuos también poseemos defectos. Se trata de aquellos rasgos que tenemos menos trabajados y perfeccionados. Suelen ser aquellas virtudes que al no tenerlas adquiridas, en más líos nos meten y más problemas nos generan. Y esta aseveración de la ciencia no es privativa de unos cuantos. Pese a que los recién enamorados piensen que el objeto de su deseo es perfecto por cuanto carece de defecto alguno, lamento asegurar que la ciencia no les avala en estas lides.

Cuando las virtudes superan los defectos, consideramos que alguien tiene buen carácter

La amalgama de las virtudes y los defectos es lo que conocemos como carácter, donde la combinación del grado de desarrollo de cada una de las virtudes es lo que nos hace únicos e irrepetibles. Y cuando las primeras sobrepasan a las segundas, en ese caso decimos que “fulanito tiene buen carácter”.

Y por último pero no por ello menos importante, la ciencia nos asegura que no existe evidencia alguna que apoye lo que se conoce como “modo fijo de pensar”, es decir, que nacemos con un carácter determinado que se forja, en el mejor de los escenarios, durante los primeros años de vida y después perdemos ya nuestra oportunidad de mejorar nuestra forma de ser. La neurociencia ha descubierto los fundamentos del llamado “modo de pensar en desarrollo” -término acuñado por Carol Dweck, profesora de la Universidad de Stanford- que plantea que el cerebro humano está cableado para vivir un proceso constante de trasformación y cambio hasta el último hálito de la existencia. Y que si focalizamos nuestra atención y esfuerzos en el desarrollo de un determinado rasgo de nuestro carácter, podremos transformarlo en una de nuestras fortalezas convirtiéndonos, así, en mejores personas cada día.

Identificación de virtudes y de defectos propios

Con estas premisas, se vuelve tarea primordial conocerse a uno mismo e identificar y familiarizarse con las cualidades y los defectos propios. Y para ello precisamos de momentos de reflexión profunda e introspección significativa. ¿Dónde se nos presupone concentrar nuestras energías y esfuerzos si no tenemos una idea clara de cuáles son nuestros defectos a mejorar? Y ¿de dónde procederán nuestras energías para acometer tales cambios en nuestro carácter si no contamos con el estímulo que supone ser conscientes de nuestras fortalezas del carácter ya debidamente entrenadas?

Cuenta la leyenda que había una vez en un lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier época, un jardín esplendoroso con árboles de todo tipo: manzanos, perales, naranjos, grandes rosales... Todo era alegría en el jardín y todos estaban muy satisfechos y felices.

Todos excepto un árbol que se sentía profundamente triste convencido que tenía un problema: no daba frutos.

- No sé quién soy... -se lamentaba.

- Te falta concentración... -le decía el manzano- Si realmente lo intentas podrás dar unas manzanas buenísimas... ¿Ves qué fácil es? Mira mis ramas...

- No le escuches -exigía el rosal- Es más fácil dar rosas. ¡¡Mira qué bonitas son!! ¡¡Y qué perfume!!

Desesperado, el árbol intentaba todo lo que le sugerían. Pero como no conseguía ser como los demás, cada vez se sentía más frustrado y cabizbajo.

Hasta que un día llegó hasta el jardín un búho, la más sabia de las aves del bosque. Y al ver la desesperación del árbol exclamó:

- No te preocupes. Tu problema no es tan grave... Lo que te pasa a ti es lo mismo que les pasa a muchísimos seres de la Tierra. No dediques tu vida a ser como los demás quieren que seas. Sé tú mismo. Conócete a ti mismo tal como eres. Para conseguir esto debes escuchar tu voz interior y reflexionar...

¿Mi voz interior?... ¿Ser yo mismo?... ¿Conocerme?... -se preguntaba el árbol angustiado y desesperado.

Pasó el tiempo y tras el desconcierto y confusión, finalmente un día llegó a comprender. Cerró los ojos y los oídos, abrió el corazón, y pudo escuchar su voz interior susurrándole:

"Tú nunca en la vida darás manzanas porque no eres un manzano. Tampoco florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Tú eres un roble. Tu destino es crecer grande y majestuoso, dar nido a las aves, sombra a los viajeros, y belleza al paisaje. Esto es quien eres. ¡Sé quién eres!, ¡sé quién eres!"

Ahora imagina por un momento que, de forma improvisada, debes hacer una descripción de tu carácter y tu forma de ser. ¿Estarías preparado? ¿Crees que estás trabajado interiormente como para tener identificadas tus grandes virtudes y también tus talones de Aquiles? ¿Cuáles dirías que son tus fortalezas? ¿Y tus defectos? ¿Y qué piensas hacer al respecto? Pues ha llegado la hora de embarcarse en el sendero del autoconocimiento y del mejoramiento del carácter. 

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