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Efecto Dunning-Kruger: cuando nos creemos mejores de lo que somos

Posiblemente no cantamos mejor que los demás, ni somos más graciosos. Si así lo percibimos y no somos conscientes de nuestros límites es posible que suframos el efecto Dunning-Kruger. ¿Qué es, y cómo podemos combatirlo para dejar de sobrevalorar nuestras habilidades?

Efecto Dunning Kruger, cuando nos creemos mejores de lo que somos
Efecto Dunning Kruger, cuando nos creemos mejores de lo que somos
Sònia Parladé

Sònia Parladé

Periodista

Todos conocemos a alguna persona que se cree mejor que los demás en todo. Hablamos de aquellas personas que en el trabajo se sienten superiores a sus compañeros y compañeras, aunque los resultados no digan lo mismo. O que se creen graciosas, aunque nadie les ría los chistes. También de aquellas que se creen cantantes profesionales, cuando con suerte afinan alguna nota. Podríamos considerarlas personas narcisistas, aunque lo que realmente les sucede es que sufren el llamado efecto Dunning-Kruger, que consiste en no calibrar adecuadamente las habilidades reales, valorándolas demasiado positivamente. La profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC Marta Calderero explica que “en ocasiones somos felizmente inconscientes de nuestra incompetencia, lo que es una bonita manera de decir que vivimos felices sin saber la verdad”.

El efecto Dunning-Kruger toma su nombre de los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, quienes realizaron una investigación que permitió descubrir que, en ocasiones, parece que somos miopes cuando se trata de percibir nuestras limitaciones. El estudio, que les convirtió en ganadores de un premio Nobel, señala que “hay personas que tienen una opinión desmesuradamente favorable sobre sus habilidades intelectuales y sociales. El problema viene cuando, al no ser conscientes de ello, no son capaces de actuar correctamente. “Esto nos hace entrar en un bucle sin salida: a medida que vamos actuando equivocadamente, vamos adquiriendo experiencia errónea, y eso nos lleva a hacer una tontería tras otra”, señala Calderero.

Sobreestimación de los conocimientos

Uno de los apartados del estudio demuestra que aquellas personas que obtuvieron los resultados más bajos en pruebas de gramática y lógica sobreestimaron enormemente la percepción que tenían sobre lo bien que lo habían hecho. Se trata de un hecho que podríamos relacionar con casos como por qué los españoles no nos avergonzamos (en exceso) de no tener un buen acento en lenguas extranjeras, aunque nos sintamos incómodos al hablar otro idioma. Concretamente, y según una encuesta de Babbel, el 90% de los españoles se siente inseguro al hablar otro idioma, aunque tan solo el 33% afirma que le gustaría librarse de su acento en la conversación. En otros países, la cifra se eleva hasta el 69% de la población.

Aunque el de las lenguas extranjeras es solamente uno de los ejemplos, lo cierto es que es especialmente en el ámbito humorístico donde peor medimos nuestras habilidades reales. En otras palabras, y según la investigación, a menudo pensamos que somos mucho más graciosos de lo que en realidad somos. Concretamente, el estudio mostró que personas que no tenían “ni pizca de gracia se autopuntuaban con un 6”, recuerda Calderero.

Sin embargo, parece que todo esto sucede por un error de calibración que está en nuestro cerebro: “a nuestro cerebro le cuesta ser preciso, y no calcula bien el margen de error, es decir, cuando nos piropeamos a nosotros mismos no nos damos cuenta de si estamos pasándonos un poquito o un montón”, añade la profesora.

Error de calibración

¿Por qué se da este error en nuestro cerebro? Según Mireia Cabero, también profesora colaboradora de los estudios de Psicología y Ciencias de Educación de la UOC, los posibles motivos son dos: “el sesgo cognitivo que nos lleva a sobrevalorarnos sin ser conscientes de nuestra ignorancia puede ser por motivos inocentes, como la falta de consciencia, o por motivos más personales y que necesitan ser reparados, como la inseguridad, la necesidad de demostrar o el narcisismo”.

Esta es la razón por la que este efecto se da especialmente entre los hombres, sobre todo en culturas patriarcales que infravaloran a la mujer y potencian la valía del hombre. En cambio, las mujeres son más propensas a sufrir el síndrome de la impostora, del que hablábamos hace unos meses y que consiste en la dificultad de aceptar los logros como mérito propio y el constante temor a ser descubiertas como “impostoras” que no merecen su puesto.

¿Existen soluciones? 

Según los autores del estudio y las profesoras colaboradoras, “no todo está perdido”, y hay formas de cuestionar nuestra autopercepción. Una de ellas es tomar consciencia de nuestra definición personal y profesional, y preguntarnos si realmente tenemos razones reales para percibirnos a nosotros mismos de esta forma.

De esta manera, explican, “podremos construirnos un autoconcepto real, basándolo en hechos y no en suposiciones, sensaciones o emociones”. En este sentido toma especial importancia el feedback de nuestro alrededor: “de esta forma, tendremos más información sobre nuestra imagen externa, siempre que tengamos claro el marco de la comparación con otras personas”, finaliza Cabero.

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